Dilemas por Resolver en la Relación México-EU, Ante un Vecino que no te Respeta

Artículo Invitado

*¿Qué Hacer y Como Enfrentar una Posible Guerra Comercial?

Por Luis Miguel Martínez Anzures

En semanas anteriores las tensiones entre Estados Unidos y México han vuelto a recrudecerse, con base en una medida que el presidente Donald Trump ha impuesto sobre la totalidad de los productos fabricados en territorio mexicano: la implantación de un 5% de aranceles sobre dichos productos.

La razón para llevar a cabo, esta política proteccionista es sencilla: México no ha parado los flujos migratorios provenientes del centro y sur del continente que según Trump son los causantes de la droga y la inseguridad que amenazan su país. En otras palabras, para el mandatario estadounidense, el culpable de todos los males en Estados Unidos (incluyendo el económico), principalmente ha sido y sigue siendo México.

Ahora bien, ¿Cómo ha respondido o deben responder las autoridades mexicanas ante este contexto adverso?

En boca de muchos analistas y comentócratas irresponsables, la mejor respuesta seria envolverse en la bandera nacional y emitir discursos y acciones de igual o mayor magnitud hacia el vecino del norte. Una desafortunada y poco audaz solución a dicho conflicto.

Para empezar, no vendría mal un baño de realidad antes de exigirle a López Obrador que se envuelva en la bandera y mandé a Donald Trump, a donde medio planeta quisiera enviarlo. Para desgracia de tales propósitos eso equivale a cerrar los ojos mientras se conduce. Así de riesgoso e irresponsable.

Tal es la situación en la que México se encuentra ante la amenaza de la Casa Blanca de imponer tarifas a todos los productos procedentes de este país. Al respecto muchos analistas  trataran de consolarse comprando el argumento, de que el más perjudicado por este gravamen, sería el consumidor estadounidense, porque tendría que pagar más por los aguacates y los autos que cruzan la frontera; pero dicho argumento es verdadero, parcialmente hablando, porque  a la postre serán los mexicanos los que asumirán la factura.

Me permito profundizar más en el tema.

Primero,  porque México perderá mercado a medida que otros países comiencen a sustituir su papel en la economía hacia Estados Unidos y Latinoamérica, con precios más competitivos. Particularmente si Trump desencadena su peor escenario y eleva las tarifas hasta el 25 por ciento en octubre de este año, como ya lo ha referido.

Segundo, porque las inversiones que están en proceso y las que podrían venir desde el exterior para fortalecer la planta productiva mexicana de cara a la exportación, se paralizarían de inmediato; eventualmente, incluso, algunas empresas ya instaladas podrían retirarse (cosa que ha presumido el propio Ejecutivo Federal).

Y tercero, porque en el momento en que se desate una guerra de tarifas comerciales y represalias entre los dos gobiernos (aunque ha sido descartado ya por el presidente López Obrador), el mundo financiero no tendrá dudas sobre el vencedor de la contienda y con quien alinearse. Basta ver el efecto sobre el peso que provocó el tuit de Trump, no es el dólar el que sufre, sino la moneda mexicana, la que se doblega ante los peores embates de esta relación desigual.

Esos que critican a AMLO por su supuesta tibieza ante el constante asedio de Trump, son los primeros que resguardan su patrimonio en dólares en estos momentos. En suma, la depreciación del peso, la salida de capitales, la calificación adversa de la salud financiera del Gobierno y de las empresas nacionales, provocarían terribles efectos multiplicadores sobre la vulnerable estabilidad microeconómica nacional. Serían los nuevos jinetes del apocalipsis para el país. Los mexicanos lo pagarían con más desempleo y recesión.

Ante este escenario, el Presidente podría desafiar al ofensor y encerrarse después en Palacio Nacional, pero sufrirían muchas familias, pequeños empresarios  y grandes regiones completas del territorio nacional. El mercado interno quedaría devastado.

México tiene que entender que el TLC y un modelo entregado a la apertura comercial basado en la integración con las redes productivas de Estados Unidos, fueron procesos que tuvieron efectos importantes en la modernización, pero que a su vez,  terminaron por aumentar la dependencia con la economía norteamericana. Hoy el país es rehén de su extrema vulnerabilidad.

En su lógica narcisista, xenófoba, racista, abusiva y fascista, Trump tiene muy claros sus objetivos: “¿quieres ponerte humanitario con los inmigrantes centroamericanos? Perfecto, quédatelos en tu país, a  mí, no me los mandes. Y si persistes en mandármelos te castigo económicamente, que es, en donde dependes más de mi”

Esta situación hay que comprenderla muy bien. No se trata de una guerra para demostrar quién es más hombre, como han querido plantearlo  las redes sociales y los adversarios de AMLO. No es la dignidad del Presidente la que está en juego, sino su responsabilidad con el resto de los mexicanos. Es la integridad y la capacidad de un verdadero estadista la que está en juego.

La situación de adversidad a la que se enfrenta López Obrador, es equivalente a la que tendría un padre que es asaltado en carretera con sus hijos en el auto. Ni la razón, ni el honor, ni la ética asisten a los asaltantes, pero son ellos los que tienen la pistola y apuntan a la familia. Por lo tanto, la reacción más inteligente del padre de familia, no pasa por responder a los insultos, sino por aquella que permita sacar a los que dependen directamente de su figura, de esa coyuntura lo más rápido posible.

La pregunta que cualquiera se haría en esa situación es clara: ¿cómo apaciguar a los agresores sin perder la dignidad o entregar algo que podría causar un daño irreversible a la familia?

Esa es justamente la consigna que lleva Marcelo Ebrard a Washington. Y Trump no va a ceder, pues asume que tiene todas las cartas a su favor y sabe del poco margen de maniobra que México tiene, para salir bien librado de esta situación. La única manera en que aceptaría olvidarse de su represalia, es haciéndole pensar que su amenaza ha tenido éxito. Que puede tener todo lo que él desea.

Por esta razón, la estrategia del Gobierno mexicano tendría que estar enfocada en dos caminos: primero un cabildeo que aumente la inconformidad de actores poderosos que se oponen a la medida al interior del país norteamericano y segundo ofrecerle a Trump un recurso que le permita una salida victoriosa, al menos a los ojos de sus potenciales votantes (que es para quienes está emitiendo sus mensajes de campaña). Es decir, que México ha comenzado a hacer algo más para evitar los flujos crecientes de centroamericanos que llegan a Estados Unidos.

Se trata de hacerle ver a los secuaces del matón que un crimen grave pone en riesgo a todos y nadie saldría ganando de manera impune, pero;  por otro lado, ofrecer algo al líder para convencerle que ha ganado y retire su amenaza con la plena convicción, de que no tendrá ninguna represalia en su contra, es un acuerdo mucho mejor en el corto y largo plazo.

La carta de López Obrador y las acciones de Marcelo Ebrard van en ese sentido, una aproximación cuidadosa que mantiene la puerta abierta para un acuerdo negociado y, a la vez, dejar en claro que, en el peor de los casos, el país esta dispuesto a pelear hasta las últimas consecuencias, mostrando dignidad para llevarlo a cabo.

Por último, cabe destacar que en momentos como este, es una terrible mezquindad  y un acto ruin y perfectamente condenable, el canibalismo de los que intentan sacar ventaja facciosa golpeando al Gobierno en turno, durante esta negociación, en última instancia es a otros mexicanos a los que están golpeando en el mismo barco, en donde ellos también están viajando.

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