El COVID-19 y la Diversidad en la Sociedad Internacional

Por Itzel Toledo García

El COVID-19 es definido por la Organización Mundial de la Salud como “la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus que se ha descubierto más recientemente. Tanto el nuevo virus como la enfermedad eran desconocidos antes de que estallara el brote en Wuhan (China) en diciembre de 2019.” Los coronavirus “causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS).”

En las últimas semanas el incremento del COVID-19 alrededor de diferentes partes del globo ha representado un reto inigualable para aquello que se ha denominado “sociedad internacional”. Rafael Calduch, catedrático de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales, señala que la sociedad internacional puede entenderse como “aquella sociedad global (macrosociedad) que comprende a los grupos con un poder social autónomo, entre los que destacan los estados, que mantienen entre sí unas relaciones recíprocas, intensas, duraderas y desiguales. Sobre las que se asienta un cierto orden común”. (Calduch, Relaciones Internacionales, 1991).

Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, apela a que “defendamos el mutuo respeto, la solidaridad y la cooperación, pilares fundamentales de las Naciones Unidas”, pero en esta crisis vemos que hay posturas distintas en la sociedad internacional, unas muy lejanas de dichos pilares fundamentales. Mientras China y Cuba han brindado materiales y equipos médicos a países como Irán e Italia, los miembros de la Unión Europea han restringido el envío de productos médicos a su vecino italiano y el gobierno estadounidense pretende que se patente la cura del COVID-19.

Las posturas frente al COVID-19 también han variado. La mayoría de países aplican medidas para reducir el esparcimiento del virus, por ejemplo Italia declaró el estado de emergencia el 31 de enero y posteriormente el encierro a su población, como hizo el gobierno chino en Wuhan, mientras el gobierno británico decidió perseguir la estrategia de la inmunidad de grupo con la idea de que de contagiarse buena parte de la población se crearía inmunidad. La Organización Mundial de la Salud señala que la opción del gobierno británico llevaría a que se infecten 47 millones de personas y podría implicar la muerte de un millón.

Además, cada vez más se cierran fronteras con el fin de contener la expansión del virus. Por ejemplo, el presidente salvadoreño Nayib Bukele decretó una restricción de acceso a personas provenientes de China, Italia, Irán, Corea del Sur, España, Alemania y Francia por 21 días desde el 11 de marzo y Trump anunció un día después que se prohibiría por 30 días la entrada de personas provenientes de Europa (salvo para ciudadanos estadounidenses y residentes oficiales en Estados Unidos). Si bien la Unión Europea rechazó la decisión unilateral de Trump, el 17 de marzo los líderes de la Unión Europea decidieron cerrar las fronteras exteriores y prohibir la entrada a ciudadanos de terceros países (salvo en circunstancias excepcionales) durante 30 días a la comunidad. Para entonces, ya había miembros de la comunidad que impedían la entrada de ciudadanos europeos a su territorio, como es el caso de Hungría, y otros restablecían los controles fronterizos internos, como hicieron España y Alemania. Por su parte, el gobierno cubano ofreció ayuda humanitaria a un crucero británico con casos confirmados de COVID-19 que no había sido aceptado por ningún puerto del Caribe desde finales de febrero.

El COVID-19 también deja ver la variabilidad en actitudes gubernamentales hacia diversos sectores. Hasta las 10 am del 18 de marzo, 113 países anunciaron o implementaron el cierre de instituciones educativas, teniendo efecto sobre 894.4 millones de niños y jóvenes; mientras que algunos lugares han decidido pasar a plataformas en línea, otros han decidido no hacerlo. Algunos gobiernos han decidido otorgar ayuda para grupos marginales, por ejemplo en Italia, España y Francia se han congelado impuestos, rentas y pagos de servicios. En Dinamarca, el gobierno decidió que por tres meses cubrirá el 75% del salario de los empleados con contrato mensual y el 90% de los trabajadores por hora, que de otra forma se quedarían sin trabajo. Las compañías pagarán el % restante. En cambio, en Estados Unidos, mientras se inyectan trillones de dólares a Wall Street, se calcula que para el 17 de marzo 18% de la población laboral había perdido su trabajo u horas como consecuencia de la pandemia. Trabajadores en otras partes del mundo también están perdiendo trabajos, así que falta ver cómo van a reaccionar distintos gobiernos ante esta situación.

Por lo pronto hay iniciativas ciudadanas para ayudar a solventar la crisis, por ejemplo, se está solicitando que la gente continúe pagando a trabajadoras domésticas, aunque no puedan realizar sus labores en este periodo. En el ámbito musical se está promoviendo la compra de productos y discos de bandas en plataformas como Bandcamp pues han tenido que cancelar sus giras, para muchos de ellas la fuente de recursos más importantes. Otro ejemplo, ilustradores están ofreciendo cursos en línea como actividad en la cuarentena y los asistentes pueden donar a su cuenta si gustan. Librerías independientes están solicitando a sus clientes que usen sus plataformas en línea para sobrellevar este periodo.

Además, mientras la ONU apela a que no se le llame el virus chino sino COVID-19 para evitar racismos, en las últimas semanas ha aumentado el acoso a personas de origen asiático en diferentes países. Cada día se están reportando en redes sociales actos de discriminación en países angloparlantes, por ejemplo, dos hombres coreanos fueron apuñalados en Montreal el fin de semana del 14 y 15 de marzo. La discriminación también es clara cuando vemos videos en Estados Unidos y Reino Unido en los que se muestra que no hay ciertos productos en los supermercados comerciales, pero sí los hay en los supermercados asiáticos. Por su parte, el gobierno chino decidió boicotear la venta de los libros de Mario Vargas Llosa tras su persistencia en hablar de “ese virus proveniente de China” así como criticar al sistema político chino y la decisión de acallar las voces de denuncia ante la primera fase del coronavirus.

El COVID-19 ha dejado ver que cada país intenta solucionar sus problemas de distintas maneras, mientras unos lo hacen fronteras para adentro otros ofrecen ayuda humanitaria, mientras unos cuidan a sus poblaciones marginadas otros prefieren ayudar a los fuertes intereses económicos. En la sociedad internacional hay una variedad de posturas y no hay un organismo que logre poner a trabajar a todos en el mismo tenor. En estos días con el cierre de fronteras nos podemos preguntar si el COVID-19 representa el fin de la globalización, pero también sería útil preguntarnos qué se puede hacer para fortalecer a un organismo internacional como la ONU para realmente lograr el mutuo respeto, la solidaridad y la cooperación internacional ante un reto como la pandemia actual y frente a lo que se viene en las siguientes décadas ante los efectos del cambio climático. La respuesta incluye la disminución de la soberanía nacional, algo que se sabe los gobiernos y las poblaciones no están dispuestos a perder, pero los retos globales nos muestran que deberíamos reconsiderarlo.

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