El Descontento y sus Manifestaciones

Por Silvestre Villegas Revueltas

Desde los tiempos más remotos del Imperio Romano, los que tenían la calidad de ciudadanos romanos y los pueblos sometidos como judíos, británicos y los tracios entre muchos otros, se manifestaron en las ciudades imperiales o en los extensísimos terrenos rurales en contra de la carestía del trigo, del vino o los cárnicos, y en otro sentido se manifestaron violentamente cuando el pago de impuestos, la actuación de un funcionario imperial, el ataque contra una deidad religiosa u alguna otra cuestión afectaba la vida diaria de una población determinada. Pasaron los siglos, y lo mismo en oriente que en el mundo occidental, las protestas populares se sucedieron como consecuencia de algún malestar público. Siempre, y repetimos siempre, el descontento fue aprovechado por algunos individuos interesados en tirar, afectar, modificar lo mismo una acción de gobierno que sacar del poder a un determinado gobernante ya fuera el titular del estado, alguno de sus adláteres o “favoritos” como se decía en la España dieciochesca. Las interesadas protestas, igual en los Estados Unidos que en Argentina o Hong Kong también han tomado como banderas, retrotraer un número importante de reformas de carácter modernizador hacia posiciones francamente conservadoras como el tema del aborto en el sur americano, las razones detrás de las cíclicas crisis económicas en el riquísimo país de las pampas, o disfrazadas atrás del argumento del ejercicio democrático, las sospechosas protestas juveniles en la una vez colonia inglesa en China. Ninguno de los tres ejemplos ha pasado el filtro de la transparencia en sus intenciones, financiamiento y procedimientos demostratorios en calles, medios de difusión y respaldos partidistas. Lo anterior se aplica al bien concertado paro femenino a realizarse en México el lunes 9 de marzo y a la marcha del día anterior.

Es justo y necesario repetirlo, el asesinato de mujeres inocentes es una infamia y los perpetradores deben ser castigados con todos los recursos de la ley; los múltiples casos de sadismo que desfiguran los cuerpos de mujeres no solo son actos abominables sino, y en ello debe estar el análisis y la genuina protesta, en reflexionar acerca del estado de degradación psíquica y moral que padece la sociedad mexicana la cual produce semejantes monstruos. Porque es a lo largo y ancho de la república donde se verifican semejantes actos demenciales. Hasta aquí entiendo y respaldo la protesta femenil.

Pero cuando veo a universidades elitistas, diversos medios de comunicación perfectamente alineados en sobredimensionar las causas, empresas privadas promotoras de dicho paro nacional y en las redes sociales al unísono identifican los terribles asesinatos con una inacción por parte del gobierno federal y el de la Ciudad de México, todo lo anterior, lo menos que me provoca es un sospechosismo a manera de lo expresado por el exsecretario Creel. A este nivel y con semejantes características, la protesta deja de ser genuina y ser convierte en la herramienta de presión de oscuros intereses que, en años pasados voltearon la cara para desentenderse de los feminicidios como problema creciente. A los asesinatos de mujeres no se le dio la importancia que requerían y muy de pasada algunos funcionarios y empresarios de sexenios anteriores terminaron siendo inculpados. Al gobierno federal encabezado por López Obrador, pero también a los gobiernos estatales y municipales donde suceden la mayoría de los feminicidios conocidos, es su obligación brindar seguridad a la población y cuando se atrapen a los criminales la sociedad demanda una administración de la justicia expedita. Las características criminales del feminicidio no son producto del neoliberalismo pero sí lo son del libertinaje en las costumbres, de una sociedad que reproduce familias disfuncionales, de extenuantes horas de trabajo que dificultan la educación y convivencia familiar, y a todo lo anterior se agrega un problema medular: un generalizado ambiente de impunidad que permea la amplia gama de asesinatos, pero también “el aquí no pasa nada” está presente en los directores de gobierno que en los capitanes de empresa y en la burocracia.

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