La Irrupción de la Sociedad Civil Organizada y Politizada, Dolor de Cabeza Para AMLO

No es Anti Conservador, es Anti Moderno

*AMLO no es un Hombre de la Modernidad del Siglo XXI

*Desprecia Todos los Movimientos de la Sociedad Civil

*Liberal del XX, que Busca Controlador a las Masas

POR EZEQUIEL GAYTÁN 

El presidente de la República se autodefine de liberal y discursivamente anti conservador. Critica y menosprecia a ese grupo abstracto como si se tratara de los miembros del partido Conservador del siglo XIX que se opusieron a las leyes de Reforma. Cuando los señala desde sus discursos mañaneros pareciera que se refiere a personajes contrarios al Estado laico, que deseaban que la educación y la salud quedaran en manos de la Iglesia y que el Registro Civil fuese un acta de fe de bautismo. Pero ese conservadurismo ya no existe. En México los grupos conservadores también evolucionaron y ahora respetan la libertad de credos, la libertad de prensa y la libertad de tránsito y, sobre todo, impulsan la economía de mercado al igual que los liberales. En otras palabras, ese grupo conservador decimonónico se oponía a la política expansionista norteamericana y a la industrialización que le ganaba terrenos a la agricultura. Pero ese México de terratenientes agrícolas fue sustituido por los liberales revolucionarios a principios del siglo XX. 

Resulta que el liberalismo en México del siglo XIX era positivista, científico, en favor de la industrialización, de la educación laica ajena a dogmatismos, tutor de las libertades individuales y, ante todo, defensor de la idea económica del Estado gendarme cuya bandera fundamental era “dejar hacer, dejar pasar”. De ahí que el movimiento revolucionario de 1910 se sacudió de ese liberalismo y lo dividió en dos grandes segmentos: a) el político que mantuvo las libertades individuales y amplió las sociales y, b) el económico que se opuso a la idea de la no injerencia del Estado en la economía, aún más fue significativamente proclive al intervencionismo de Estado mediante la ideologización del Estado de Bienestar. Dicha idea de dividir en dos vectores al liberalismo fue una creación que permitió el desarrollo nacional y el fortalecimiento de la economía, pero ese modelo se agotó en la década de los años ochenta del siglo pasado. De ahí que cuando Carlos Salinas llegó a la presidencia de la República, México inició la fusión del liberalismo político con el económico otra vez. Pero de manera muy diferente a la del siglo XIX. Se dejó del lado al Estado injerencista y se definió como Estado Regulador. A dicho modelo político-económico se le llama Neoliberalismo.

El modelo neoliberal impulsó la economía del mercado y la globalización. Amplió las oportunidades económicas, crecieron las clases medias y polarizó al país en extremos de miseria y de opulencia. Además de lo anterior apareció en el escarnio de la vida política nacional el surgimiento de la sociedad civil organizada y politizada. Un fenómeno desconocido en nuestra nación que le dio una nueva acepción a la categoría de modernidad, pues se trata de un movimiento social de personas críticas y organizadas ajenas a la esfera de lo gubernamental y lo partidista. Es un movimiento de millones de personas que le dan sentido y orientación a las decisiones de los sectores público y privado debido a su gran capacidad de convocatoria. La reconocemos bajo el concepto de organizaciones no gubernamentales e irrumpieron de manera pacífica con fuerza política, económica y en los medios de comunicación masiva, así como en las redes sociales. Esa modernidad impulsó el pluripartidismo, la tolerancia, los órganos constitucionales autónomos, la idea de ciudadanización y las políticas públicas. Es un movimiento que no existió en gran parte del siglo pasado y no se identificaba con el sector popular del otrora partido hegemónico. 

Hoy el gobierno de la República parece añorar el movimiento de masas controlado y obediente a los mandatos gubernamentales. Consecuentemente se expresa con desdén de los movimientos feministas, del aborto, de la legalización de la marihuana, del federalismo, de los estudiantes que se niegan a imposiciones de la burocracia y de la defensa de los órganos constitucionales autónomos, por citar algunos ejemplos. 

Por lo anterior es fácil deducir que al presidente López Obrador no le gusta la modernidad. Él es un es un anti conservador el siglo XIX en la medida que se opone a los fueros de terratenientes y la injerencia de la iglesia en la conducción política de la nación. Es un liberal de la primera mitad del siglo XX por su idea de justicia social encauzada desde el Estado Interventor y controlador del movimiento de masas desde un partido hegemónico, pero no es un hombre de la modernidad del siglo XXI porque se niega a aceptar la irrupción de la autonomía de órganos constitucionales autónomos que acotan el presidencialismo, la existencia de partidos políticos de oposición, el fortalecimiento de las políticas públicas y la irrupción de la sociedad civil crítica e independiente de los partidos políticos y del gobierno.  



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