La 4T y el Expertise ¿Por qué Existe un Desprecio del Conocimiento Especializado?

Artículo Invitado

Por Luis Miguel Martínez Anzures

Desde hace algunos días el tema del expertise (aquel término en inglés para describir el conocimiento y la experiencia) en la prensa, ha dado mucho de qué hablar. Al respecto existen muchas posturas a favor y en contra. Varios son los casos que se han puesto de ejemplo para analizar con detenimiento la utilidad de este tipo de conocimientos, que los nuevos servidores públicos deben demostrar en las decisiones de gobierno.

En el caso nacional, por desgracia ha quedado claro, que a este gobierno le urge mejorar mucho respecto a su formación académica y en especial, sobre los criterios de selección de sus funcionarios de alto nivel.

Para ejemplificar mejor, podemos citar que en su afán por sacar adelante la Guardia Nacional, el Presidente López Obrador no ha demostrado estar dispuesto a escuchar a nadie. Eso quizás ya se sabía, pero confrontar a los expertos con el pueblo es algo que no había sucedido. Aquí si existe un grave error y debe señalarse de manera enfática.

Los senadores, dijo, deberían de escuchar al pueblo y no a los expertos, pues los primeros son representantes del mismo, mientras que los segundos dejó entrever desde su perspectiva, no. Esto por supuesto es un juego de palabras que busca anteponer juicios de valor, antes que resultados medibles y cuantificables basados en un conocimiento científico.

Me permito explicar.

La falsa dicotomía, entre los expertos y el pueblo, puede llevar a malas decisiones, no sólo en materia de seguridad, sino en todas aquellas áreas en donde la sabiduría popular no suple al conocimiento técnico.

Despreciar el conocimiento especializado y a las personas que lo dominen, es una ruta de alto riesgo para el país, un camino cuesta arriba innecesario. Pese a ello, parece ser un patrón en ciertas áreas del Gobierno Federal, lo que ha quedado demostrado a través de la desastrosa presentación del director de finanzas de Pemex, Alberto Velázquez García, en Nueva York, que tuvo de inmediato un costo negativo en las calificaciones de la deuda;  de igual forma, en los pésimos candidatos que mandó el Ejecutivo federal, en la terna para la Comisión Reguladora de Energía, uno de ellos exhibido de manera grotesca por la legisladora Xóchitl Gálvez en las comisiones del Senado; asimismo, en los escándalos en Conacyt, no uno sino tres, por la elección de perfiles bajísimos para hacerse cargo de puestos especializados y los que habrán de abonarse a esta lista.

Todos estos casos demuestran que al Presidente no le gusta la oposición a sus ideas, menos aún en los temas que para él son de carácter ideológico, como: la autosuficiencia alimentaria, las empresas energéticas o los asuntos que conllevan control político, llámese la seguridad o los programas sociales. En casos como estos, prefiere tener colaboradores obedientes, ejecutores puntuales de sus ideas y deseos, y no así personal calificado que cuestione o ponga en duda su voluntad y enriquezca la calidad de su gobierno.

Este, por supuesto, es un grave equívoco y le costara tarde o temprano bonos en su popularidad y peor aún, en su aceptación en segmentos poblacionales no necesariamente afines a sus bases partidistas.

La calidad de un gobierno se mide en torno a sus resultados y no solamente a sus buenos discursos o sus símbolos mediáticos. Una buena narrativa debe sostenerse siempre a través de medidas bien pensadas y estructuradas, a partir de la demostración de conocimientos técnicos, con base en un conjunto de procedimientos y no solo en ocurrencias coyunturales.

Son los servidores públicos, capaces y comprometidos con el país, la mejor carta de presentación de cualquier gobierno.

No mal interprete.

La sabiduría popular, (a la que el Presidente apela y manipula con singular alegría), no está peleada con el conocimiento técnico, sino es complementaria. Lo único que debe definirse con exactitud, es que son saberes distintos que sirven para cosas diferentes.

En este sentido, sería un error poner a un experto en aeronáutica a decidir el momento de la siembra de una parcela; ya que, por más que busque en internet y se lea cuatro libros, nunca tendrá la capacidad del campesino de analizar la naturaleza (años de experiencia y experimentación lo avalan).

De igual forma, lo mismo sucederá con una modista, quién no tendrá jamás, las competencias para decidir sobre la política de alimentos transgénicos en un importante organismo público de investigación científica como el Conacyt, o el pueblo (con toda la heterogeneidad que representa), sobre las implicaciones de la guardia militarizada, salvo claro, los que han sido víctimas de abusos por parte de los militares.

Hablar del expertise en las sociedades actuales, por lo tanto, parece haber quedado relegado a los más bajos estándares de aceptación popular en términos de rentabilidad electoral (así lo demuestran los discursos de AMLO y Trump en sus respectivas campañas).

Sin embargo, esto no significa que la utilidad de muchos expertos en temas cruciales para el desarrollo y la seguridad nacional no sea necesaria. Todo lo contrario, vivimos momentos de una necesidad sin precedentes por este tipo de personajes que, sin su permanente asesoría en temas cruciales para el desarrollo económico del país, podría ser catastrófico para el bienestar de México.

No es momento de tener la piel delgada por las críticas ante tal o cual nombramiento, la crítica bien fundada siempre será constructiva y progresista, sobre todo si viene de la misma opinión pública, que tanto se defiende en aras de una verdadera democracia participativa.

Es momento de corregir.

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