Sí hay una Beligerancia Entre el Gobierno Federal y sus opositores

Las Revueltas de Silvestre

Por Silvestre Villegas Revueltas

Me acuerdo que después del resultado electoral que le dio el triunfo indiscutible a López Obrador, durante un par de programas de “Primer Plano” televisados por Canal Once, los comentaristas Leonardo Curzio y María Amparo Casar estaban como en shock y experimentaban un stress postraumático. Pasaron los meses y de un mutismo inicial, los intereses derrotados y sus voceros en los medios transitaron al enfrentamiento crítico contra todo lo que estaba haciendo el presidente electo y su equipo, que todavía no era gobierno porque López constitucionalmente comenzó a gobernar a partir del 1° de diciembre de 2018; que cierto tipo de vacío político fuera propiciado por el presidente Peña Nieto es materia de otro artículo.

La beligerancia de las dos partes (opositores y gobierno federal) comenzó desde el primer minuto de instalado el gobierno federal. Toda acción era criticada: el combate al robo de los ductos de gasolina de PEMEX, las muy diversas investigaciones que contra compañías e individuos en particular ha estado realizando la Unidad de Inteligencia Financiera encabezada por Santiago Nieto, el aeropuerto en Texcoco y el avión presidencial (ambos asuntos se habrían podido resolver con un poco de mano izquierda y voluntad de conciliación de las partes involucradas). Y qué decir de la reforma laboral con el muy loable combate en contra del precarismo laboral, materializado en los contratos de trabajo elaborados por compañías outsourcing. El gobierno de López Obrador comenzó a reaccionar, primero de una forma moderada y luego directamente contra sus acusadores; el señalamiento entre fifís y chairos agrió y dividió a la sociedad. Curiosamente muchos que se creían fifís no lo son y el epíteto de chairos no solamente se aplicó contra los apoyadores de MORENA sino contra los ciudadanos pobres, morenos que constituyen la inmensa mayoría de los mexicanos. El episodio de Yalitzia Aparicio en su papel dentro de la película “Roma” es significativo y lamentable por las connotaciones racistas, clasistas que no dejan atrás el suceso del afroamericano George Floyd en Minnesota (en castellano no hay la diferencia entre black, negro. Güeros de ojos azules pueden ser llamados negro y negrito, y el barbarismo de afro-mexicano es una invención resultante de lo políticamente correcto).

Debemos conceder que el presidente López Obrador polariza, pero lo hace porque las críticas e insultos a su persona, proyecto político y colaboradores son mucho más frecuentes y abusivos que lo respondido por el gobierno federal en todas sus instancias. En este sentido el doctor López-Gatell es un ejemplo de parsimonia, de control en el manejo de asuntos riesgosos; yo creo que él ha de tomar sesiones de tantra yoga o algo por el estilo. La polarización en el México de los años 2019-2020 es en dos vías juntas como un ferrocarril: el presidente habla en la mañana y el coro de opinadores le responden todos los días: no verlo es negar la luz que dimana del sol. ¡¡Pero hay muchos que no lo ven!!

Finalmente quisiera centrarme en dos temas que se han potencializado a partir de la estrategia para combatir el coronavirus: las acusaciones de que López ha implementado un gobierno comunista y la polémica entre los llamados “liberales” y los “conservadores” que implica estar conmigo o en contra de mi gobierno.

Lo he repetido varias veces y lo he dicho en México, España e Inglaterra, el presidente mexicano no es comunista, no es izquierdista, pudiera considerársele progresista, pero lo que sí es López Obrador, es seguidor del nacionalismo revolucionario acompañado del esquema económico -Desarrollo Estabilizador- que imperó en México entre los años de 1950 y 1982. Eso sí, para un radical de derecha como lo fue Salvador Abascal u hoy es el Frente Nacional Ciudadano, el presidente es un rojo, pero no lo es comenzando por su religiosidad cristiana (??) y tampoco ha implementado una dictadura comunista, porque lo primero y más importante que hicieron dictadores como Stalin, Mao o Castro fue silenciar toda oposición. No me crean a mí, lean a autores como Solyenitzin, Orlando Figes y los críticos al régimen de los Kmer Rojos en Cambodia y se percatarán de las diferencias abismales. Lo mismo sucedió con los totalitarismos de derecha como Hitler, Mussolini, Franco, Somoza, Trujillo, Pinochet, etcétera (leer “Poker de horror en el Caribe” de Juan Bosch). En las dictaduras totalitarias la censura no se da en los medios de comunicación porque la crítica no alcanza a llegar a tales lugares; la censura comienza con una denuncia personal a nivel familiar, a nivel vecinal, a nivel laboral. Porque se es culpable saber la existencia de un crítico al sistema y no denunciarlo. Así ha sucedido en todas las dictaduras, especialmente las del siglo XX.

Ya, por último, liberales y conservadores bajo el marco de la pandemia Covid. Liberales y conservadores los hay oficialmente en el Parlamento Británico, y con otros nombres, pero asumiendo posturas libertarias o conservadoras existen en la Asamblea Francesa, en el parlamento italiano, en el japonés y en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. En México, y ello debe ser bien comprendido por los estimables lectores: desde el “Abrazo de Acatempan” entre Iturbide y Guerrero hasta la actualidad han existido dos posturas políticas que se han debatido en la Historia Mexicana: una progresista y otra conservadora, acompañadas por el jacobinismo liberal y los reaccionarios clericales. Así ha estado en la historia. Para fortuna del país, la mayoría de los actores políticos y de la ciudadanía se mantuvieron en los siglos XIX y XX en una moderación que francamente no creyó en las bondades de tirios y troyanos. Pero debe concederse que la sociedad mexicana ha sido conservadora, familiar, creyente, hipócrita porque debajo del agua siempre fue desenfrenada. Debe recalcarse que en la tesitura de la historia de las doctrinas políticas en América Latina, liberales y conservadores están a la derecha de los movimientos libertarios del siglo XX; y desafortunadamente para el caso mexicano, con la llegada de los neoliberales en los años ochenta y su cerrazón programática y de gobierno, acabaron con el consenso incluyente del priismo del Desarrollo Estabilizador. De 1988 a la fecha México ha vivido un paulatino y hoy franco divisionismo muy peligroso para la integridad social de la república. No haber resuelto el problema de la pobreza ha sido una razón del enojo ciudadano que en los últimos 20 años votó a los azules, tricolores y morenos, sin obtener a cambio una solución a sus preocupaciones diarias.

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