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Los Motivos del Perdedor

*Las Reformas no Fructificaron en el Sexenio

*Están Reprobados en Comunicación Política

*De la Fidelidad y Protección a sus Amigos

*Demasiados Mexiquenses en los Cargos

*Sólo Resta Concluir el Mandato con Decoro

Ahora que las elecciones trascurrieron y que los analistas estudian las razones que desencadenaron el triunfo del ganador, vale la pena detenerse en analizar los motivos por los cuales el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tuvo semejante debacle. Sobre todo, porque el Presidente Enrique Peña Nieto realizó profundas transformaciones en la vida nacional con las reformas estructurales.

 

Durante el siglo XX tuvimos cinco presidentes con ideas de innovadoras en materia de Administración Pública que impactaron con profundas reformas y señalaron nuevos rumbos en la vida nacional. Plutarco Elías Calles fue creador de instituciones, Miguel Alemán dio orden jurídico a la Administración Pública, Adolfo López Mateos perfiló la planeación gubernamental, José López Portillo impulsó las reformas política y administrativa y siguen dando frutos, Carlos Salinas de Gortari decidió la apertura económica y la inserción institucional de México en la globalización. Durante el siglo XXI, los gobernantes panistas continuaron el camino del salinismo. El Presidente Peña Nieto también ha mantenido el camino de desarrollo neoliberal y aún más, es tal vez, el mandatario que con mayor tino político convocó a un pacto por México y que profundizó en cambios estructurales que apenas inician sus rendimientos.

No obstante, Enrique Peña es un presidente con muy bajas calificaciones, poco estimado por la sociedad, reprobado en comunicación política y lejano en su estilo personal de gobernar. La contradicción es muy interesante. ¿Cómo es posible que el presidente que más reformas impulsó sea castigado en la reciente elección? Las respuestas son múltiples y la historia tardará en emitir su veredicto. Pero algo queda claro, Peña Nieto fue castigado paradójicamente, en primer lugar, por las reformas que emprendió porque no fructificaron en su sexenio. De suerte tal que la desilusión social es marcada. En segundo lugar, tuvo un equipo de comunicadores ineficiente e ineficaz que no logró anular los ataques que recibió y mucho menos fue capaz de transmitir la orientación y profundidad de las reformas emprendidas. En tercer lugar, destaca su admirable fidelidad a los amigos. Lo cual es plausible en cualquier otro ambiente, menos en el cargo que ocupa, pues, él mismo lo dijo, un presidente no puede tener amigos, ya que los intereses nacionales son superiores a los personales, pero a Peña se le olvidó ese principio, defiende a sus amistades y los protege sin importarle el comportamiento ético de su desempeño en el servicio público. En cuarto lugar, su administración estuvo caracterizada por el excesivo nombramiento de mexiquenses que estuvieron, en algunos casos, a la altura de las circunstancias, pero en otros, dejaron mucho que desear y la ineficacia de los segundos estuvo protegida debido al origen de su nacimiento. En quinto lugar, el voto de castigo que recibió Peña Nieto estuvo en que la sociedad no olvidó el asunto de la “Casa Blanca” y las explicaciones vertidas al respecto. El sexto motivo, lo encontramos en la designación de señor Enrique Ochoa Reza a la presidencia del PRI, quien tuvo la difícil labor de cambiar los estatutos de su instituto político en favor de un candidato sin militancia en dicho partido político. Por supuesto que existen muchos más motivos que los seis motivos aquí enunciados. Lo que resta de la gestión de Enrique Peña Nieto es concluir con decoro lo iniciado, cimentar con calidad lo que deba continuarse, apuntalar lo que haya que hacer para que no se reinvente nuestro país cada seis años y, por supuesto, facilitar una transición político, económica y administrativa de manera tersa.

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