Un año de la Elección en que Ganó AMLO: Claroscuros del Poder

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

Ha pasado poco más de un año desde que MORENA llego a la titularidad del poder ejecutivo en México, y conviene hacer un corte de caja para analizar con detenimiento, ¿quién es el presidente que gobierna a los mexicanos y cuáles son sus motivaciones políticas? ¿Cuál es su proyecto de nación?

Las pasiones encontradas que inspira el presidente Andrés Manuel López Obrador contaminan los sentidos y envenenan las apreciaciones de primera mano. En efecto, es un hombre al que resulta más fácil, amar u odiar, que comprender y analizar a través de sus actos. Es fácil entender que haya sectores afectados en sus intereses y privilegios, por los cambios que propone la 4T: empresarios molestos por el fin de prebendas y licitaciones a modo, en donde históricamente se llevaban una gran tajada de las ganancias sin establecer una competencia leal, medios de comunicación y columnistas que nunca le perdonarán haber sido desterrados de las arcas del presupuesto federal, por el simple hecho de hablar bien del presidente en turno, intelectuales y sus proyectos que habían convertido en modus vivendi el subsidio oficial, aunque sus proyectos o acciones educativas y científicas para nada cumplieran con altos estándares de calidad para ser publicadas o comercializadas a nivel nacional y mucho menos en el extranjero; rivales políticos arrasados por la ola morenista que no tuvo compasión de sus adversarios y los dejo sin sus tradicionales nichos de poder. Ninguno de estos sectores, dejará de descalificarlo existan o no argumentos, y seguirán deseando el fracaso de su proyecto. Ese es un tema claramente identificado.

Pero hay muchos otros mexicanos molestos “de buena fe”, (personas que no tienen tras de sí intereses políticos o financieros), por lo que consideran errores, defectos o arbitrariedades del presidente; personas, incluso, que habrían votado por él. “Es arrebatado y rijoso”, “desdeña las instituciones democráticas”, “desprecia a la sociedad civil y eso en ocasiones no es bien visto por algunos sectores de la sociedad nacional”, enuncian en sus postulados.

Pero lo que hasta ahora  ha quedado más claro, es que muchos mexicanos han cometido un error al creer que López Obrador era un portador de los ideales de la izquierda moderna que abraza los temas: ecológicos, el feminismo, los derechos humanos de segunda generación, la diversidad sexual, la aplicación de la eutanasia, etc. Y no es que esté en contra de ellos, pero su obsesión política e ideológica, son la pobreza y la desigualdad en la que vive la mitad de la población. Esos son los derechos humanos que le importan, esa es su prioridad hasta ahora y la marca de su estilo personal de gobernar.

En el fondo se trata de dos cosmovisiones encontradas. Los sectores urbanos de clase media y alta, sean progresistas o conservadores, son producto de su circunstancia, una muy distinta a la de AMLO.

López Obrador proviene del México profundo y olvidado, aquel en el cual, la mayor parte de las preocupaciones de estos sectores modernos resultan una exquisitez o francamente un privilegio. Cuando el estudiante que se ha preparado durante años para irse a estudiar al extranjero se topa con recortes en las becas para investigación científica o desarrollo tecnológico argumenta, con razón, el crimen que representa para un país dejar de capacitar a sus cuadros con calidad competitiva a nivel internacional y los grandes rezagos económicos que traerá consigo este fenómeno.  Al respecto, la respuesta de AMLO es igualmente irrefutable: no es posible sostener tantos becarios internacionales cuando escuelas en la sierra tarahumara tiene un solo profesor para los seis grados de primaria.

México tiene prioridades fundamentales que atender, de carácter histórico, que son impostergables, el problema es que no todos los mexicanos conocen dichas prioridades, y peor aún, no les importan o se sienten identificados con este esfuerzo por unir a una nación, que siempre ha estado confrontada socialmente.

En México está claro que, siempre han existido dos visiones válidas, pero que al combinarlas se convierten en agua y aceite. López Obrador desconoce realidades de los pisos superiores del edificio social, pero nadie como él conoce los pisos inferiores. Ningún otro miembro de la clase política ha vivido, como él, recorriendo todos los municipios del país y visitando cuanta ranchería existe a lo largo y ancho de México. Ciertamente algunas de sus apreciaciones resultan rústicas ante los ojos de los mexicanos modernos: “carece de roce internacional”, “está encerrado en sus lecturas del siglo XIX y en los mitos de sus héroes”, y “maneja una decena de pulsiones que repite sin cesar”.

Es importante darse cuenta, que mientras el mundo urbano de los de arriba cada vez se sentía más cerca de Suecia o España, por las formas democráticas conquistadas, el territorio mexicano se perdía con una sorprendente facilidad ante el crimen organizado. Es decir, el Estado se convertía en botín de políticos y empresarios depredadores y se abandonaba el resto del territorio a la inseguridad y la pobreza.

A ojos del titular del ejecutivo, la corrupción y la desigualdad entre sectores y regiones nunca había sido mayor que ahora; tal entramado de instituciones sirvió de nada o fueron cómplices pasivos de ese inexplicable deterioro de los sectores desprotegidos. En todo caso, la llamada sociedad civil no es su sociedad civil, pues en ella están sobrerrepresentados los sectores beneficiados por una modernidad que, en los hechos, ignoró al México subterráneo donde habita la mayoría de los habitantes de este país. De ahí el supuesto desprecio que sienten (las organizaciones civiles), se les hace a sus formas de organización colectiva.

¿Son irreconciliables estas dos visiones encontradas? Sí, pero eso no descarta la posibilidad de construir mínimos de convivencia para alcanzar algunas metas comunes, una de las cuales consiste en no destrozar a México. Impedir una guerra civil.

¿Se puede gobernar de esta manera, en un país cuyas desigualdades históricas, son más apremiantes que la coyuntura actual?

Por supuesto que sí. En la voluntad política de los políticos, hay mucho material para responder a esta interrogante.

Por su parte, a los que cuestionan su visión, sus métodos o sus actitudes o se avergüenzan de su provincialismo, les convendría asumir que el paquete viene completo y habría que estar conscientes de que quizá, les salió barato y no perdieron la mayor parte de lo que, varios hicieron, a través del delito y la cultura de la trampa.

Es fundamental entender y no solo comentar, que hay un México rezagado, profundamente ofendido y potencialmente violento que votó por López Orador, tras muchos años de abandono. Por lo tanto, es lógico suponer que, en este presidente, han puesto sus esperanzas de justicia social y reivindicación de sus causas.

No, López Obrador no va a destruir el país; seguramente terminará su sexenio con un balance de aciertos y desaciertos como lo han hecho todos sus predecesores, aunque esta vez, el impulso pendular será en dirección opuesta y a favor de los pobres y eso ha quedado claro con la reorientación del presupuesto federal. La verdadera amenaza para México, es que esta polarización, carcoma y termine por estropear todas las bases mínimas de convivencia social entre los mexicanos.

¿Podrá haber un avance en lo que resta del sexenio en este sentido e impedir este fenómeno?

Sera muy interesante conocer el desenlace de este paradigma.

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