“Ensayo de un Crimen”

Del Cine y las Leyes

Las Malas Intenciones

Por Horacio Armando Hernández Orozco

“Ensayo de un Crimen”, película mexicana de 1955, dirigida por el director hispano-mexicano Luis Buñuel; con la actuación de Ernesto Alonso (Archibaldo de la Cruz), Ariadna Welter (Carlota Cervantes), Rodolfo Landa (Alejandro Rivas), Rita Macedo (Patricia Terrazas), Miroslava Stern (Lavinia) y José María Linares-Rivas (Willy Corduran).

Archibaldo, de niño, cree que una cajita musical puede realizar todos sus deseos, así, llega a desear la muerte de su institutriz, y ésta muere; más tarde, ve cómo tras desear la muerte a alguien, esta persona muere, lo que le hace creer que es un asesino.

La cinta, también conocida como “La Vida Criminal de Archibaldo de la Cruz”, es una comedia de humor negro, basada en la novela homónima de Rodolfo Usigli, quien participó en la adaptación, pero no le gustó el resultado final; algunas de las muertes que suceden en el filme, bien pudieran ser calificadas en la actualidad como feminicidios.

UNA CAJITA MÁGICA

Son tiempos de la Revolución y el pequeño Archibaldo vive en provincia; una noche sus padres irán al teatro, su madre le presta una cajita musical para que esté tranquilo; mientras la institutriz le cuenta la historia de un rey que todo lo que deseaba le era concedido por esa cajita, Archivaldo voltea a verla y ella muere por una bala perdida.

La fascinación por objetos mágicos que brindan a sus poseedores el poder de hacer reales sus deseos, es una obsesión no sólo para los niños, sino también para los adultos; en el caso de Archibaldo, esta seducción se conjuga con una posible sexualidad reprimida, pues cuando está con la institutriz, se esconde en un closet ataviado con ropa femenina y tacones de mujer.

La mayoría de la gente que ha tenido una infancia reprimida en su sexualidad, ya sea por cuestiones familiares o sociales, crece obcecado y receloso del sexo opuesto, desencadenando en algunas ocasiones patrones de animadversión.

UN ASESINO CONFESO

Estando en una clínica, una monja atiende a un Archibaldo ya adulto, éste le confiesa su deseo de matarla, ella sale corriendo del lugar y cae por accidente en el cubo del ascensor que está descompuesto; una vez más, hay una mujer fallecida, y aparentemente el protagonista es el autor de la muerte, pero la evidencia determina que se trata de un accidente, no obstante, un Juez escucha su confesión sobre su deseo de matar a esa mujer y que ella ha fallecido.

En materia penal el dolo se entiende como el conocer y querer un resultado típico, es decir, querer que en realidad se concrete la prohibición legal, que se dé el delito, por lo que, si alguien quiere matar a una persona, de entrada, existe un indicio de ese dolo, pero debe realizar actos de ejecución viables a dar ese resultado muerte.

Sin embargo, el simple deseo de causar un mal es insuficiente para establecer una responsabilidad penal, más allá de confesar que en verdad se quería o deseaba que alguien perdiera la vida.

EL IMPULSO DE MATAR

Archibaldo acude a la casa clandestina de juegos del Gordo Azuara, y ahí ve a Patricia Terrazas, una mujer caprichosa que gusta de gastar frívolamente el dinero, dando un espectáculo bastante bochornoso, dejando como un tonto a su pareja Willy cuando éste ya no quiso darle más dinero.

Esta es la tercera mujer que despierta en el protagonista el deseo de matar, pero también representa una frustración más, pues cuando está a punto de hacerlo, llega Willy y se marcha.

A estas alturas de la cinta, es más que claro que el protagonista tiene una obsesión enfermiza en contra de las mujeres o al menos así parece, pues no ha manifestado su intención o interés de asesinar a algún hombre; el deseo de matar como pulsión incontrolable de Archivaldo tiene ese propósito artístico y también aspira a ser un gran criminal, aunque se convierta en un asesino potencial.

Obviamente, cada fracaso en el intento acrecienta ese deseo de matar, y la obsesión va en aumento; al enterarse Archibaldo que Patricia se ha suicidado, se crea la sensación de que el deseo es más fuerte a la acción, pues es la primera víctima que se quita la vida, pero eso no satisface la sed de matar a alguien.

ENAMORADO DE UN MANIQUÍ

Archibaldo conoce a Lavinia, una mujer muy guapa y extrovertida, que además de ser guía de turistas, ha sido modelo de artistas plásticos y pintores, e inclusive su rostro ha sido usado en maniquís; Archibaldo le pide que asista a su casa y ahí aprovechará la ocasión para matarla.

Una vez más se ha ideado el mejor plan para lograr el crimen perfecto, pero una vez más se ve frustrado el intento; sin embargo, en esta ocasión la víctima no muere, así que la frustración es mayor, pues el simple deseo de matar ya es insuficiente para que se dé el resultado.

La novela es una “sátira feroz” de una supuesta gran burguesía, la cinta no logra del todo llegar a ser esa crítica social, pero no deja de ser una gran película, que muestra a un asesino en potencia que por causas ajenas no logra ninguno de sus bien planeados crímenes.

Y aunque Archibaldo se confiesa culpable ante el juez, éste declara que no se puede arrestar a todos los que quieren matar a alguien porque “si no, la mitad de la humanidad estaría en prisión”, y obvio la otra mitad estaría muerta.

Archibaldo de la Cruz ha visto y deseado la muerte de varias mujeres cercanas a él, pero ello no lo hace un asesino, aunque ellas terminaron siendo asesinadas o murieran; bajo su particular punto de vista, él es el verdadero culpable de todos esos crímenes, pero no pasan de ser un simple Ensayo de un crimen.

La cajita musical es un fetiche entre placer erótico y muerte, pues cuando el propio Archivaldo tiene un corte accidental de navaja en la mejilla, la sangre riega con su imaginación los muslos destapados de la institutriz muerta.

Como dato impresionante, la actriz Miroslava Stern, que interpretó el personaje de Lavinia, se suicidó pocos días después de terminar el rodaje, al sufrir un quebranto amoroso con un torero español. Su cuerpo, como en la película el maniquí hecho a su imagen y semejanza, fue incinerado.

Es claro que el deseo no delinque, pero en la actualidad alguien que confiese haber deseado dar muerte a una mujer y que ella muriera por causas ajenas ¿sería así de fácil exonerado?

La mejor respuesta la tendrá como siempre nuestro amable lector…

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