Malestar y Violencia en América Latina

Las Revueltas de Silvestre

Por Silvestre Villegas Revueltas

Hoy 22 de junio, cuando se escriben estas líneas es el día que vieron comenzar en 1826 los trabajos del Congreso Anfictiónico de Panamá. Era la reunión de los representantes de las nuevas republicas hispanoamericanas (el Cono Sur no quiso asistir) que en los pasados cincos años habían derrotado militarmente a las tropas provenientes de España; en México la materialización de la Independencia fue un acuerdo entre élites. Los congresistas entendían perfectamente que la enormidad americana con todas sus riquezas minerales y de posición geoestratégica era objeto de deseo por parte de las potencias europeas y los Estados Unidos. Bajo la anterior premisa los gobiernos hispanoamericanos decidieron discutir una política común de protección, para ello y entre otras medidas invitaron al gobierno en Washington para que de sus agentes se supiera cuáles eran las intenciones y perspectiva continental de aquellos sobre los problemas americanos. La delegación estadounidense encabezada por John Quincy Adams (futuro presidente) y en el muy franco estilo protestante afirmó de manera meridiana: no deben esperar (gobiernos hispanoamericanos) ningún tipo de ayuda militar o diplomática que enfrente a los Estados Unidos con otras potencias. Los precavemos -especialmente dirigido a México y Colombia- de ayudar a la emancipación de las islas de Cuba y Puerto Rico. Éstas convienen seguir en manos españolas y dado que los intereses estadounidenses son primordiales en el área caribeña cuidaremos que no caigan en manos de otras potencias.  Los resultados del Congreso de Panamá no obligan a los Estados Unidos a ningún compromiso, recomendamos a los países hispanoamericanos fortalecer sus intercambios comerciales, a mejorar las condiciones económicas de sus poblaciones y que a la brevedad promuevan una legislación que garantice la libertad religiosa, como lo exige la modernidad del siglo XIX en que estamos viviendo. Más claro ni el agua pensó el mexicano Lucas Alamán: los enemigos del ahora eran los Estados Unidos. Se acordó que la siguiente reunión se daría en la población de Tacubaya para discutir los problemas pendientes, para que firmaran los acuerdos aquellos países que no llegaron a Panamá, para indirectamente disminuir la influencia de Simón Bolívar. A Tacubaya fue poca la asistencia internacional, no se avanzó en los acuerdos, Francia e Inglaterra torpedearon el entendimiento y los posibles entendimientos hispanoamericanos, la confederación centroamericana se había disuelto en pequeños países inviables, reflejando con ello la miopía de las élites centroamericanas. Total el fracaso hasta 2021.

Lo anterior es una postal de lo sucedido en los años de 1820 en la órbita de los países hispanoamericanos y que sirve de preámbulo para leer la desquiciante historia del subcontinente caracterizado por el localismo, la infinidad de proyectos inconclusos, el papel de los caudillos, las fuerzas armadas y finalmente pero por ello mismo muy importante: la siempre fiscalización de los Estados Unidos.

¿Qué está pasando hoy en Latinoamérica?

Simplemente son las reacciones a múltiples problemas que no se han resuelto en los doscientos años de vida independiente continental. El primero de ellos es que nuestra área geográfica, y señalado por los organismos internacionales, es la extrema diferenciación social que existe principalmente en México, Chile y Brasil. O sea un puñado de riquísimos tipo Slim u Odebrecht y millones cuya existencia diaria es similar a los países del áfrica subsahariana. Ya lo había señalado el preclaro José María Morelos en sus “Sentimientos de la Nación”: disminuir la brecha entre la opulencia y la indigencia, en los trabajos preferir al nacional sobre el extranjero y al operario eficaz frente al recomendado. Las protestas en Chile, en Colombia, en Venezuela tienen varias lecturas, una de ellas es el deterioro económico que se muestra en grados superlativos en la tierra de Bolívar pero cuya élite vive y se regodea en el lujo de Miami. A los chilenos les ha pasado lo mismo que a los habitantes del mexicano estado de Morelos, han votado por azules, verdes, amarillos, morenos, naranjas y demás lindezas, pero ninguno de aquellos gobiernos les ha dado seguridad y prosperidad. El reclamo chileno en cuanto a una nueva constitución se parece a lo que algunos sectores españoles le echan en cara a los gobiernos del PP: la dictadura dejó bien atado el marco constitucional para que los intereses medulares de las élites no sufrieran menoscabo alguno.

De Perú qué decir. Igual, han pasado por los gobiernos militares, por el populismo progresista de los ochenta, por una guerrilla tan despiadada como los crímenes llevados a cabo por Pol Pot en Camboya y la consiguiente contraguerrilla del fujimorismo que enfrentó a los tres diablos de Arequipa: Montesinos, Vargas Llosa y Guzmán. Han destituido a presidentes, han enjuiciado a presidentes y como novela de horror, hoy están enfrentados dos personajes que harán más desgraciado al Perú: Keiko y Pedro Castillo. La disque democracia en el Perú pero igual en otros países, ha puesto a gente verdaderamente nefasta como Trump y Berlusconi. Veía el otro día noticias peruanas y los seguidores de Castillo eran trabajadores empobrecidos y molestos, en cambio los seguidores de Keiko se parecían a los mexicanos del FRENAA, un cuanto histéricos, clasistas y sin saber verdaderamente lo que es un dictadura totalitaria.

Finalmente el caso de Nicaragua. Cuando estoy escribiendo el presente artículo los noticieros dan cuenta del llamado a consultas de los embajadores mexicano y de la Argentina. Al inicio señalábamos que Centroamérica se atomizó en los 1820s y el istmo centroamericano se convirtió en tierra fértil de invasiones filibusteras, de ocupaciones inglesas, del nada civilizatorio papel de los Estados Unidos en la región apoyando compañías transnacionales como la United Fruit Co., el fortalecimiento de cuerpos paramilitares, ejércitos nacionales, guardias militares que durante décadas lo único que hicieron fue masacrar a sus coterráneos. A Nicaragua junto a Haití le tocó quizá la peor historia. Ellos pasaron de la impresentable dictadura somocista al sandinismo que en su origen quiso, a diferencia los hermanos Castro, ser democrático pero se topó con la miopía del reaganismo y adláteres. Daniel Ortega comprendió que la democracia de los Chamorro no era como la de Bélgica -incluyente y moderna- sino profundamente latinoamericana: clasista y premoderna. Llegó al poder y no lo ha dejado, pero sobre todo no ha podido enriquecer a su país, proveer a la ciudadanía de empleos, seguridad, salud que harían más soportable el gobierno de un solo hombre –pareja presidencial dicen por allá. Recomiendo a los queridos lectores el libro del dominicano Juan Bosch, “Póker de espanto en el Caribe”, y se darán una idea de lo que ha padecido el área centroamericana y caribeña. La realidad fue lo opuesto al Congreso Anfictiónico de Panamá que buscaba la felicidad de los hispanoamericanos.

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