“Cinco de Mayo: La Batalla”

Del Cine y las Leyes

Los Mejores Hijos de México

Por Horacio Armando Hernández Orozco

“Cinco de Mayo: La Batalla”, película mexicana, escrita y dirigida por Rafa Lara, protagonizada por Kuno Becker (Ignacio Zaragoza), Christian Vázquez (Juan), Liz Gallardo (Citlali), William Miller (Charles Ferdinand Latrille), Ginés García Millán (Gral. Juan Prim), Mario Zaragoza (Juan Nepomuceno Almonte), Pascacio López (Porfirio Díaz) y Noé Hernández (Benito Juárez); se estrenó el 3 de mayo de 2013.

En París, Francia, un grupo de conservadores formado por José María Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuceno Almonte (hijo ilegítimo de José María Morelos y Pavón) tienen audiencia con el emperador Napoleón III, a quien le explican la situación de México; lleno de ambición, éste decide enviar una expedición al mando del general Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, quien acepta gustoso la encomienda.

El filme está basado en los acontecimientos bélicos ocurridos en el 5 de mayo de 1862 en Puebla, México; esta trama tiene una historia de amor, ficticia, entre un soldado llamado Juan y una joven de nombre Citlali, pero lo verdaderamente trascendente es el acontecimiento bélico, que hoy en día se festeja inclusive allende de las fronteras del país.

LA ETERNA DEUDA EXTERNA

En enero de 1862, Juan y Artemio, dos vigías del puerto de Veracruz, avistan una gran flota emergiendo de la niebla; son barcos españoles provenientes de Cuba, por lo que informan de inmediato al Capitán, quien da aviso al mando superior.

El contexto histórico marca que después de la Guerra de Reforma, el país está en bancarrota, por lo que el presidente Juárez proclama la suspensión del pago de la deuda externa.

La Ley de suspensión de pagos de 1861 de México fue promulgada el 17 de julio de 1861 en el Palacio Nacional; este decreto estableció la suspensión de pagos de la deuda mexicana.

Esta Ley consta de 16 artículos que detallan tanto las instrucciones con respecto a los pagos a los acreedores internacionales, como una serie de acciones fiscales que buscaban una mayor recaudación; se establece que por dos años quedan suspendidos los pagos para las convenciones extranjeras y la deuda contraída en Londres; el gobierno de la unión percibirá todo el producto líquido producto de las rentas federales, aduanas, y demás oficinas recaudadoras; habrá una junta hacendaria para liquidar los pagos de las distintas deudas y créditos legítimos contraídos, cobrar todos los créditos a favor del erario, distribuir los fondos que tiene el erario y establecer la parte de la deuda que los estados pagarán.

Además, se reforman las oficinas del gobierno, reduciendo sueldos y puestos como sea conveniente.

DEBO NO NIEGO, PAGO NO PUEDO

Al saber de la invasión, Juárez da instrucciones al secretario del Exterior, Manuel Doblado, para que se traslade a Veracruz y negocie en los mejores términos posibles con los representantes de los países acreedores, mientras que su entonces secretario de Guerra y Marina, Ignacio Zaragoza, se hará cargo de la defensa de la Nación.

La deuda externa en 1861 estaba compuesta de la siguiente manera: $69,994,542 a Inglaterra, $2,800,762 a Francia y $9,460,986 a España; los países acreedores se habían reunido previamente en Londres y formaron una alianza para invadir México.

En la Hacienda La Soledad, Manuel Doblado se reunió con los representantes de España, el General Prim, y de Inglaterra, Charles Wyke, quienes negociaron con el gobierno juarista, aceptaron la propuesta de moratoria y reembarcaron a sus tropas; para ello se firmó el Tratado de la Soledad.

Sin embargo, la posición de Francia fue la de exigir el pago inmediato de la deuda, y tener control total y absoluto de las aduanas, así como intervención directa en la política económica del país.

LA ARROGANCIA ES DISFRAZ DE LA BAJEZA

Dubois de Saligny entiende la encomienda del emperador y al arribo de Lorencez a México, revelan las intenciones de marchar hasta la capital junto con el Gral. Almonte para derrocar al presidente Juárez.

La Historia señala que el 5 de marzo, cuando aún se realizaban las negociaciones en Orizaba, llegó a Veracruz un contingente militar francés bajo el mando de Lorencez; también llegó el general conservador Juan Nepomuceno Almonte, quien de inmediato se proclamó “jefe supremo de la nación” y empezó a reunir a las tropas conservadoras remanentes para apoyar a los franceses.

Las tropas francesas se movilizaron y el 28 de abril de 1862 se toparon con el Ejército de Oriente, lo que representó el primer encuentro bélico formal. Zaragoza pretendía cortar el paso a los invasores y foguear a sus soldados, muchos de ellos faltos de experiencia, y al mismo tiempo causarle el máximo de pérdidas posible al enemigo.

En la llamada Batalla de Las Cumbres murieron 500 franceses, mientras las bajas mexicanas ascendieron sólo a 50, pese a este saldo favorable, Zaragoza aún tenía desconfianza sobre el desempeño real de sus tropas en un combate en campo abierto; luego de la retirada de los mexicanos, los franceses tomaron control del paso y tuvieron la vía franca hacia Puebla.

A los militares franceses los rodeaba un aura de invencibilidad en combate dado que no habían sido derrotados desde Waterloo, casi 50 años antes; esta actitud de soberbia y arrogancia quedó de manifiesto con el mensaje, que Lorencez envió al ministro de Guerra francés, poco después de la batalla de Las Cumbres: “Somos tan superiores a los mexicanos en organización, disciplina, raza, moral y refinamiento de sensibilidades, que le ruego anunciarle a Su Majestad Imperial, Napoleón III, que a partir de este momento y al mando de nuestros 6,000 valientes soldados, ya soy dueño de México”.

Era evidente que el ejército mexicano, de creación improvisada, con pocas municiones y artillería vieja, no tenía oportunidad contra semejante enemigo.

Lorencez decidió, por mera prepotencia, atacar de frente a las fuerzas mexicanas; esta fue la razón principal de la derrota francesa y de la victoria mexicana, pues el ardor, el coraje y el valor nacional llegó a tal punto que cuando los mexicanos se quedaron sin balas, atacaron a machetazos, pedradas y con lo que tuvieran enfrente; incluso, hubo quiénes utilizaron las balas de cañón para golpear a sus contrincantes.

Lorencez replegó a sus tropas tres veces, y en la última, humillado decidió retirarse.

Nadie lo creía, pero se ganó la guerra, entonces, Zaragoza mandó una carta al presidente Juárez en la que se leía: “Puede ser que ellos sean el mejor ejército del mundo, pero nosotros somos los mejores hijos de México”.

Ahora no es tiempo de guerra, pero si de crisis, y ¿cuándo saldrán al quite los mejores hijos de México?

La mejor respuesta la tendrá como siempre nuestro amable lector…

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