¿Sólo Unos Cuantos Médicos Premiados? El Viacrucis de un Doctor Infectado

*Los Insumos del Extranjero y la Realidad: Eran Donaciones

*Cuando al fin Entregaron Equipo, la Mayoría no Contó

*La muy Larga Discusión Sobre el uso de Cubrebocas Decepcionó

*El Remate fue Cuando la Población los Empezó a Atacar

*El Personal Externo Contratado: Cubanos con Sobresueldo

*Médicos Infectados: el Suplicio Físico, Mental y Laboral

*Los Hechos que las Autoridades Callan en Todo México

Por Marcos E. Knapp y Todos los Médicos

El Sector Salud, las Instituciones que trabajan para mantenernos sanos, han dejado en completo abandono a su personal, sean médicos, enfermeras paramédicos, técnicos radiólogos, laboratoristas, administrativos y hasta al personal de limpieza y vigilancia (estos últimos en la mayoría de los casos no cuentan siquiera con seguridad social y tienen que laborar en pésimas condiciones, con salarios paupérrimos y con exigencias fuera de toda ley, norma y humanidad y sin derecho alguno), aunque Usted amable lector no lo crea.

Al inicio de la pandemia, todo sucedía como en cámara lenta en nuestro país, con algo de temor y expectativa ante las noticias que se difundían de lo que estaba sucediendo en Asia, China; en Europa, principalmente Italia y España; en Sudamérica, el aterrador panorama de Guayaquil, Ecuador donde el Sistema de Salud colapsó y las personas sacaban a sus familiares muertos de sus casas para quemarlos porque nadie los recogía para su inhumación.

Para cuando el Gobierno de México hizo la declaratoria de Emergencia Sanitaria Nacional, quienes laboran en este sector ya habían puesto a remojar las barbas, en espera, sólo de a ver cuándo llegaría el turno al territorio mexicano.

Todo el personal “asignado” esperó que sus jefes, según lo estipulado y conforme a las Condiciones Generales de trabajo, los proveyeran al menos un cubrebocas o careta, guantes o tal vez una bata. Pero pasó el tiempo y nada llegó.

Cuando se registró el primer muerto en México por Covid-19, la mayoría no esperó más y adquirió su propio equipo de protección, sin importar el costo (algunos de 2 mil pesos cada uno, caretas de 300 pesos, lentes protectores de 200 pesos y mascarillas N95 de hasta 300 pesos cada una), sacrificando el ingreso familiar y con mucha dificultad de conseguirlo ya que los lugares que los venden decían no tener en existencia, especulando para poder subirlo de precio escandalosamente días después.

Y mientras se escuchaba que a nivel internacional gestionaban insumos por millones de pesos, éstos no llegaban a su destino final porque los que llegaban, no provenían de las instituciones, sino de donadores altruistas, ciudadanos de a pie que decidieron poner su granito de arena y ayudar con algo a quienes enfrentarían esta batalla.

Luego dijeron que darían equipo especial, sólo para quienes manejaran a pacientes con el padecimiento de manera directa; el resto del personal no fue contemplado o no eran importantes para ellos, o simplemente no les importó, vaya Usted a saber, aún y cuando estuvieran también en riesgo latente, tan sólo por estar en centros de trabajo de alto riesgo

Y cuando en la conferencia de Salud seguían discutiendo si era o no necesario el cubrebocas, lo cierto es que este hecho sólo despertó malestar y decepción entre el personal médico; muchos estaban dispuestos a jugársela, no por el Presidente, no por el gobierno, sino por sus propia familias que sabían serían las más vulnerables, amén de lo que su conciencia, vocación y juramento hipocrático les dictaba.

Pero la presión y la angustia continuó subiendo.

Ya estaban acostumbrados por años a tener carencias de insumos y equipamiento, trabajando para intentar salvar vidas en la medida de sus posibilidades, pero fue angustia y sorpresa, el abandono de quienes tenían que dirigir esta batalla.

Para acabarla de amolar, se presentó algo que los cimbró: la misma población los empezó a atacar, como si fueran apestados o portadores del mal.

Sí, nuestro México solidario se convirtió en su peor enemigo.

Desmoralizados, continuaron su trabajo; sin embargo, se abrió la puerta para algunos cuando el gobierno declaró la sana distancia y quien tuviese 60 años o más, alguna discapacidad, mujeres embarazadas o en lactancia, personas con enfermedades crónicas no transmisibles que podrían irse a casa y aprovecharon para huir, resguardarse en sus hogares, hecho que sería de consecuencias graves.

Más tarde lo revelarían las autoridades: se contrató personal externo para Covid, entre ellos personal cubano que vino a pasear, o amigos de la 4T que les ofrecieron un sueldo más alto, hasta por el doble de quienes se la partieron por años y sin tomar en cuenta a los de contratos e interinatos y suplencias, que tienen años sin derechos. Otro golpe más.

Así pasaron los primeros meses, fueron a la guerra solos, sin fusil y arriesgando la vida, además del temor más grande: llevar la muerte a casa.

Pasaron marzo, abril y mayo y a cuentagotas llegaron los enfermos. Era tan evidente que la gente empezó a especular sobre si el virus era real o no y bajó la guardia, muchos por necesidad de llevar el sustento a casa, no lo dudo. Pero eso fue sólo el inicio.

Para junio los casos aumentaron, se comenzó a despedir a médicos y enfermeras, quienes fallecerían por el mal. Todos los días había mucha presión. Para julio, más de alguno entró en crisis de pánico o depresión ¿ y qué consiguieron?: Amenazas de despido y castigos por parte de los superiores, pero los directivos brillaban por su ausencia, porque en algunos de los casos, si bien les iba los veían una vez a la semana.

Cabe decirle estimado lector que todo lo aquí descrito es de propia voz de personal de Salud que se acercó a mi para escribirlo y publicar en este prestigioso medio. Los nombres me los reservo por razones obvias.

“El día temido llegó, contraje la enfermedad y me di cuenta de que el viacrucis apenas comenzaba”, en voz entrecortada por el llanto me dijo un médico.

“Empezó con algo de dolor de espalda, fiebre por arriba de 38°, escalofríos y tos, pero lo que más dolía era el alma y el pánico que se apoderó de mi en consecuencia. Primero llegó la negación, más tarde la aceptación y así entre un sube y baja sentía que la muerte con su manto negro y su gran hoz me tocaba el hombro llamándome y me negaba a voltear a verla a la cara”, siguió su relato.

“La vi pasearse en mi casa, meterse a los cuartos de mis pequeños hijos, de abrazar por la espalda a mi mujer, llevándoselos. Me sentí aún más solo, más pequeño, más desamparado e impotente que nunca en mi vida y lloré sin poder controlarlo”.

Avisó a su centro de trabajo, aisló entre lágrimas y con un nudo en la garganta a su esposa e hijos; pensó en el dolor tan profundo que le ocasionaría a su madre si perdía la batalla. Temía que jamás los volvería a ver, que era el inicio del adiós.

No pudo evitar traer a su mente a todos los médicos y enfermeras fallecidos; entre ellos grandes amigos y compañeros. En su corazón e imaginación se sumó automáticamente a la lista de bajas de guerra. Además del malestar físico por la enfermedad, que no está por demás decir que es agotador y desgastante, el alma se le partía.

Llegó a revisión como paciente, no como médico y a pesar de que todos le conocían y de saber todos los protocolos y lo que se decía en las noticias, le dieron el primer portazo:

“No hay pruebas para saber si tiene Covid, estamos autorizados a hacérselas sólo a los pacientes graves que estén por ser intubados”.

Pensé: ¿Entonces tengo que llegar a ese grado para que me den la incapacidad y me permitan ausentarme de mis labores? ¿Y mientras sigo por la vida como si nada contagiando a mis pacientes? ¡Dios! ¡Qué les pasa! Esas son las indicaciones de más arriba y el más arriba llegaba hasta el Comité Nacional de Salubridad que seguía diciendo que seguían comprando insumos, equipo y pruebas y puro virote, diría el panadero”, continuó narrando.

Por suerte un alma caritativa le dijo: “No se preocupe doctor, ya le conseguí una pero el resultado estará hasta en una semana”.

“Me encogí de hombros y mi jefe, que ya había pasado por el Covid un mes antes, me mandó a casa a reserva del resultado, que deseaba desde lo más profundo de mi alma que fuera negativo a pesar de que la enfermedad no me estaba teniendo compasión ni discriminación alguna”.

“Fue un viernes. Sonó el teléfono. Yo, postrado en cama, sin poder moverme por el fuerte dolor de espalda y sin poder decir una palabra por la tos no pude responder. Contestó mi esposa y una señorita muy amable le dijo: ‘El señor es positivo al mal, a partir de este momento debe estar aislado y tener sus artículos de uso personal lejos del contacto del resto de familia; estaremos llamando para darle más información y para darle seguimiento al caso’. Y colgó. Tan, tan. Eso fue todo”.

El médico y su esposa quedaron atónitos. ¿Ese era el sistema de seguimiento de Salud en nuestro país? Jamás preguntaron cómo estaba, que edad tenía, otros padecimientos, cuántos eran en casa, de que edades, tipo de sangre, algo más, menos por lo económico.

“Digo, los datos básicos que yo a diario tomo de mis pacientes para llevar control y no hablo de lo que esperaba por referirnos a una pandemia”, explicó.

Sólo un par de días fue a parar al hospital. La sensación de no retornar a casa con su familia se agudizó convirtiéndose casi en pánico. Relata haberse angustiado, aun cuando sabía que sus colegas harían todo lo que estuviera en sus manos para ayudarle a vencer esta batalla; aún a costa de la salud propia y las de sus familias también; se sentía responsable por ellos.

Y llegó otro portazo: “Tiene que comprar las medicinas y los estudios particulares porque aquí no los podemos hacer”. ¡Y eso que tiene seguridad social!

Toda la familia tuvo que cooperarse para los gastos; hasta los amigos y un compadre le pusieron en la charola. Y él sólo pensaba en quienes no tienen de dónde sostenerse.

Mientras estaba hospitalizado llamaron de nuevo para preguntar “por el portador de Covid”, así de seco; su esposa respondió que estaba hospitalizado; apenada, la telefonista no supo qué decir y colgó, casi semana y media después de la primera llamada.

“Quiero pensar que me dieron por muerto porque no han vuelto a llamar”, dijo el amigo médico con una mirada triste, de decepción de quien le ha dado la vida entera ayudando a sus pacientes. Fueron días de infierno por la enfermedad y por los pensamientos, sin embargo, no dejó de agradecer a sus compañeros por su cuidado.

Ahora, en casa la “recuperación”.

Otro portazo más:

“Ya tiene 15 días de incapacidad, no se le pueden dar más, vaya con el especialista, la cita, hasta noviembre”

“¿Es chiste? Voy saliendo del hospital, no tengo fuerza ni para caminar, me mareo, aún traigo media farmacia y un tanque de oxígeno. Entrego la licencia y me dicen en Recursos Humanos que perderé mis notas buenas porque me dieron más de 3 días de incapacidad”.

¿Y todo el tiempo que estuvo triplicando el trabajo, el suyo y el de los que se fueron a casa, arriesgando la vida y la de su familia? ¡Carámba!

“¡No quiero que el gobierno me pague la compensación que juró darnos, con que no me quiten es suficiente”!. “No, doctor, calladito se ve más bonito, si reclama lo corren; ya ha pasado”, le reviraron.

Este doctor se presentó a trabajar con miedo, ese miedo que sintió desde marzo, pero agotado emocionalmente. Le dieron los resultados de nuevo en la prueba que se hizo por fuera y sigue teniendo Covid. Puede infectar a pacientes sanos, pero no puede faltar más al trabajo porque ahora le descontarán su sueldo o en definitiva le correrán. Sigue arriesgando su vida y la de los suyos por una reinfección que se pronostica en 2 meses más.

Y esto sucede en cada uno de los rincones de México. El México que las autoridades callan. Las cifras y hechos que no cuadran. Que desconocemos el resto de los mexicanos.

El ¿final? de este relato, después de mes y medio, llegó a su casa un kit de protección y una despensa. Se agradece, pero ¿y los gastos por 30 mil pesos? ¡Ah!, perdón estimado lector, olvidé a “los galardonados en la ceremonia de la parada militar”, sólo a unos cuántos. ¿Y los demás? Ni una mención. Aunque hubieran muerto en cumplimiento de su deber. ¡Viva México!

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