La Elección Determina el Camino: Ausencia de Valores en la Sociedad

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

En los días de corren del siglo XXI, todos los seres humanos saben que el dinero es la gran meta a conseguir para alcanzar, (en teoría) una mejor vida. El dinero es sinónimo de un medio para cristalizar el sentido de la vida, el valor más alto para la mayoría de las personas; y también, todos los seres humanos saben o, al menos han oído que en la antigüedad, el honor era uno de los valores que más se estimaban. Lo que quizá no todos hayan hecho, es pensar en lo que esto implica.

Expongamos mejor esta idea.

En el clima ético que trae aparejado el que se suscriba uno u otro valor, pues la clase de mundo en que se vive depende directamente del valor que decida perseguir la mayoría.

Al respecto, es conveniente sugerir un par de ejemplos que iluminan ese antiguo mundo donde privaba el honor por encima de todos los demás valores: el primero de estos casos aparece en la Ilíada de Homero y el otro, en los Ensayos del filósofo francés Montaigne.

En el primer caso, se trata del pasaje en el que Aquiles, habiendo sido informado por su madre, una diosa del mar llamada Tetis, que su suerte y la de Héctor están encadenadas y que, por lo tanto, no debe matarlo, Aquiles responde que prefiere la muerte antes que el deshonor. Con ello muestra que por encima del valor de la vida está el honor.

En el segundo caso, Montaigne habla acerca de unos soldados romanos, los cuáles repudiaban el reconocimiento de gloria que el Senado había decidido otorgar a su capitán, pues aunque a ellos, dicho reconocimiento podría haberlos beneficiado con dinero y un mejor lugar en la cadena de mando, no permitieron ser premiados porque la victoria no se debía a las estrategias del capitán, sino que habían ganado por suerte, por tener la fortuna de su lado, por un mero hecho fortuito y no bien planificado. La enseñanza a través de este relato, es que estos soldados tienen tan alto el honor, que no van a traicionarlo por la oportunidad, por mucho que ésta, les dé cosas valiosas.

Si lo anteriormente expuesto lo transportáramos al presente, sería ocioso mencionar ejemplos, pues es de dominio público que en el espíritu colectivo de las sociedades occidentales se cree que, el dinero es aquel motivo principal que mueve la vida de las personas.

Lo que sí, es importante mencionar, es que cuando un valor se admite por encima de todos, se acompaña de un apellido en la práctica. Por ejemplo, es el honor “cueste lo que cueste”, es el honor “caiga quien caiga”, es el dinero cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Ambas son dos visiones del mundo cimentadas en valores diferentes con consecuencias distintas. El honor levanta un mundo; el dinero, otro. Aquiles da la vida por el honor y con ello levanta un mundo de dignidad y, en cambio, las personas de ahora dan la vida por el dinero y edifican un mundo que, para definirlo con pocas palabras basta decir que es una penosa sucursal del inframundo.

No se mal entienda lo que hasta ahora se ha referido, el problema principal que se trata de evidenciar en este texto, no es la utilización del dinero como un medio para obtener un producto, sino la justificación de ese medio, para enaltecer prácticas contrarias al interés colectivo del bienestar común, sistematizando el egoísmo y la codicia como elementos aspiracionales para construir el éxito.

Al final de cuentas, un individuo siempre  da la vida por aquello en lo que cree, es una condición humana  y no hay mucho que hacer al respecto. Es comprensible que un ser humano brinde todo por aquello a lo que entrega su vida, por lo que coloca en la cima de sus valores y dependiendo lo que encumbre elige su vida y, por ello la vida no hay otro modo de pagarla, más que con la vida.

En el final de cada historia todos mueren. Muere Aquiles, muere el narcotraficante, muere el empleado que se esmera por su salario, muere el ladrón que se enriquece: el final es el mismo para todos. Lo que sí es distinto, son los mundos que los valores crean, lo que cambia es ese tramo llamado “a lo largo de la vida”. Este último elemento es la sustancia que rige una filosofía de vida y al final de cuentas, es el legado que habrá de dejar una persona para las generaciones que le precedan.

El mundo en el que se vive es la consecuencia de haber erigido el dinero como lo más valioso. La culpa es de todos, pues siempre son las personas, las víctimas del valor supremo que deciden adoptar.

Vivir la vida sin sentido siempre tendrá sus consecuencias, pero en tanto no sean las mayorías las que compren dicha filosofía de vida, no pondrán en riesgo la estabilidad de un país, en caso contrario, por supuesto que habrá motivos para preocuparse. Por el bien de México, el destierro de la frivolidad y la banalidad deben aprender a convivir a muchos kilómetros de distancia de la convivencia ciudadana si lo que se quiere es tener un México más seguro y cimentado en buenos valores como la participación ciudadana, la solidaridad, la honestidad y por supuesto, la justicia y el esfuerzo.

Para tener una mejor sociedad es necesario pensar en la importancia que tienen los cimientos con que se formen los valores de cada ciudadano que forma parte de dicho colectivo. Es iluso pensar que una sociedad cimentada en principios de individualismo y egoísmo colectivo, tendrá una reserva cultural lo suficientemente importante para resistir los embates de las bondades que ofrece el dinero fácil o la cultura de la trampa en un país como México.

Es urgente pensar en reconstruir una sociedad cuyo tejido social se ha pulverizado por los factores ya descritos, entre más tiempo pase para llevar a cabo esta tarea, más será el tiempo que habremos de sufrir de fenómenos como la delincuencia y sus múltiples derivaciones.

 

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