Las Formas de los Modos: Apología de un Desgaste Innecesario

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

En el mundo ideal cualquier persona razonablemente decente tendría que estar de acuerdo con el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Solo en el deber ser, es pertinente aclarar. ¿Quién en su sano juicio, podría estar en contra de un soberano obsesionado por combatir la corrupción, quitar la suntuosidad a los usos y costumbres de los políticos y el gasto fastuoso a los funcionarios públicos, rendir cuentas durante dos horas al día, eliminar los chayotes de la prensa, quitar prebendas fiscales a las grandes empresas abusivas, mejorar o intentar mejorar el poder adquisitivo de los pobres? ¿Cómo no coincidir con las premisas de un Gobierno que intenta hacer un cambio a favor de la justicia social sin nacionalizar empresas privadas, sin endeudar las finanzas públicas, sin engrosar el gasto público y las filas de la burocracia, sin desestabilizar a la sociedad en su conjunto?

Son postulados en los que casi todos los mexicanos coincidirían y, sin embargo, muchos están en desacuerdo, y no son pocos, en especial los que dicen arrepentirse de haber votado por él.

En medio de esta vorágine de cambios radicales de posicionamiento político, se entendería, desde luego, si López Obrador se hubiese comprometido a luchar por estos objetivos y luego los hubiese abandonado, pero no es el caso. Al contrario, se le puede acusar de muchas cosas, pero no de haber traicionado sus obsesiones y mucho menos, los principios sobre los que rige su conducta.

¿Por qué entonces el presidente produce verdadera urticaria en tantos ciudadanos que no necesariamente estarían en contra de un gobierno que busca una sociedad más justa, honesta y equilibrada?

En este apartado es pertinente abrir un paréntesis antes de continuar: no se habla de los que ideológicamente siempre han estado en contra de sus posiciones; aquellos individuos que creían que México iba bien, seres incapaces de ver que en el modelo que seguía el país, no cabía la mitad inferior de México y que la situación para los de abajo se había hecho insostenible. Honestamente injustificable, se debería de afirmar. Se habla pues de los sujetos que entendían que el país necesitaba un cambio urgente, pero ahora no están de acuerdo con la manera en que se está llevando a cabo.

No obstante, es un cambio que está en marcha. ¿Dónde se descompuso el engrudo? Esa sería la pregunta correcta para solucionar un problema como el que el presidente y su administración, están cargando de gratis y alimentando todas las mañanas, con discursos innecesarios en contra de la oposición cuyo eje temático es soluble. ¿Para qué desgastarse políticamente con un rival que ya no tiene fuerzas?

Se entiende que hay decisiones polémicas de parte de López Obrador, desde la clausura de un aeropuerto en construcción, hasta la rifa forzada de un avión sin avión, la construcción de una refinería a contrapelo de lo que dicen los especialistas en materia ambiental y de energéticos y un largo etcétera. Pero cualquiera de esas medidas languidece frente a la corrupción sistemática de administraciones anteriores, el gasto suntuario, la compra de refinerías chatarra, los abusos faraónicos de los gobernadores, el desvío de fondos de salud y un largo y ese sí, infame etcétera. Para que logre quedar más claro, a este gobierno se le recrimina que no sabe en que gastar y que su debilidad en los conocimientos técnicos suficientes, para enfrentar problemas estructurales que por generaciones han frenado el desarrollo del país, impiden que México sea un país con crecimiento sostenido para los años que vienen.

Esta no es solo, una sinrazón, es totalmente una ironía.

Porque mientras a Enrique Peña Nieto, en el mejor de los casos, se le desprecia, a López Obrador se le odia. ¿Por qué? ¿Porque está transfiriendo masivamente recursos a los pobres? ¿Porque está combatiendo a la corrupción? No, lo condenan por el modito, para decirlo en sus propios términos. Por su estilo personal de gobernar (en términos de Reyes Heroles), sus desplantes verbales, sus provocaciones, ocurrencias y acusaciones, son lo que verdaderamente les produce ronchas.

Y aquí está el verdadero origen de todos los males. Por alguna razón, el presidente eligió construir la 4T dinamitando la relación con muchos que no eran sus enemigos, o al menos no todos. La sociedad civil (ese extraño ente de miles de cabezas dispersas con agendas igual de difusas), grupos ecológicos, movimiento feminista, intelectuales, científicos, medios de comunicación y muchos empresarios. Una y otra vez, el patrón es el mismo, tres ejemplos:

1.El subsidio a guarderías. Entregar los recursos directamente a los usuarios en lugar de pasar por intermediarios es un argumento poderoso que le da mucha legitimidad a su gobierno, pero había modos de transitar a ese esquema involucrando incluso a la sociedad civil; es decir, no todo debía ser en blanco y negro.  En lugar de ello, esta acción se realizó en medio de una batalla narrativa en la que se acusó a las organizaciones de corrupción y abuso metiendo a todos en el mismo saco.

2.- El movimiento feminista. Las banderas de la liberación femenina por lo general van a contrapelo de las posiciones de la derecha política cuya doctrina siempre ha estado opuesta al aborto y a la tolerancia sexual y a favor de un papel tradicional de la mujer. Sin embargo, por alguna extraña razón que solamente el presidente sabe, se las arregló para enajenar al movimiento en contra suya. Ni siquiera se trataba de una disputa por alguna política pública en juego. Es más no había motivo para avivar más el fuego, porque ese incendio no lo había provocado su administración. Pero el presidente se peleó con las mujeres por las simples ganas de pelearse. Su excusa estuvo basada en el principio de: “es que siempre digo lo que pienso”, un argumento poco convincente cuando se aprecia la manera en que concilia o hace las paces con las televisoras, con Javier Alatorre, con Trump o con los grandes oligarcas que están en su consejo empresarial.

3.- El plan de rescate frente a la crisis de la pandemia. En este sentido es difícil, no coincidir con el presidente cuando dice que la prioridad debe ser la protección del 70 por ciento de la población más pobre inmersa en la tragedia económica que le ha caído encima al país. Por supuesto que esta debe ser la prioridad por encima de cualquier otro objetivo.

Más aun, existe un hito que por vez primera se busque que el desastre no se coloque en los más desprotegidos, como siempre ha sucedido. Por el contrario, ahora según la distribución del gasto público, se está tratando de beneficiar a dicha población. Pero lo que hasta ahora no se entiende es la incesante necesidad de pelearse contra el otro 30% y los esfuerzos que realizan por tratar de salir adelante; sobre todo, si se considera que en las medianas y grandes empresas trabajan muchos a los que el presidente quiere ayudar. Bastaba con decir a los empresarios “mi responsabilidad es proteger a los pobres, pero adelante, busquemos formas que, sin distraer recursos vitales de esta tarea, permitan poner en marcha la planta productiva del país”.

En lugar de eso, parecieron incomodarle las distintas iniciativas tomadas por el sector privado, como si hubiese algo vergonzoso en toda estrategia encaminada a cuidar sus negocios. El razonamiento del presidente y su lectura de análisis es equivoca en este sentido.

Es difícil no ver que, en López Obrador, hay un estadista permanentemente boicoteado por el luchador martirizado que lleva en su interior. Es como dos hombres a la vez que no logran ponerse de acuerdo. Es un individuo que tiene tanto tiempo batallando contra un sistema injusto, que ya no sabe funcionar sin invocar rivales, reales o construidos.

Es una lástima porque muchos de sus postulados ideológicos tenían posibilidad de arrastrar a una gran cantidad de actores sociales y económicos que hoy operan en su contra. Al presidente que llama a la concordia, al amor y la tolerancia, lo estropea el pendenciero que todos los días señala las intenciones siniestras de sus adversarios.

No se malinterprete lo que hasta ahora se ha expresado; es preferible tener a un hombre decidido a hacer algo por los que menos tienen, que no contar con alguien así en el titular del ejecutivo federal. Pero, cada que se le escucha despotricar contra alguien en las mañaneras no se puede evitar cuestionarse ¿por qué hacer tan difícil la cuesta pudiéndola hacer más fácil?

Quizás si el presidente escucha más y calla un poco, podrían avanzar aún más rápido, los resultados de su gobierno.

 

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