Chile: el Desgaste de un Modelo Económico-Político con Desigualdades

Artículo Invitado

*El Baile de los que Sobran

Por Luis Miguel Martínez Anzures

El viernes 25 de octubre pasado, el pueblo chileno salió masivamente a las calles, plazas y alamedas de sus ciudades más pobladas para protestar en contra del gobierno que preside Sebastián Piñera, reclamando su salida y exigiendo un nuevo constituyente. El movimiento fue espontaneo, pero poderoso en su mensaje.

Lo anterior toma más fuerza, si se considera que un día antes, tras el inicio de la huelga general, se convocó a “la manifestación más grande de la historia de Chile”. Y todo indica que los organizadores lo lograron. Las estimaciones varían entre dos a cinco millones de chilenos protestando a lo largo del país.

Tras esta masiva movilización, el régimen de Sebastián Piñera, la partidocracia, la oligarquía y los militares, el bloque de los verdaderos dueños de ese país, están emplazados o al menos exhibidos de manera mediática por las grandes multitudes chilenas que los han mencionado una y otra vez en sus protestas como los causantes de la crisis que atraviesa el país.

El movimiento popular y social chileno más grande de la historia reciente, comenzó a partir del alza en el precio del pasaje del metro de Santiago de Chile, el pasado 6 de octubre. Como respuesta a esta acción de gobierno, las protestas surgieron de inmediato, y en apenas diez días se convirtieron en un poderoso movimiento de impugnación al régimen heredado del golpe de Estado de 1973.

En contraposición, la primera respuesta del gobierno de Piñera fue ordenar la brutal represión en contra de los manifestantes. Pero además ordenó un macabro plan de construir un “enemigo interno” al cual declararle la guerra. Este “enemigo interno” eran los “vándalos y violentos” (“alienígenas” los llamó la esposa de Piñera), que se dedicaban a saquear supermercados y destruir patrimonio urbano y del trasporte público.

Pese a ello, está documentado que la gran mayoría de saqueos, destrozos en estaciones de Metro e incluso el incendio en el edificio de la empresa Entel, fueron provocados por agentes del régimen con un perfil operativo encubierto y con tácticas bien definidas. Todo ha sido una fría construcción del gobierno y de los militares, para justificar así, la declaratoria del estado de excepción y el toque de queda en nueve de las 18 regiones de Chile. Por primera vez desde que los chilenos sacaron a Pinochet del poder, los militares volvieron a las calles. Una verdadera desgracia.

Pero a pesar del estado de excepción y de la dura represión, las manifestaciones no se detuvieron. Al contrario, se volvieron más numerosas y politizadas. En redes sociales se viralizaron videos, fotos y audios de las personas golpeadas, heridas, torturadas e incluso asesinadas por las fuerzas armadas. La feroz represión de carabineros y militares provocaron rabia en la mayoría de la sociedad y alentó más las protestas. El fuego recibió más gasolina que agua.

Esta respuesta a la represión marcó un punto de inflexión en el movimiento: ya no sólo se exigía dar marcha atrás al aumento en el precio del metro. Ahora también, los manifestantes demandaban el fin a la represión, retirar a los militares de las calles y destituir a los responsables.

Por si eso no fuera suficiente, se puso en cuestionamiento el discurso de legitimación del régimen. Lo contrastante e irónico del asunto, es que apenas un mes atrás, las clases dirigentes chilenas decían que esa nación era un “oasis” o paraíso en el contexto de la pobreza o atrasos de las sociedades latinoamericanas.

Bastaron dos semanas de protestas para desnudar el verdadero estado del antagonismo social en Chile: una minoría que es dueña del 80 por ciento del país y una gran mayoría condenada a una vida de duro trabajo para apenas sobrevivir.

La salida de los militares a las calles, la represión indiscriminada, el discurso de guerra del gobierno, las mentiras de los medios y el cinismo de políticos y grandes empresarios, mostraron de súbito a millones de chilenos que la dictadura pinochetista nunca se fue o al menos no del todo; que la llamada “democracia” era apenas una careta para ocultar un país desigual e injusto, donde la oligarquía protegida por los militares tiene todo, mientras a la mayoría se le condena a una vida indigna.

En este sentido, las protestas que comenzaron hace dos semanas contra el aumento del precio del metro de la capital chilena, se transformó en una potente rebelión popular que está impugnando el orden establecido y proponiendo una refundación del orden político en aquel país.

Un orden político y económico impuesto a sangre y fuego desde el golpe militar encabezado por el dictador Augusto Pinochet en el que se experimentó la aplicación violenta y radical de las doctrinas neoliberales mediante las cuales, se despojó a los chilenos de sus bienes y recursos públicos, para pasarlos a manos de corporaciones privadas, nacionales y extranjeras.

De manera federativa y descentralizada, porque no hay un partido u organización o dirigente que encabece esta rebelión, las clases bajas y medias chilenas están exigiendo la devolución de todo los que se les expropió: salud, educación, agua, pensiones, salarios, costo de los servicios y, en suma, de la riqueza que ellos producen y una democracia auténtica, no tutelada por los militares. Exigen cambiar las reglas del juego.

La cantautora Camila Moreno menciono, “esta revolución (…) tiene qué ver con la educación, con la salud, con la dignidad de los sueldos, con la vivienda, con el derecho a amar a quien queremos amar, con el derecho a ser quien queremos ser, por el derecho a la vida, a la libertad, a la paz, a la libre expresión”.

Tras la marcha del viernes pasado, el aún presidente en funciones Sebastián Piñera, su gobierno y sus corifeos en los medios informativos pretendieron hacer creer que las semanas subsecuentes ya todo volverá a la normalidad, y como “regalo” a los movilizados, anunció un cambio total de gabinete. Pero al mismo tiempo, continuó el sábado 26 de octubre con la brutal represión a los manifestantes que no han dejado la calle. Y todo indica que no la dejarán.

Una vez que el pueblo despertó, ya no quiere regresar atrás. Exige una vida digna. En las marchas la resignificación de los ideales populares se ven representados a través de Víctor Jara, “El derecho a vivir en paz”, se toca al final de las protestas, como el himno del pueblo rebelde, del pueblo que lucha por el derecho a vivir en paz, y dignamente.

Tal parece que la primavera latinoamericana ha llegado para quedarse en varios países del hemisferio y habrá cambios significativos en los horizontes políticos en los años que están por venir. Lo que hasta ahora queda más claro, es que el modelo de libre mercado y privatización de los servicios públicos, no es una receta económica que haya dejado grandes beneficios a la sociedad chilena, así como también, a otras naciones que decidieron aventurarse por este sendero.

Con exactitud no se sabe cuál será el nuevo rumbo que tomen los chilenos al igual que sus pares en otras fronteras circundantes, lo que sí es seguro hasta ahora, es que Latinoamérica ha despertado y una voz logra reunir el clamor popular expresado: “el baile de los que sobran llego para quedarse”.

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