El Último Espectador

La Tiendita de los Horrores

Por Emilio Hill

En el libro Moviola (Garson Kanin, 1979), un viejo movie mogul (empresario poderoso de cine), Ben Farber, cuenta su historia, desde sus inicios como locatario de una tienda de ropa, hasta llegar a ser un productor importante. Se lo dice a un joven abogado que lleva las negociaciones para comprar su Estudio cinematográfico. No hay frialdad en el corazón del ejecutivo al repasar su vida. Y el lector da un paseo a las anécdotas del cine bajo la mirada de este hombre.

Séptimo arte y emociones nunca están separados, se alimenta uno del otro. Buen momento ahora para ejercitar ese binomio.

Y es que como apuntamos en este espacio, la semana pasada, los cines han cerrado el telón hasta nuevo aviso. Por cierto, la última película exhibida en CDMX ha sido Veinteañera, Divorcida y Fantástica (Noé-Santillán López, 2019). La función fue a las 22:00 horas del domingo 22 de marzo en Cinemex Tlanepantla. ¿Quién habrá sido el último espectador? Aquel que se queda todavía unos minutos de terminado el filme a observar los créditos, a leer con curiosidad los nombres -casi todos anónimos- que formaron parte de la realización de una película. Eso, o hurgarse las bolsas, revisar el celular, en fin.

¿Cuál será el rostro y el nombre de ese espectador anónimo que en la butaca se resiste a dejar la sala de cine?

Profesión mezquina la de ser público, que siempre hace homenaje a los representantes más conspicuos de la Inquisición. Sí un filme es bueno, -lo que sea que esto quiere decir-, la plática al final de la función derivará en lo que se vio en la pantalla luminosa a lo largo de casi dos horas. Pero en caso contrario, un par de frases fulminantes y crípticas ocuparán la charla posterior- casi siempre, no más. A menos que se esté acompañado por un crítico o crítica de cine en potencia.

¿Quién habrá sido ese último espectador? ¿le habrá gustado la pelicula? ¿la recordará en este momento? Seguro no está consciente de su hazaña; acudir a un cine en fin de semana parece no ser un acto heroico -aunque ya para el domingo tenía visos de serlo-.

Los pioneros pasan a la historia, y tienen vida pública, pero hay personajes de actos, de algún modo románticos -y en este caso algo quijotescos- que un destino manifiesto, llevado por algo de estulticia, los convierte – a pesar suyo- en un antes y un después.

Las salas reabrirán y ese espectador anónimo regresará, de manera díscola -como uno adivina es su costumbre- al gozo maldito, enajenante, de perderse dos horas entre la oscuridad y la luz. Nunca, por supuesto, sabrá de su hazaña. Poco le debe importar, además.

Cuando el cinematógrafo llegó a México en agosto de 1896, las llamadas vistas se convirtieron en una atracción inmediata. Y se podía ver en teatros adaptados para las proyecciones, al primer actor del cine mexicano -don Porfirio Díaz- posar estoico ante la cámara de Veyre y Von Bernard -los enviados de los Lumiere- .

Poco después, la vida de finales del siglo XIX, quedaría plasmada en ese primer cine. Y luego llegarían las crónicas de lo que significaba ver ese invento, la imagen en movimiento. En el libro Los Exaltados (Ángel Miquel, Universidad de Guadalajara, 1992) se hace un recuento de los primeros textos publicados sobre el fenómeno.

En el filme Vidas Herrantes (Juan Antonio de la Riva, 1985), se cuenta la historia de un viejo, interpretado por José Carlos Ruiz, que viaja de pueblo en pueblo para mostrar películas clásicas a personas que recuerdan con nostalgia un pasado remoto, pero de celuloide.

El cine pues, como memoria personal e intransferible, emocional de lo que cada película y donde ha sido vista, significa para el espectador.

Ya llegará el momento, esperemos pronto, en el que en una tarde de ocio, así como que no quiere la cosa, se haga la pregunta principal, estelar del día:

-“¿Qué hacemos?”

-“Psss, vamos al cine”

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