No Tenemos al Gobierno que nos Merecemos

Por Ezequiel Gaytán

Dice un dicho popular que los pueblos tienen al gobierno que se merecen. Con lo cual no estoy de acuerdo. De ser el caso y con esa lógica tenemos a los maestros que nos merecemos, a los médicos que nos merecemos, a los ingenieros que nos merecemos, a las enfermeras que nos merecemos y a los periodistas que nos merecemos. Con lo cual se demuestra lo absurdo del razonamiento.

Esa falacia, aplicada a nuestro país, encierra el estigma de que los mexicanos somos corruptos, flojos, irresponsables, faltos de profesionalismo y estamos a favor de la impunidad y las actitudes desfachatadas. Encasilla a un pueblo y nos retrata de acuerdo con un estereotipo ideado, entre otros, por Hollywood y el gobierno norteamericano que disfruta golpear nuestra estima. El problema es que muchos mexicanos se lo creen y repiten esa estúpida frase como si fuese cierto.

Los mexicanos acudimos a las urnas hace tres años cansados de un gobierno cínico, corrupto y descompuesto. Muchos votaron por un candidato que ofreció un cambio y combatir decididamente corrupción e impunidad. Sin embargo, ha fallado y en su gestión ha privilegiado la improvisación en los cargos estratégicos, la charlatanería en su cotidianidad y el descarrilamiento de la Administración pública hacia una fatalidad de ineficiencia e ineficacia. Habla de austeridad y golpea las bases del mantenimiento preventivo de la infraestructura nacional, habla de transparencia y propone desaparecer al INAI y que las funciones las asuma la Secretaría de la Función Pública, habla de apertura y el 80% de las adquisiciones gubernamentales son compras directas, habla de honestidad y la percepción social es que la corrupción ha crecido.

Millones de mexicanos acudimos a las urnas porque deseamos un gobierno que sí refleje lo que somos y nos sabemos merecedores de algo muy superior al gobierno de Enrique Peña Nieto y del actual.  Aún más, muchos se sintieron engañados y defraudados ante el carisma del joven político mexiquense. Ahora la historia se repite.  Volvemos a tener un gobierno que no nos merecemos y por eso la cantidad de votantes por Morena disminuyó en las elecciones intermedias. El diagnóstico actual refleja la desilusión social de la labor del presidente López Obrador en la conducción del país, aunque su carisma sigue siendo sólido, pero no su gobierno.

La ilusión de tener un país mejor es el motor que nos impulsa a votar y anhelar un país sin extremos de opulencia y de miseria, con una clase media fuerte y confiada en un futuro luminoso. Millones nos esforzamos cotidianamente por hacer un mundo mejor para nuestros hijos. Sabemos que no es fácil, tenemos plena conciencia de que se requiere unidad, estímulos a la inversión privada, poner de nuestra parte y esperamos lo mismo del gobierno. Pero lo que se nos ofrece es una transformación amorfa y una visión de país dividido entre fifís o conservadores y chairos, entre aquellos que están con Morena o contra ella.

No, no nos merecemos a este gobierno, pero si nos lo buscamos. Ahora los mexicanos volveremos a tener la oportunidad de ratificar o rectificar al partido en el poder. La tendremos porque así nos lo permite la democracia, de cambiar de gobernantes sin necesidad de derramamiento de sangre. La oportunidad de evaluar lo que hace esta gestión, así como el desempeño del canciller Marcelo Ebrard y la jefe de gobierno Claudia Sheinbaum será indicador de medirlos desde ahora.

Son muchas las razones por las cuales los políticos incumplen sus promesas de campaña. Tal vez la principal es por el hecho de que los políticos mienten, son muy buenos para engañar y la gente cree en ellos. Otras razones son que los candidatos y sus equipos desconocen el diagnóstico coyuntural y estructural del país, creen que basta con la voluntad política, ignoran la cantidad de cargos a ocupar con perfiles que demandan conocimientos especializados, además, no saben cuáles son los asuntos urgentes y cuáles los necesarios y tardan en aprender para distinguir lo estratégico de lo prioritario. Por lo mismo, su primer año es de aprendizaje, su segundo de aplicar lo aprendido, a partir del tercero es cuando realmente ya saben hacer. El cuarto año es, en principio, el mejor de la administración. El quinto ya es previo a la despedida y los servidores públicos se ocupan y preocupan por dedicarle más tiempo a las relaciones públicas que a su trabajo. Finalmente, el sexto año de gobierno ya es el de la despedida y baja la intensidad del trabajo. En todo ese tiempo la pregunta es ¿realmente el gobierno está trabajando para nosotros o para la conveniencia de su partido y camarillas? Sabemos que la respuesta es que trabajan para ellos. De ahí que no nos merecemos al gobierno que tenemos o, en todo caso, lo tenemos porque nos mintieron y engañaron en la campaña electoral y nosotros, ingenuos, le creímos a los políticos.

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