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México, País de Agresores

Mara Castilla nació en Veracruz, en el sureste de México, pero hace 18 meses se mudó para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), una carrera que no se imparte en su estado.

 

Cursaba el tercer semestre de la carrera y vivía con su hermana mayor Karen en la capital poblana.

La madre de ambas, Gabriela Miranda, comentó, que era: “muy alegre, con muchos amigos”, aunque con las personas desconocidas solía mostrarse reservada. Era una joven precavida.

Era “una niña con muchas ilusiones de vivir, con tantos proyectos de vida, sin enemigos", contaba a medios locales.

Le gustaban las fiestas, y con su círculo de amigos, solía visitar restaurantes y bares los fines de semana.

Fue precisamente, después de una de esas reuniones que desapareció.

El pasado 8 de septiembre salió de un bar en Cholula, municipio conurbado a la capital de Puebla con sus amigos, pero fueron detenidos en un puesto policial para controlar el nivel de alcohol de los conductores.

De acuerdo a la narración oficial.

Eran minutos después 5 de la madrugada, cuando Mara decidió continuar el camino a casa y pidió un taxi del servicio Cabify.

El auto llegó minutos después y la chica avisó a su hermana que estaba en camino a casa. A partir de ese momento se perdió la pista de la estudiante.

De acuerdo a declaraciones cuando Karen (su hermana mayor) despertó, se dio cuenta que la chica no había llegado. Llamó al chofer de Cabify, y este, le dijo que la había dejado metros antes de su casa.

La conversación le pareció sospechosa por lo que, decidió denunciar la desaparición de su hermana ante las autoridades.

Pronto el caso se expandió en las redes sociales, tomó una fuerza mediática inesperada, especialmente en Twitter donde se repitieron cientos de mensajes con la alerta sobre su desaparición.

Ante estos hechos, la Procuraduría General de Justicia del Estado de Puebla (PGJEP) interrogó al chofer de Cabify, identificado como Ricardo Alexis Díaz. Después se revisaron los videos de cámaras de seguridad y el conductor fue detenido.

Una semana más tarde el cuerpo de Mara fue localizado en una cañada sin vida y con evidentes rastros de abuso sexual.

El de Mara es el penúltimo feminicidio en México, recordaron muchos asistentes en las protestas del domingo antepasado. Cada 24 horas oficialmente se conoce de al menos siete asesinatos de mujeres por razón de género. Un dato que nos da una idea clara de la alarmante situación de violencia de género que tenemos en este país.

En contraste, organizaciones civiles, afirman que en realidad hay más casos, pero las fiscalías estatales los clasifican como homicidios, sin el cargo agravante que implica un feminicidio. Alinear números se ha vuelto una nueva forma de barrer la basura debajo de la alfombra.

En las manifestaciones de ciudades como: México, Puebla, Guadalajara o Cancún, y también en las redes sociales, se recordaron decenas de estos casos.

México es tierra de feminicidios. Ocupa uno de los primeros lugares en asesinatos de mujeres con componente de género. El conteo no tiene fin, aumenta, se incrementa. Las estadísticas hablan de incrementos en 680% en algunos estados como Nuevo León, Veracruz, Estado de México, Ciudad de México, Chihuahua y Puebla. En 15 años, del 2000 al 2015 ocurrieron 28.710 feminicidios, es decir, cinco asesinatos diarios. Una cifra que ha rebasado los límites de nuestra imaginación, pero que con prontitud parece haberse estacionado en la cotidianidad de la vida nacional. El año pasado hubo 1.985 feminicidios.

El feminicidio de Mara Castilla nos demuestra la normalización de la violencia, como medio para resolver diferencias entre hombres y mujeres, cada vez más, con signos de violencia desmedida de parte del varón hacia la mujer.

Mara desapareció luego de tomar un taxi Cabify y la empresa no colaboró en su pronta ubicación. Allí se pierde el rastro. El chófer la secuestra, se la lleva a un motel, la viola y la mata. ¿Actúo solo este individuo? ¿Estaba de acuerdo con alguien más? ¿Forma parte de una red de trata entre Tlaxcala y Puebla, estados que, por cierto, tienen antecedentes inmediatos de ser sitios, donde se articula la violencia de género con la vida cotidiana? ¿Qué más nos han ocultado de este terrible feminicidio?

Y Cabify lamenta el “fallecimiento”, no habla de asesinato, no asume su responsabilidad, no ofrece la indemnización correspondiente, no se somete al imperio de la ley.

Lo que todos estos crímenes de odio nos demuestran, es una profunda y terrible descomposición a nivel sociocultural, que tiene el pueblo de México, en relación al trato, que les da a sus mujeres.