El juego de las corcholatas

Miguel Tirado Rasso

mitirasso@yahoo.com.mx

En este juego de la sucesión

al estilo de la 4T, lo fundamental

del ritual priista, esto es, 

el que dirige, organiza, administra tiempos

y nombra al candidato se mantiene.

El futurismo político es, siempre, un tema muy atractivo y el mejor distractor, particularmente el que se refiere a la sucesión presidencial.

En la tradición del partido único, a diferencia de estos tiempos de la 4T, el tema no se tocaba hasta el quinto año de gobierno, cuando se empezaban a mencionar los nombres de posibles candidatos, que no aspirantes, aunque todos los miembros del gabinete o casi, lo fueran, pretensión que se guardaba con gran sigilo, por aquello de la sentencia pragmática del eterno líder obrero de la CTM, Fidel Velázquez, “el que se mueve no sale en la foto”.

 

Y, efectivamente, las reglas no escritas del proceso de la sucesión, imponían una estricta disciplina en la que no cabía la espontaneidad y quiénes se sentían con posibilidades tenían que actuar con cautela, cuidándose de no hacer públicas sus aspiraciones. La estrategia y los tiempos del proceso de la sucesión, los determinaba el jefe nato del partido en el gobierno, el presidente de la República, quien, además, gozaba del derecho indiscutible, intransferible e imprescriptible para designar a su sucesor. Un modelo basado en la disciplina partidista, no apto para acelerados.

 

Las prácticas del tapado, el dedazo y la cargada, tres momentos en el ritual de la sucesión priista, constituyeron fórmulas efectivas y eficaces que facilitaron la renovación del Poder Ejecutivo en calma y de manera pacífica durante las presidencias del tricolor. La subordinación del partido a la autoridad del presidente de la República, funcionó para que el PRI ejercerciera una hegemonía política electoral a nivel nacional, que habría de terminar con la apertura democrática que dio paso a la alternancia en el poder.

 

En la alternancia, las fórmulas priistas del juego de la sucesión presidencial, aplicadas por un partido diferente en el poder, no funcionaron. Ni tapado ni dedazo les sirvieron a los presidentes panistas, Vicente Fox y Felipe Calderón, para postular como candidato presidencial a su delfín. Al no tener todo el control sobre su partido, tampoco el tercer paso para legitimar la designación del candidato oficial, la cargada, pudo operar.

 

Con la 4T, este ritual presenta algunos cambios. Desde luego el más notable es el de los tiempos. A diferencia del pasado, cuando no había prisa por poner el tema de la sucesión presidencial en la agenda política y se esperaba hasta el penúltimo año de gobierno para hacerlo, ahora el futurismo político madrugó, auspiciado y promovido por el propio jefe del Ejecutivo. 

 

Como en el caso de la revocación de mandato, en la que el primer mandatario se convirtió en su principal promotor, esta vez, cuando aún su administración no cumplía la mitad de su período, el propio mandatario dio el banderazo de arranque al futurismo sucesorio con el destape de varios posibles candidatos. A estos, además de haberles dado el carácter de aspirantes oficiales, bajo la denominación de corcholatas, se les permitió o, bien, se les tolera, hacer campaña. Eso sí, sin descuidar, se ha dicho, el cumplimiento de las funciones propias de los cargos que desempeñan.

 

Si bien, en julio del año pasado el presidente AMLO mencionó a siete aspirantes, en dos personajes ha sido insistente, la jefa de Gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum y el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard. Recientemente y, sin motivo aparente, en un acto con los diputados de Morena y sus aliados de los partidos del Trabajo y Verde Ecologista, el presidente decidió incorporar a su amigo y paisano, Adán Augusto López, secretario de Gobernación, a la lista de aspirantes, sin especificarlo. Algo que ya se rumoraba en los pasillos de Palacio.

 

En Morena, pues, hay ya tres aspirantes oficiales (corcholatas), con el aval del jefe del Ejecutivo. Hay uno más que pretende serlo, Ricardo Monreal, pero sus bonos con quién esto decide están muy mal y con tendencia a empeorar, si esto es todavía posible. En este juego de la sucesión al estilo de la 4T, lo fundamental del ritual priista, esto es, el que dirige, organiza, administra tiempos y nombra al candidato se mantiene, por lo que las fórmulas del tapado, el dedazo y la cargada siguen vigentes. 

 

El tapadismo subsiste, aunque se conozcan los nombres de los posibles candidatos pues, mientras no se sepa quién es el beneficiario del dedazo, todos son presuntos, es decir, tapados. Sin descartar la posibilidad de una corcholata sorpresa. Ni duda cabe que quién hará el destape, será el líder moral y fundador de Morena. Y ¿la cargada?, funcionará como en los mejores tiempos del otrora poderoso tricolor, para legitimar al elegido, que será quien resulte vencedor en una encuesta al estilo Morena, fachada del dedazo, diseñada, elaborada, revisada y resuelta, en lo oscurito, por los propios dirigentes morenistas. La cargada servirá para controlar protestas y evitar cualquier intento de insubordinación.

 

Mayo 5 de 2022

 

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