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Y Después de los Terremotos de 1985 y 2017…

La naturaleza no tiene piedad por nada ni por nadie. No somos los seres humanos lo más importante, sólo una migaja en todo este universo. Esto ha quedado claro en las últimas semanas y horas.  El problema de esta modernidad en términos de Zygmunt Bauman somos los hombres que nos sentimos dueños del poder y de la gloria por tener plata o una posición privilegiada.

 

¡Falsa ilusión! Nada alcanza cuando la furia de un terremoto nos sacude, cuando el suelo se mueve de un lado para otro, cuando golpea como apisonando la tierra hasta derrumbar edificios altos, pequeños y se destroza en segundos y de un plumazo todo el orgullo que nos cabe adentro. Una cruel demostración del poder de la naturaleza y su devastación.

El aprendizaje jamás llega desprovisto de dolor.  ¿Por qué aprender siempre tiene un costo, en esta vida? Y cuando la naturaleza nos hace añicos y la soberbia y el miedo nos atenazan, es cuando nos sentimos como seres inofensivos que pedimos piedad al universo.

Resultan impresionantes las consecuencias del terremoto del 19 de septiembre pasado, 32 años después de la devastación que dejó el que golpeó la ciudad de México en 1985, nada comparable en dimensión con lo ocurrido el martes pasado. Y, sin embargo, sólo el dolor y la angustia de personas que se desgarran en la búsqueda de sus seres queridos y que hasta ahora no les ha sido posible encontrarlos es un poderoso enlace entre el pasado y el presente.

Sin duda la experiencia de 1985 está sacando a flote a la ciudad de México. Está poniendo a prueba la entereza de sus habitantes. La verdadera identidad del corazón de este país que creíamos ya se había desangrado lo suficiente.

Es el aprendizaje que no se olvida y cuyos recursos afloran justamente cuando un detonador los activa. Es la sobrevivencia.

Cuando nos ocurre una tragedia, el primer paso hacia la recuperación es aceptarla. Si la negamos, el dolor prevalece. El proceso, sin embargo, no quiere decir que será rápido. Ni se da por decreto, por decisión. Es toda una travesía. De ahí surge el aprendizaje, quizá un nuevo ser humano, más sensible ante el dolor de los otros. Una nueva especie capaz de entender y mimetizarse con el puesto y sus necesidades de mejor forma. De ser más humano.

El espíritu de ayuda de miles que se volcaron al rescate de cuerpos y de personas con vida es lo más significativo en estas horas dolorosas. Justo en el momento, en el que las noticias malas llegaban a borbotones en esta nación, casos de corrupción a diario, de violencia desmedida, de feminicidios en aumento, de un acontecer social y económico lacerante que mutila a los ciudadanos de a pie, llego una devastación casi apocalíptica.

Y, sin embargo, la gente está emergiendo de la adversidad para unirse. Hoy más que nunca México está más fuerte que nunca. Y es por su gente, por la calidad de las personas que habitan este país. Por sus sentimientos, por su raza.

Hoy, el apocalipsis ha dejado de ser una referencia bíblica. Se ha convertido en una posibilidad real. Nunca antes en el acontecer humano se nos había colocado tan al límite, entre la catástrofe y la supervivencia.

Schopenhauer en Los Dolores del mundo decía:

“La vida es un mar lleno de escollos y remolinos que el hombre no evita sino a fuerza de prudencia y cuidados, aun cuando sepa que si logra escapar de ellos por su habilidad y esfuerzo no podrá, sin embargo, a medida que avance, retrasar el grande, total, inevitable, incurable naufragio. Aquí reside el supremo adjetivo de esa navegación laboriosa, para él infinitamente peor que todos los escollos de que pudiera escapar”.

Y entonces reflexiono y pienso que, si este país trabajara como se ha visto a la gente en las tareas de rescate de cuerpos y vidas, México sería otro país. No hay duda de ello. La fuerza de su gente es el verdadero poder, el que transforma, el que ayuda, el que duele y sufre con los que fueron arrollados por la desgracia. La fuerza de esta nación son los mexicanos y la fuerza de sus acciones es el motor de transformación para que las cosas vayan mejor.

Otro golpe se le ha asestado a la ciudad de México –así como a Puebla, Chiapas, Morelos y Oaxaca– con los terremotos de septiembre. Es volver a empezar, una y otra vez. Pero que importa, si es para transformar y derruir lo que ya no servía.  La vida es una pérdida constante y también un aprendizaje que jamás se detiene.

Ahí está el coraje de la gente, el amor, la solidaridad.

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