¿Alguien Podrá Levantar los Trozos de los Platos Rotos en la Actual Administración?

A la Vuelta de la Esquina

Por Iván Ruiz Flores

Los saldos de la polarización política son nefastos. El ejemplo más claro se puede apreciar en Estados Unidos, donde como consecuencia de este tácito rompimiento y ausencia de diálogo no sólo entre los contendientes partidos demócrata y republicano, sino entre la sociedad, (división impulsada por el aun presidente Donald Trump), ante el mundo todos pagaron las consecuencias el miércoles 6 de enero con la irrupción de violentos supremacistas alebrestados por el mandatario saliente.

Los estudiosos aseguran que la historia es antigua y tiene su fundamento hace 70 años cuando inició la fractura del sistema político tripartito (Partido Demócrata, Partido Republicano y Partido Demócrata del Sur) que durante casi 50 años prevaleció en Estados Unidos. Las coaliciones, por lo tanto, en aquellos años eran lo suyo y por lo regular dos se unían contra un tercero.

Sería el asesinato del presidente John F. Kennedy, el que daría al traste con el sistema establecido, al lograr el siguiente mandatario, Lyndon Johnson, sin coalición, la aprobación de la legislación de derechos civiles fundamentales en el Congreso, lo que Kennedy no había podido hacer.

Aseguran que ello se tradujo en la posterior aplastante victoria de Johnson sobre el extremista Barry Goldwater, hecho que trajo como resultado una mayoría Demócrata del Norte de corte liberal en el Congreso por primera vez desde 1936, lo cual causó la desestabilización de los demócratas, que ya no necesitaron el apoyo de los demócratas del sur para la aprobación de programas nacionales.

Posteriormente el escándalo de Watergate hizo su parte y el Partido Republicano estuvo tambaleante durante más o menos seis años.

El problema pues, no sólo ha sido la desintegración del Partido Demócrata del Sur, sino el relajamiento de la cultura político-democrática.

México no puede compararse en esa materia, porque como fuere siempre ha tenido varios que se decían partidos políticos, por lo menos desde mediados de los años cuarenta, aunque en realidad se sabía de antemano que el único que obtendría todas las posiciones será el Partido Revolucionario Institucional y sobre todo su presidente, mientras que los demás sólo eran comparsas.

En realidad, el monopolio partidista concluyó en los años noventa, cuando se siguió impulsando a otros partidos de diversas ideologías y posiciones, los que se tradujo en el triunfo en el 2000 del candidato se otra institución partidista que no fuera el PRI.

Lo cierto es que en México se ha logrado eliminar en elevado porcentaje todo aquello que vulneraba los procesos electorales, aunque el actual presidente de la República diga lo contrario sólo con la finalidad de llevar agua al molino de su agrupación Morena, en las elecciones que se efectuarán a mediados de este año.

Es en lo que tiene cierto parecido el mandatario mexicano con el saliente Donald Trump: la polarización que lograron, aquel y el mexicano, establecer entre los habitantes de los diversos sectores de sus naciones.

Y aunque el origen de la división fuera distinta, lo cierto es que ya ha causado la unidad entre los diversos partidos políticos de oposición y pareciera que sólo para salvar al país del lamentable estado de descomposición en el cual se encuentra y que el presidente no sólo no admite, sino que fomenta al despotricar contra aquel que no comulga con sus planteamientos.

 

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