La Autocracia y el Espejo Latinoamericano

Por Nidia Marín

El horno no está para bollos en América Latina. Desde el Rio Bravo hasta La Patagonia los pueblos están hartos de tanto abuso no sólo de parte de los criminales, sino de sus gobernantes, sobre todo aquellos que se han eternizado en el poder (es el caso de Bolivia) o de quienes desde sus tempranos mandatos ejercen la autocracia.

Es el caso mexicano, donde están siendo borrados por obra y gracia del nuevo gobierno (léase órdenes giradas por el mero, mero) las libertades de los poderes de la Unión, como el Congreso federal, la autonomía de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, así como de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y la posibilidad de subsistencia de la célula básica que se constituye por la organización política de nuestra nación: el municipio.

Hay que verse en un espejo. La autocracia es definida como un sistema de gobierno que centraliza el poder supremo del Estado en una sola persona. Esto tuvo su época dorada en el siglo XX, pero se ha vuelto a desarrollar en las últimas décadas y de acuerdo a los estudios sobre democracia en Latinoamérica, específicamente del Índice de Transformación de Bertelsmann (BTI) “…existe un grupo de países conformado por Chile, Costa Rica y Uruguay que se mantiene de forma estable con las mejores valoraciones a lo largo del período estudiado. Por el contrario, países como Bolivia, Colombia, Honduras, Ecuador, Nicaragua y Venezuela se ubican a la cola”.

Los resultados de este índice, a lo largo del tiempo evidencian también la estabilidad de la región y el comportamiento democrático de los países, puesto que en los últimos años únicamente se han experimentado variaciones en Colombia, Honduras, México, Nicaragua y Venezuela. “En estos países el desempeño democrático ha empeorado”, precisan los especialistas.

Como dijera Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch, sobre este 2019:

“A diferencia de los dictadores tradicionales, los aspirantes a autócratas de hoy en día normalmente emergen de entornos democráticos. La mayoría persigue una estrategia en dos fases para socavar la democracia: primero, demonizan a las minorías vulnerables y las convierten en chivo expiatorio para reforzar su apoyo popular; a continuación, debilitan los controles institucionales al poder del gobierno necesarios para preservar los derechos humanos y el estado de derecho, tales como, medios de comunicación libres, un poder judicial independiente y grupos de la sociedad civil comprometidos. Incluso las democracias más establecidas del mundo se han mostrado vulnerables ante esta demagogia y manipulación”.

Roth también precisa:

“Los líderes autocráticos rara vez resuelven los problemas que utilizan para justificar su ascenso al poder, en cambio sí crean su propio legado de abuso. En sus países, estos gobiernos que no rinden cuentas se vuelven propensos a la represión, la corrupción y la mala gestión. Se argumenta que los autócratas son mejores a la hora de obtener resultados, pero dado que suelen darle prioridad a la perpetuación de su propio poder, el costo humano puede ser enorme, como la hiperinflación y la devastación económica que se ve en la Venezuela otrora rica en petróleo, la ola de asesinatos extrajudiciales como parte de la “guerra contra las drogas” en Filipinas, o la detención masiva en China de más de 1 millón de musulmanes turcos, en su mayoría uigures”.

Ojalá y en México aprendamos a tiempo de la inestabilidad política que prevalece en Bolivia, Venezuela, Nicaragua y Chile, porque en nuestro caso ya tenemos suficiente con todas las masacres que diariamente perpetúa el crimen organizado sin que haya, estrategia que detenga la locura, pero sí mucho ruido y pocas nueces. Más bien no hay nueces.

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