La Pesada Actitud de la Negación: Covid-19 Última Llamada

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

“Los seres humanos tenemos una naturaleza biológica compartida”, cita Francis Fukuyama en The Origins of Political Order (Los Orígenes del Orden Político, 2011), un libro sobre desarrollo político, que versa acerca de los orígenes del Estado, del Estado de derecho y de los mecanismos de accountability en las sociedades, desde que los humanos dejaron de ser grupos de recolectores y cazadores para volverse organizacionalmente más complejos o sofisticados. No podríamos estar más de acuerdo con la frase utilizada hoy en día; ya que hace recordar la naturaleza biológica, compartida en tiempos de pandemia, ante un virus que hoy hace estragos en prácticamente todos los países y sociedades del mundo, independientemente de su tipo de gobierno o ideología.

Lo más notable hasta ahora, es pensar en la manera en que cada sociedad enfrentara la pandemia, este hecho, será un reflejo claro de su capacidad de Estado, de la aplicación del marco legal, y de los mecanismos de accountability prevalecientes, en un primer momento relativos a la transparencia de información que se maneja con respecto a las afectaciones, y en un siguiente momento, a las facturas que las sociedades, los electorados, pasen a sus gobiernos a través de las urnas u otras formas de expresión ciudadana.

Esperamos que los costos en vidas y en afectaciones, tanto económicas como psicológicas, sean lo menor posibles, pero es claro que habrá afectaciones y en muchos casos, podrán en grave peligro la viabilidad financiera y política de muchos gobiernos.

Aunado a lo anterior, es importante mencionar que existe un natural y creciente interés de la profesión demoscópica en distintos países, para medir las actitudes, prever las conductas, evaluar las afectaciones y darles seguimiento a los puntos de vista de la gente, respecto a esta situación inédita, por lo menos para las generaciones actuales.

En este orden de ideas, el monitoreo de la opinión pública en tiempos de pandemia tiene distintos ángulos, y algunos de ellos ya empiezan a movilizar a los investigadores de distintas latitudes para coordinarse en cuanto a las métricas, temáticas y enfoques apropiados para la medición. Lo cual es loable, porque ante una pandemia, ante una amenaza global como la actual, la investigación también requiere de esfuerzos de magnitudes internacionales, coordinados, que abonen al entendimiento y criterios para la toma de decisiones en las diferentes naciones. Será sumamente interesante una vez superada la crisis observar con detenimiento los resultados de dichos estudios para diseccionar el sentido de las políticas públicas en términos de comunicación política y de salud. ¿Qué pesara más, la racionalidad o los sentimientos?

En las últimas dos semanas se ha hecho en el “El Financiero”, una encuesta nacional y otra en la Ciudad de México. Las cosas van cambiando de prisa, pero es importante rescatar algunos indicadores acerca de un rasgo que, por lo menos hasta hace unos días, se observaba entre los mexicanos: el negacionismo.

La encuesta que se hizo en la Ciudad de México la semana pasada preguntó si los capitalinos creen que la información que se da a conocer sobre los brotes de coronavirus en el mundo se apega a la verdad, exagera los hechos, o se queda corta. Al respecto las personas refirieron lo siguiente: el 33 por ciento afirmó que se exageran los hechos. Al momento de la encuesta, un tercio de la población se guiaba por la notoria negación para aceptar lo que estaba ocurriendo.

Otro indicador a evaluar con detenimiento es la probabilidad que perciben los entrevistados de contagiarse. En la encuesta nacional que se publicó en el mismo diario el 17 de marzo, el 15 por ciento dijo que era muy probable que se contagiaran (y otro 34 por ciento, algo probable).

Mientras que, si se decide segmentar la respuesta por nivel socioeconómico, la encuesta revela que los entrevistados en niveles de ingreso más alto, expresan mayores probabilidades de contagio, mientras que los que se ubican en niveles de ingreso más bajos, expresan menores probabilidades de contagio.

Sí, en efecto, se debe de aceptar que esto suena como a las declaraciones del gobernador Barbosa de Puebla, pero no quiere decir que sea correcto o lo mismo. Lo que este resultado quiere decir, es que las personas de niveles socioeconómicos más bajos no han asimilado la emergencia de igual manera que los de ingresos medios o altos. Y quizás de igual manera, si reflejen cierto resentimiento de clase. Pese a ello, la percepción de no contagio puede ser hasta cierto punto negacionista, y ciertamente la comunicación gubernamental puede abonar a ello. Ya que no logra expresar (por lo menos en la primera fase de la pandemia), un discurso que logre convocar a las distintas fuerzas de la sociedad mexicana entorno a este problema. Es fundamental entender que se deben cerrar filas alrededor de esta emergencia de proporciones bíblicas. Es primordial que todos lo mexicanos luchen por un mismo objetivo: la preservación de la nación.

Quizá la crisis actual requiere que se deje de lado, aunque sea por un momento, las diferencias políticas e ideológicas que existen en el imaginario colectivo nacional y recordar que todos los seres humanos comparten una naturaleza biológica antes que cualquier otra distinción adyacente. En momentos como este, las prioridades cambian. Verlo de otra manera, también es una capacidad anacrónica de entender el mundo. El tiempo se acaba.

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