La Razón de las Mujeres: Grito de Auxilio en un mar de Silencio

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

Las mujeres están enojadas y es sustancialmente importante entender las causas de su malestar. Lo están en México, pero también en toda América Latina. Tienen razón en estarlo. Por demasiados años el Estado, ha mantenido un sistema económico que por definición las explota y un modelo de organización social y familiar que usa y abusa de su tiempo por su condición de género, al mismo tiempo ha ignorado su demanda de justicia, de equidad y, sobre todo, de vivir sin violencia. Es una verdadera pena que el Estado y, sobre todo, la sociedad en su conjunto no logre entender esto.

La violencia contra mujeres, niñas y adolescentes se reproduce en la precariedad, en la falta de recursos, en la frustración que muchos sujetos viven en esta sociedad, bajo este modelo de capitalismo tardío y altamente agresivo que se conoce también como neoliberalismo, cuando no logran cumplir las misiones que los esquemas culturales tradicionales les han reservado como género: controlar, someter, dominar y tutelar a las mujeres. Es el sexismo, pero también es el racismo, el clasismo, la discriminación y el odio en sus más diversas formas, contra todo aquello que es diferente. Esta violencia ataca a las mujeres y niñas, pero también a todo aquello que culturalmente se relaciona con lo femenino: el desarme, el diálogo y la paz. Se vive en una sociedad enferma cuya solución frente a los conflictos es la violencia.

En las semanas recientes México se ha sacudido con brutales casos de violencia y feminicidos. Un fenómeno que por desgracia ha alcanzado niveles alarmantes en mujeres y niñas. Son casos que impactan y conmueven. Hacen que la sociedad nacional recuerde la enorme responsabilidad -y la deuda pendiente– que el gobierno tiene con la seguridad de las mujeres. Pero no solo eso. Estos delitos también demuestran, por la cobertura de muchos medios, que el problema es también cultural. Algo que, por desgracia, no habrá de solucionarse de la noche a la mañana.

Tienen razón las mujeres cuando gritan su furia para que las personas escuchen bien y con claridad que se ha acabado el tiempo. No se vale que se diga que estas luchas llegaron hace poco más de un año. No se puede decir que esperen porque han esperado ya por muchos años. Es trascendental que la administración del presidente López Obrador demuestre que son el cambio. Que no se gobierna a través de la indiferencia, ni la omisión y mucho menos de la indolencia.

Aunado a lo anterior, por demasiados años el sistema judicial no ha respondido en tiempo ni forma a la violencia de género, e incluso la ha reproducido. En otros casos ni siquiera la entiende y tampoco hace nada por cambiar sus razonamientos. Se sabe que solo 7 de cada 10 mujeres que denuncian violencia reciben órdenes de alejamiento a tiempo.

Esto obedece a estereotipos y prejuicios de jueces y juezas que se quedaron en el pasado y no logran actualizar sus criterios para entender a una sociedad como la actual. Sin embargo, ya se está comenzando a reeducar al personal de este importante sector. Se está avanzado en la capacitación en nociones de género, en las evaluaciones y mecanismos de trabajo con el poder judicial. Tan importante como eso, es que se ha iniciado la habilitación para que cualquier juez, sin importar su responsabilidad, pueda emitir órdenes de protección. Esto manda un poderoso mensaje al poder judicial sobre la importancia de poner la protección de las mujeres en primer lugar y por encima de cualquier circunstancia.

La impunidad es un problema que no acepta medias tintas o se atiende o se sufren las consecuencias. Las cifras son alarmantes y la preocupación del gobierno debe estar enfocada en proteger la vida de las mujeres y mejorar la atención y capacitación de las fiscalías. Lo que se pretende, es que toda muerte de una mujer se investigue como feminicidio desde un principio; si después se descarta legalmente es otra cosa. Pero empezar por el supuesto del feminicidio les da una fuerza especial a las investigaciones. Pero, sobre todo -desde una concepción más social- es resaltar el indicio de motivos de odio a través de la violencia de género.

Al respecto la repuesta emitida por la doctora Nadien Gasman pareciera ser clara:

Tienen razón las mujeres. Las estamos escuchando, y les digo, como feminista de toda la vida, como parte de un equipo comprometido y progresista: sus palabras nos mueven, nos conmueven y nos identifican. Porque las mujeres, todas, hemos sufrido algún tipo de violencia. No estamos lejos ni estamos mirando a otro lado. Las estamos mirando a ellas.

Esperemos en horabuena, este reconocimiento a la lucha del feminismo en México no quede solamente en buenas intenciones.

El movimiento organizado de mujeres ha hecho que el país entero se involucre como nunca antes en estos problemas: se habla de violencias, de brechas salariales, de machismos cotidianos, de sexismo, de lenguaje incluyente, de espacios paritarios, de participación política.

En este sentido el dialogo y el análisis en una sociedad profundamente violenta contra la mujer es un signo positivo de cambio, aunque aún insuficiente.

En las calles, en las plazas, en los cafés, en el transporte público, en los trabajos las mujeres y hombres hablan sobre la marcha y sobre el paro. Centros de trabajo públicos y privados se han pronunciado, por decenas, a favor de los derechos de sus trabajadoras alentándolas a hacer efectivo su paro.

México no será el mismo después de este 8 de marzo. Las demandas de las mujeres están instaladas en el imaginario público, y los hombres empiezan a revisar y repensar sus conductas. No puede haber mejor medicina contra la indiferencia que la participación y el análisis colectivo. Este 8 de marzo será un parteaguas del que la sociedad mexicana no puede dar marcha atrás y el gobierno en su conjunto, desde el lugar que le corresponde, debe facilitar las condiciones para hacer efectivas las acciones que se requieran para prevenir, atender y sancionar las violencias.

Ha llegado el momento en que la sociedad por fin mire y, como pocas veces antes, sabe que ya no se les puede observar con desprecio y condescendencia a los grupos que abanderan las causas de género.

Porque para muchas niñas y mujeres de este país, el futuro es una palabra que hoy por hoy no existe, o solo genera temor, miedo e incertidumbre. Porque su seguridad pende de un hilo. Por qué a diario son violentadas. Y para que se piense en una sociedad con un futuro incluyente, de paz, de bienestar, de igualdad y de solidaridad, se necesita cambiar las estructuras que hoy se demuestran obsoletas y violentas.

Se debe poner al alcance de las niñas y jóvenes la idea, poderosa, de que sus vidas, su integridad, su dignidad, importan. Es impostergable expresar hoy más que nunca como sociedad, que se quiere para todas, un futuro de derechos y libertades y ese es el compromiso que debe asumir este gobierno.

Porque no hay otro camino. Porque ha llegado la hora de repensar y transformar los ejes de la convivencia entre hombres y mujeres en el México del siglo XXI.

 

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