Porfirio Díaz y la Reelección

*Hoy se Cambia la Constitución a los Deseos Presidenciales

*Así, las Diversas Actuaciones Siempre Están Dentro de la ley

*De las Componendas Ajenas a la Legitimidad Social y su “Legalidad”

*El Retorno al Monopartidismo y la Forma de Suicidio Político

Por Ezequiel Gaytán

El general Porfirio Díaz se levantó en armas contra Sebastián Lerdo de Tejada. Fue en enero de 1876 mediante el Plan de Tuxtepec al amparo del lema “Sufragio efectivo. No reelección”. Tras su victoria ocupó la presidencia de la República de manera interina. La primera ocasión de noviembre a diciembre de 1976, la segunda de febrero de 1877 a noviembre de 1880 y eso le permitió aplanar el terreno a fin de que su compadre Manuel González Flores gobernara cuatro años, modificara la Constitución de 1857 y volviera a darle el poder a Díaz de 1988 a 1910. Lo interesante es que Porfirio Díaz nunca pasó por encima de la Constitución. Siempre sus reelecciones cuatrianuales fueron de manera impecable desde el punto de vista de la ortodoxia jurídica. En otras palabras, la imposición de la legalidad desde la presidencia de la República no es necesariamente la búsqueda del consenso social, ni es el reflejo de todo el mosaico social y plural de nuestra nación.

Esa idea de legalidad siempre me ha sorprendido porque, en efecto, basta con cambiar la Constitución a los deseos presidenciales para que sus actuaciones estén dentro de la ley, aunque se trate de componendas ajenas a la legitimidad social, lo prudente y lo sensato. Es cierto que algunos casos los cambios son necesarios y es plausible la modificación constitucional, pero en otros es clara la falta de beneplácito social.

Esa lección de Don Porfirio se repite desde entonces y la actual administración sigue el ejemplo porfirista. De suyo, el artículo 135 constitucional permite adiciones o reformas. En lo especifico precisa que se requiere el voto de las dos terceras partes de los individuos presentes y la mayoría de las legislaturas y de la Ciudad de México. Lo cual, en estos momentos se le dificulta al actual gobierno realizar los cambios que desee o se ve obligado a negociar con los partidos políticos. Situación que no le gusta.

Por lo anterior, lo que está en juego en la elección del próximo 6 de junio es: a) la posibilidad de que el actual gobierno realice de manera unidimensional los cambios constitucionales que mejor le convengan o b) que el pluripartidismo se imponga y con ello el debate, el enriquecimiento de las ideas y la inclusión de todas las voces sociales.

La experiencia que los mexicanos tuvimos con el monopartidismo fue dual, por un lado, se acotó el federalismo, se creó el presidencialismo y se controló a los poderes legislativo y judicial. Por el otro, se ensanchó a clase media, se crearon instituciones culturales y educativas y México desempeñó un papel destacado en el ámbito internacional. Pero no fue suficiente, la sociedad demandó que otras voces y otros partidos políticos tuvieran presencia en el Congreso de la Unión y, por lo mismo, que la legalidad se acompañara de la legitimidad social. Lo cual es significativo, pues la democracia moderna es el gobierno de las mayorías sin la exclusión de las minorías.

Si acaso el voto popular nos regresa al monopartidismo, con la posibilidad de recrear un Partido de Estado, correremos el riesgo de excluir voces que por ser minoría serán ahogadas mediante la aplanadora mediática mañanera. Volveremos a ver el contubernio del andamiaje institucional entre el partido y el gobierno y seremos testigos de la asfixia del proceso de reproducción social, pues la reelección de legisladores impedirá que las nuevas generaciones de políticos tengan oportunidades de aportar e innovar con ideas frescas.

Álvaro Obregón dijo que el error de Porfirio Díaz fue envejecer, lo que no es una perogrullada. La expresión es que el oaxaqueño se rodeó de colaboradores que pensaban como él, controló al poder legislativo con representantes que pensaran a través de él, sometió al poder judicial a su placer y se legitimó con grupos sociales que compartían los mismos intereses. Eso es un suicidio político, pero, paradójicamente, con su imposición jurídica lo que conseguirá es una bocanada de aire temporal.

No basta con lo legal. Por supuesto que es un punto de inflexión en la vida de las democracias, pero eso no es necesariamente lo justo, ni esencialmente lo razonable, ni sociológicamente el pivote de la movilidad social. Con excepción de Venustiano Carranza, los revolucionarios apenas pasaban de los treinta años y fueron una generación que no le importó que Díaz fuera el presidente legal.

Si el partido Morena gana doce gobernaturas con sus respectivas legislaturas y obtiene, con sus cinco partidos aliados la mayoría de la Cámara de Diputados, lo que potencialmente podremos ver es, con toda proporción guardada, un ejemplo de retroceso histórico de la aplanadora jurídica en manos de un solo partido. Ojalá me equivoque.

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