Cacería de Mexicanos: un Problema Cultural

Las Revueltas de Silvestre

Por Silvestre Villegas Revueltas

El cineasta José Cuarón, de la mano con el actor Gael García Bernal, filmaron en 2015 la película “Desierto” cuyo argumento es una cotidiana realidad: un “pollero” abandona a un grupo de mexicanos del otro lado de la frontera, éstos van a ser cazados por un “vigilante” anglo que armado de un potente rifle con mira telescópica los va matando hasta que solamente quedan vivos una muchacha mexicana, Gael y Sam el tirador. Gael logra arrinconar a Sam, está a punto de matarlo, pero en el último momento de la película le perdona la vida. Craso error, dirían los mexicano-americanos desde los tiempos de Juan Nepomuceno Cortina (1850s), porque Sam u otro anglo, ayer como hoy y sin miramiento, lo hubiera asesinado porque desde los tiempos de Samuel Houston en la óptica supremacista blanca se ha repetido: hay que aplastar a los mexicanos como si fueran termitas.

Lo último nos lleva a la esencia del ser estadounidense. A lo largo de su Historia, desde el siglo XVII con los migrantes puritanos a tierras norteamericanas hasta el mundo de la globalización contemporánea, los estadounidenses siempre han fabricado y por lo tanto tenido un enemigo enfrente. Comenzaron con los indios para luego derrotar a los mexicanos y terminar el siglo XIX afianzando un imperio con la debacle española de 1898. En el pasado siglo XX tres han sido los enemigos de los Estados Unidos a saber, la Alemania de las dos guerras mundiales, el comunismo que lo mismo se afianzaba en la URSS que en Vietnam o Cuba, y el islam radical/terrorismo a partir de la revolución de los ayatolas en Irán hasta la actualidad con el Estado Islámico en Irak, Siria, Afganistán: monstruos los últimos, tipo Frankenstein, que las propias agencias estadounidenses como la CIA se encargaron de financiar, crear y luego combatir a su desagradable criatura. Bajo el anterior marco histórico se agrega una realidad cultural, esto es, desde el siglo XVIII (1776) hasta la actualidad, los Estados Unidos han producido una nación que en sus leyes y sistema judicial, en su libertinaje religioso y en la construcción de una serie de valores educativos, estéticos, políticos, de economía y comercio que se ha materializado en un rampante consumismo, todo ello, en conjunción a otros asuntos no mencionados, han producido un imperio que en su ideario y suma de elementos materiales, es para su ciudadanía (“pueblo” diría su constitución)  parangón de orgullo, filiación cuasi congénita y ejemplo a ser implantando en el resto de un infortunado mundo.

El americanismo o credo estadounidense es una especie de decálogo que resume la esencia de lo que es América y de lo que los ciudadanos deben creer y defender. El académico harvardiano Samuel P. Hungtinton lo resumió muy bien en su libro “¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad estadounidense” (Segunda parte, números 3, 4, 5, y 6). Con las décadas dicho credo fue tomando cuerpo y a partir de los años de 1830 en adelante fue inculcado a los migrantes que, primero llegaron de Europa, especialmente alemanes, italianos, irlandeses, polacos. Luego y en una segunda etapa, hacia finales de dicha centuria y a lo largo del siglo XX, la migración fue transformándose de “pueblos occidentales” a la de pueblos periféricos, mestizos, subdesarrollados y de “difícil asimilación a la sociedad y valores estadounidenses”. Aquí entran los mexicanos, desde tiempos del porfiriato hasta la actualidad. Para Hungtinton y sus antecesores ideológicos, para el presidente Donald Trump, para los afiliados a la National Rifle Association y para el señor Patrick Crusius como para muchos otros individuos, los migrantes mexicanos y la migración hispana representan el mayor peligro para los Estados Unidos, por encima de los talibanes y de la industria China, porque somos muchos individuos, inasimilables porque de inicio y en su percepción -quizá un tanto real- no hablamos ni queremos hablar inglés. Porque a diferencia de los afroamericanos y los judíos provenientes de la Europa oriental decimonónica, la mexicana es una cultura viva y en expansión.

La crítica a los anteriores argumentos hungtintonianos y de la derecha extrema estadounidense es que los migrantes mexicanos sí se asimilan, a partir de la segunda generación; es obvio que un americano de origen mexicano de Santa Ana, California es distinto al descendiente de Essex, Gran Bretaña y que vive en Concord, Massachusetts. Más preocupante para los analistas mexicanos: en este otrora país de Tlaloc, ahora de Google, la sociedad mexicana, especialmente a partir de los estratos medios para arriba está horrorosamente apochada. Ello se puede apreciar en el lenguaje cotidiano lleno de barbarismos ingleses: “lofts, back to school, summer sales, CEOs, commodities” y un larguísimo etcétera. A lo anterior se suman los productos que consumimos como películas, series de televisión, marcas de vestido, calzado, modelos educativos y estrategias administrativas entre muchos otros temas. Lo último es resultado de nuestra vecindad con la potencia occidental, es resultado de las formas como se manejan los productos y tendencias en el mundo globalizado, y es resultado de nuestro perenne amor/odio con todo lo estadounidense. Pero ello no lo saben, ni pueden verlo los supremacistas blancos en los Estados Unidos, porque en su odio a todo lo mexicano y parcialidad de miras no ven más allá de lo que quieren ver, de lo que quieren leer y de lo que quieren escuchar: algo muy parecido a los amlo-lovers y amlo-haters (doble sic) en las redes sociales aquí en México.

Llegados a este punto conviene cerrar con el siguiente problema: ¿qué razones obran para que millones de mexicanos continúen migrando a los Estados Unidos? Desde 1900, en pleno porfiriato, un oficial de migración en Brownsville, Texas escribió en su diario: “yo no sé, por qué los mexicanos migran a los Estados Unidos sabiendo que se les trata muy mal”. La respuesta en aquella fecha del cambio de siglo, particularmente durante la Revolución Mexicana, a lo largo del siglo XX y en concreto en los años de 1990 hasta 2008 aproximadamente, es que durante todo ese tiempo los diversos gobiernos mexicanos no pudieron brindar a la ciudadanía mexicana los elementos de prosperidad económica suficiente para que no se vieran obligados a migar a los Estados Unidos; en los últimos 14 años se ha agregado el tema de la inseguridad, y el reino en muchas zonas geográficas de la república mexicana del crimen organizado que asesina y secuestra a muchos mexicanos. La migración ha sido para ricos y pobres la solución; lo anterior sin apuntar que en el mundo contemporáneo los flujos migratorios son una realidad mundial, pero ello es tema de otro artículo.

 

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