Y Como la Canción de Cepillín: De los Diez que se Tenían, ya Nomás nos Quedan…

NIDIA MARIN

¿Qué hacer con las corcholatas? ¡Auxilio! ¡Socorro!

En tiempos pasados se tiraban a la basura. Hoy, se hace lo mismo en muchas ocasiones, pero la finalidad del siglo XXI es distinta: reciclar. De ahí que no haya novedad en lo que sucede en la política.

En ese mundo en el que hoy se exhibe pura corcholata de refresco, cerveza y medicamentos, a los cuales pertenecen los elegidos por el dedo entumido, tras la drástica caída de decenas que nombró para quedar sólo en tres, no hay buenos tapones.

Sí, de los veinte que había sólo quedan tres, tres, tres. ¿O no? La placeada del domingo pasado lo dejó claro para tirios y troyanos, al señalarlos como el impulso para ganar los estados De México y Coahuila el próximo año, punto final electoral de los procesos en el interior del país que van en solitario y… ¿punto final para la hegemonía del Revolucionario Institucional? 

¿Como saber? Pero la placeada de la tercia guinda, una vez más se tradujo en reclamos de militantes de los otros partidos, por las severas divergencias internas, la escasa renovación del padrón y con uno de los aliados que este año podría decir adiós a su registro.

Y mientras, “el llanero solitario”, Movimiento Ciudadano juega con fuego, ya que carece de suficiente popularidad y convencimiento para que millones de mexicanos le otorguen su voto.

De ahí que las corcholatas estén siendo placeadas, aunque están consideradas por los ecologistas como residuos urbanos. La recomendación para el pueblo en general es que aquellas que sean de metal hay que aplanarlas y así ocupan menos espacio y las que sean de plástico, sólo lavarlas, secarlas y… tirarlas a la basura.

En tiempos pasados únicamente iban a dar al basurero… de la historia. En la actualidad, aunque no son consideradas residuos peligrosos, además de que también las hay “abrefácil”, pareciera que en el equipo corcholatero del momento la mayoría es de las primeras. Sí, señor y señora, de las que se deben apisonar. 

¿Y las abre fácil? Son socorridas, pero muy ninguneadas para otros menesteres. También las aplastan y van al basurero.

¿Y para qué tanto brinco? No lo sabemos La vuelta de tuerca en reversa hacia el siglo XX es insondable. Lo que si entendemos en cambio es que, en las fábricas de bebidas artesanales, elaboran sus propias corcholatas, algo muy similar a lo que sucede hoy con el partido en el poder. Primero fueron cuatro, después decenas y hoy se redujeron a tres, no obstante que en el inter cualquiera podía ser “ficha”, tal y como se les decía antes, o corcholata como se les denomina hoy, aunque en realidad fueran tapón de alberca o de alcantarilla, como sucedió recientemente.

Sin embargo, desde el pináculo, les dieron cuerda, bueno más bien rosca. Y muchos de los mencionados pueden ser preparados para su reutilización, o bien desechados. 

El reciclaje corcholatero es un proceso fisicoquímico o mecánico que consiste en someter a un objeto ya utilizado a un ciclo de tratamiento total o parcial para obtener una materia prima o un nuevo producto.

No es basura orgánica, sino basura inorgánica considerada de tal manera a todo desecho de origen no biológico, sino de origen industrial o algún otro proceso no natural. Dicen los que saben que en esto de la basura se deben aplicar las denominadas “tres erres” para saber si es posible rellenar, retornar o reciclar.

Los que mirábamos los toros desde la barrera (ya no hay) y no tenemos destapador, una vez más trataremos de abrir la botella: colocándola en el borde de una mesa y dándole un golpe seco; con una moneda, aunque te sangren los dedos, con otro envase para que la lucha sea entre los del mismo partido y a ver cuál cae primero. Muy en boga está hacerlo con un desarmador, una llave o… con los dientes, lo cual no es recomendable para la tercera edad.

En fin que después del placeo dominical pasado, recordamos aquella canción infantil que cantaba “Cepillín” y en algunos de sus versos decía: 

De los cuatro que quedaban/ Uno se lo llevó Andrés/

Nada más me quedan tres/ Tres, tres, tres, tres

“De los tres supervivientes/ Uno se murió de tos/ Nada más me quedan dos/ Dos, dos, dos, dos

“De los dos que me quedaban/ Uno se lo llevó Bruno/
Nada más me queda uno/ Uno, uno, uno, uno

“De ese uno que quedaba/ Lo mató una bicicleta/ Y quedó el pobre aplastado/ Debajo de la banqueta”.

Por supuesto que el aplastamiento puede ser político y… ¡ya!

 

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