La Confusión de Apegarse a un Estado Soberano

Por Luis Miguel Martínez Anzures

Recuerdo que en el marco del terrible terremoto de 1985, el entonces Presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, le ofreció apoyo inmediato al entonces Presidente de México, Miguel de la Madrid. Al escuchar la oferta, el presidente mexicano la rechazó argumentando que nuestro país estaba plenamente capacitado para hacerse cargo del problema. Eventualmente de la Madrid se vio obligado no solamente a aceptar sino a solicitar apoyo internacional para enfrentar la crisis, incluyendo el apoyo especial de Estados Unidos. Enrique Krauze dijo algo en alusión a las primeras decisiones tomadas por el gobierno de México que, desde entonces, quedó fuertemente grabado en mi memoria: “decidieron sacrificar vidas concretas por ideas abstractas”.

La respuesta inicial de Miguel de la Madrid evidenció que en su mente la imagen internacional de un Estado soberano provisto de un gobierno bien organizado y eficaz era más importante que las miles de personas que bajo toneladas de concreto y acero retorcido yacían muertas, agonizantes o, de manera milagrosa, con posibilidades reales de sobrevivir en tanto fuesen rescatadas con prontitud. Muchas vidas seguramente se perdieron como resultado de un gobernante que no entendió, al menos en un principio, que no estaba gobernando para una entidad abstracta llamada el “Estado Mexicano” sino para gente de carne y hueso, para hombres, mujeres y niños sorprendidos y brutalmente golpeados por la furia y el descomunal poder de una naturaleza impredecible.

Lo anterior viene a colación a raíz de la reciente expresión presidencial de que la crisis del COVID-19 nos viene como “anillo al dedo”. Esta expresión refleja de manera prístina que López Obrador, al igual que Miguel de la Madrid en su momento, contempla la realidad a través de un prisma profundamente distorsionante que deriva de entender la política no como una forma de liderazgo determinada por el “interés público”, sino como una forma de liderazgo determinada por la “razón de Estado”.

Esta es la misma lógica que llevó a Stalin a provocar la muerte de millones de campesinos rusos con tal de lograr la necesaria “transformación estructural” que implicaba para el éxito histórico de la Unión Soviética la colectivización del agro.

No quiero decir en forma alguna que Stalin y López Obrador sean iguales, no los estoy comparando como personas y ni siquiera como líderes estatales. Lo que estoy tratando de hacer es tratar de clarificar, a través de un ejemplo extremo, el profundo sentido autoritario y anti-republicano que reviste la desafortunada afirmación presidencial de que la crisis del COVID-19 es “transitoria” (a final de cuentas “todo es transitorio” y, como decía Keynes, “en el largo plazo todos estaremos muertos”) y que le viene como “anillo al dedo” a la “cuarta transformación” que tanto pregona y que, a la fecha, nadie sabe exactamente en que consiste más allá de supuestamente implicar poner fin al cáncer de la corrupción introducido en nuestra patria por “gobiernos conservadores y neoliberales” (como si no hubiese habido corrupción en México antes de Carlos Salinas de Gortari).

Resulta claro que para López Obrador la “transformación” de una entidad abstracta “el Estado” tiene prioridad sobre todo, incluyendo la salud física y mental de miles de personas. Lo sensato y además lo verdaderamente humano sería que, en la terrible coyuntura actual, el Presidente dejara de hablar de una supuesta “cuarta transformación” y del perverso legado de los “demonios del pasado”, para centrar toda la fuerza de su discurso y de su liderazgo en el combate a la pandemia.

Poco importan ahora el Tren Maya y la Refinería de Dos Bocas. En esta coyuntura lo medular es liberar recursos para enfrentar tanto la terrible crisis sanitaria como sus terribles secuelas económicas y sociales. Claro que hay que apoyar primero a los más necesitados (se trata de un imperativo categórico que, como bien diría Kant, ninguna persona racional puede negar) pero sin embargo es fundamental entender que si el sistema económico se colapsa, si las empresas se ven forzadas a cerrar por falta de recursos, los primeros afectados serán precisamente los sectores de población más vulnerables.

López Obrador debe aprender a marchas forzadas, tal como lo hicieron en su momento Churchill y el propio Benito Juárez, a gobernar un país de la complejidad de México en el marco de una crisis sin precedentes. El Presidente debe entender que, en caso de resultar necesario compensar con deuda pública la caída en ingresos tributarios en una coyuntura como la actual, hay que hacerlo y que si, eventualmente, tenemos que tocar, como seguramente lo tendrán que hacer muchos países del mundo, las puertas del Fondo Monetario Internacional hay que hacerlo también. Lo que no puede permitir un Presidente es que el país se le deshaga entre las manos, tal como dijo, esta vez de manera acertada, el propio Miguel de la Madrid en su discurso de toma de posesión.

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