Bajo la Piel: el Mundo Después del Coronavirus

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

La humanidad, en la actualidad se enfrenta a una crisis de dimensiones globales que pareciera citar permanentemente las viejas premoniciones bíblicas. Esta del COVID 19, es quizás la más notoria de esta generación. Un fenómeno gravitatorio de convulsiones sociales, económicas y políticas que toma curso de acción, de manera intempestiva y rápida. Su furia no cesa y sus consecuencias tampoco.

Las decisiones que tomarán las personas y los gobiernos en las próximas semanas probablemente darán forma al mundo en los años venideros. Formarán las bases de una nueva convivencia social a nivel internacional. Rediseñaran no solo a los sistemas de salud, sino también a la economía, a la política y la cultura en todos los países del globo terráqueo.

Por lo tanto, se debe actuar rápida y decisivamente ante los retos que se avecinan y en algunos casos ya está ocurriendo. A la par se deben tomar en cuenta las consecuencias a largo plazo de las acciones que, como especie, la humanidad, debe llevar a cabo. Al elegir entre alternativas, es importante preguntarse, no solo cómo superar la amenaza inmediata, sino también, qué tipo de mundo quedara para ser habitable una vez que pase la tormenta.

Queda claro que cuando la tormenta pase, la humanidad sobrevivirá, la mayoría de las personas aún vivirán, pero coexistirán en un mundo diferente.

Muchas medidas de emergencia a corto plazo se convertirán en un elemento vital. Esa es la naturaleza de las emergencias globales en estos días. Avanzan con mayor rapidez que los procesos históricos. Decisiones que en tiempos normales podrían llevar años de deliberación, ahora se pasan en cuestión de horas. Decisiones aun sin madurar.

De igual forma, se ponen en servicio tecnologías peligrosas, porque los riesgos de no hacer nada son más grandes. Países enteros sirven como conejillos de indias en experimentos sociales a gran escala y está por desgracia empieza a ser una terrible constante.

En medio de esta vorágine de cambios en la dinámica social, convendría preguntarse:

¿Qué pasa cuando todos trabajan desde casa y se comunican solo a distancia?

¿Qué sucede cuando escuelas y universidades enteras se conectan en la red global?  En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y las juntas educativas nunca aceptarían realizar tales experimentos. Pero estos no son tiempos normales y mucho menos seguros en términos de salud pública.

En este momento de crisis, los seres humanos enfrentan dos opciones particularmente importantes. La primera de ellas se da entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano. La segunda se da entre nacionalistas: aislamiento y solidaridad global.

Estas directrices no hacen más que polarizar y enrarecer el ambiente de convivencia social que está por venir, sin embargo, son los grandes ejes temáticos de las nuevas discusiones de análisis para el siglo XXI.

¿Qué es la vigilancia bajo la piel?

Para detener la epidemia, poblaciones enteras deben cumplir con ciertas condiciones. Hay dos formas principales de lograr esto. Un método proviene desde el gobierno para vigilar a las personas y castigar a quienes infringen las reglas. Hoy, por primera vez en la historia humana, la tecnología hace posible monitorear a grandes segmentos poblacionales a cada hora. Mientras que hace cincuenta años, la KGB no podía seguir a 240 millones de ciudadanos soviéticos con la misma eficacia. Esta es una demostración de la celeridad y alcance tecnológico con el que se vive el nuevo siglo.

En el mundo del nuevo milenio los gobiernos pueden confiar en sensores ubicuos y algoritmos potentes en lugar de agentes de carne y hueso. Ya no hace falta esperar a que la realidad virtual permee las relaciones humanas, porque las tecnologías a través de la reprogramación neuronal, ya ha logrado entrar en la mayor parte de los hogares del mundo entero y en las mentes de sus usuarios.

En su batalla contra la epidemia del coronavirus, varios gobiernos ya han desplegado las nuevas herramientas de vigilancia epidemiológica con las que pueden contar. El caso más notable es China.

Esta nación ha monitoreado de cerca los teléfonos inteligentes de las personas, ha usado cientos de millones de cámaras de reconocimiento facial y ha obligado a las personas a verificar e informar la temperatura de su cuerpo; así como a reportar su condición médica. De esta manera, las autoridades chinas no solo pueden identificar rápidamente a los sospechosos portadores del COVID19, sino además también rastrean sus movimientos e identifican a cualquier persona con la que se encuentren en contacto.

En este mismo sentido, es importante destacar que, desde el punto de vista del desarrollo tecnológico, una gama de aplicaciones móviles advierte a los ciudadanos sobre su proximidad a los pacientes infectados.

El primer ministro Benjamín Netanyahu, de Israel, también autorizó recientemente que la Agencia de Seguridad israelí desplegará la tecnología de vigilancia que normalmente se encontraba reservada para luchar contra terroristas y ahora estará orientada a rastrear pacientes con coronavirus.

Muchos especialistas podrían argumentar que no hay nada nuevo en todo esto, ya que, en los últimos años, ambos gobiernos y corporaciones han estado utilizando tecnologías cada vez más sofisticadas para rastrear, monitorear y manipular personas. Sin embargo, si no se tiene cuidado, la epidemia de tales prácticas podría propagarse.

Todo lo anterior podría significar una transición dramática de vigilancia que el historiador israelí Yuval Noah Yarari a denominado “bajo la piel”.

Si lo anterior es difícil de creer, con el siguiente ejemplo la ficción podría ser rebasada por la realidad. Hasta ahora, cuando el dedo de cualquier persona tocaba la pantalla del teléfono inteligente y hacía clic en un enlace, el gobierno quería saber en qué estaba haciendo clic exactamente el usuario. Pero con el coronavirus, el foco de los cambios de interés ha cambiado. Ahora el gobierno quiere saber la temperatura de su dedo y la presión sanguínea que se encuentra debajo de su piel. A dichos cambios habría que agregarles por supuesto, la información biométrica que la mayor parte de las agencias de inteligencia en el mundo ya empiezan a recabar.

Recapitular información de este tipo puede ser entendida o traducida como el filo de una navaja de doble hoja. Por un lado, puede ayudar a construir una mejor sociedad, más segura y saludable ya que dicha información serviría para atender de mejor manera, las potenciales infecciones que amenazaran con propagarse en todo el mundo durante los siguientes años. La masificación de esta información daría como resultado una mejor ubicación de los puntos de contagio y, además, permitirá su virtual desmantelamiento.

Por el otro lado, dicho volumen de información podría ayudar a que muchos gobiernos en el mundo se vieran tentados a controlar a todos aquellos portadores de mensajes en su contra, a través de la implementación operativa y segmentada, mediante el uso de estos datos y la potencial utilización de enfermedades que los afectarán.

Ante dichos escenarios pareciera que la ciencia ficción es cosa de niños cuando se le compara con la realidad actual, sin embargo, la factibilidad de dichos acontecimientos es un escenario más cerca de lo que se pudiera imaginar. El orden mundial social y económico cambiara drásticamente para los siguientes años después de esta terrible pandemia que la humanidad está enfrentando y sus consecuencias no podrán ser develadas hasta una vez pasada la tormenta. Tiempos de grandes cambios y modificaciones históricas han llegado.

 

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