Nuestra Identidad Medieval

Jaume Aurell, Legado de gigantes: Un decálogo de valores medievales para nuestro tiempo. Editorial Rosameron, Barcelona, España, 2025. 304 páginas

 

DAVID MARKLIMO

Se suele olvidar, al hablar de la construcción de la civilización occidental, la influencia de la Edad Media. Un acto tan sencillo como acudir a un tianguis, por ejemplo, viene de ahí. Ni hablar del uso de los bancos o de la importancia de las Universidades en la formación y el desarrollo de las personas. En muchos sentidos, el mundo contemporáneo es muy similar al medieval. Lo que da al traste con la vieja idea de que la Edad Media es todo color negro, todo retroceso. En esos diez siglos donde se fundieron el cristianismo, el derecho romano y la filosofía griega; para dar lugar a una nueva civilización bien distinta al imperio romano, muy rica en contrastes.

Es más o menos de lo que trata el nuevo libro de Jaume Aurell, Legado de gigantes: Un decálogo de valores medievales para nuestro tiempo. Aurell no es cualquiera: es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Navarra, quizá uno de los mayores expertos en el medioevo. Para abrir, una declaración de intenciones: los grandes valores atribuidos a la modernidad en Occidente –el Estado (la Corona, pues), el capitalismo, el liberalismo económico, la seguridad jurídica, la investigación científica, la lógica racional y el sistema universitario– tiene en realidad sus orígenes en este periodo de la Historia.

Es importante comprender que el origen de las Universidades es uno de los antecedentes más preclaros de la globalización. Abramos un poco el panorama. La Universidad es una especie de corporación, de estudiantes y profesores, donde la búsqueda de la verdad siempre es el objetivo. Y es, a partir de esa premisa, donde el conocimiento se expande, siempre hay algo nuevo y bello que se desarrolla en el aula. Las relaciones entre los que buscan la verdad es una enseñanza viva de que la verdad requiere contemplación, estudio y diálogo, pues, como se afirmará siglos después, el corazón tiene razones que la razón no entiende. O más sencillamente: la verdad es poliédrica. Efectivamente, el acceso a la enseñanza de los hijos de los nobles, de la burguesía, de los hidalgos, hará que las universidades se vayan extendiendo por toda Europa.  Como la lengua era el latín y los libros debían copiarse a mano, los conocimientos se globalizan y también se copian unos a otros ingenuamente.

La Universidad es el sitio donde convergen el clero regular y el clero secular, entre teólogos y canonistas, entre filósofos y teólogos. Es decir, es el sitio donde se da pro primera vez eso que llamamos interdisciplina (las Escuelas teológicas son el primer antecedente de las relaciones entre los diversos saberes). Por supuesto, estos saberes se expresarán en dos grandes artes: el urbanismo (los planos, por ejemplo de una ciudad como Paris o Barcelona, que siguen los cánones de la geometría) y la arquitectura (con la explosión de lo que se suela llamar la Europa de las Catedrales). La Historia del Medievo es incomprensible sin ello. 

Explicar esto no es sencillo: la mayor transformación social en la Edad Media se produjo con la aparición de los burgos (ciudades). En ellos, una nueva clase social, luego llamada burguesía, se desarrolló con éxito lejos de los monasterios y las zonas rurales. Ya no dependía de ningún señor feudal, sino directamente del rey, que le concedía privilegios y franquicias y muchas veces la utilizaba para enfrentarse a la nobleza.  Y en el punto central de la ciudad estaba la catedral, además de un lugar de culto, fue un activo punto de reunión de los habitantes. Los gremios tenían allí sus capillas y altares, donde se encontraban con frecuencia para dirimir sus disputas y resolver sus problemas. 

La catedral, visible desde lejos, se convierte en el emblema de la ciudad, su núcleo. Es el conjunto arquitectónico con múltiples funciones: centro religioso, intelectual, artístico … Toda una ciudad sagrada y simbólica dentro de la ciudad. Todo el urbanismo del Nuevo Mundo seguirá ese modelo: plaza, Palacio de gobierno, Catedral y locales comerciales. 

Aurell nos aclara, pues, el mundo en el que vivimos, no es un profesor, tiene ese tono antiguo:  sabe lo que debe explicar para saber. Bien lo decía Bernardo de Chartres: somos enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más lejos que ellos porque nos dejamos conducir por su altura. Ese espíritu, esa idea de superación a partir del otro, del diálogo de las ideas, todavía pervive. Y es quizá, lo mejor que nos ha dado la Edad Media.

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