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Los Dados de Dios

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Agua de Manantial, no hay Otra Igual

*Imposible Parecerse a Juárez Físicamente

*Benito Medía 1.37 Metros y AMLO 1.73

*JLP no lo Logró con Morelos, ni con Paliacate

*Una Anécdota de los 70’s en la Isla Clarión

Por Nidia Marín

No es cuestión de verse “trés chic”, pero a pocas personas gustó el nuevo “look” que lució en una fotografía el presidente electo: el copete embarrado con limón o vaselina sobre la frente.

Los artífices del nuevo estilo no le atinaron, aunque sí lo lograron en retirarle el gallito de la coronilla. ¿O son las indomables canas? Hay personas, como quien esto escribe, que padece el hecho de que los melanocitos, con la edad, produzcan menos pigmento.

El asunto es que será imposible que quien está a punto de sentarse en la Silla del Águila logre parecerse físicamente a Juárez. Es tarea inviable, inalcanzable. No lo van a conseguir. Otra cosa es que desarrolle políticas que beneficien a la población, como las llevó a cabo el oaxaqueño. AMLO tiene liderazgo para obtenerlas.

¿Y por qué físicamente no se puede? Bueno, aunque ambos son mexicanos, Juárez era descendiente de indígenas zapotecos, mientras que Andrés Manuel tiene como antepasados a españoles. Don Benito medía un metro 37 centímetros de estatura (chiquito, pero picoso) y el tabasqueño un metro 73 centímetros. Su rostro era ovalado y la nariz era grande y aguileña. López Obrador es de cara cuadrada. La única similitud es la barba partida.

Pero no es la primera vez que un mandatario mexicano pretende parecerse a un héroe. Tal vez haya habido muchos que encontraron al suyo, pero uno del siglo pasado, José López Portillo, aspiró a semejarse a don José María Morelos y Pavón e inclusive en diversas ocasiones se colocó el paliacate a la usanza del michoacano, ello independientemente de que en varios discursos utilizara frases de “Los Sentimientos de la Nación”.

López Portillo gustaba de vivir los momentos más gratos con todo y el ropaje ad hoc, así fuera un paliacate parecido al del Siervo de la Nación, o cuando se trataba de ser un simple capitán frente al timón de un navío, con gorra de lana y pipa en los labios.

Así ocurrió en marzo de 1978. Eran los tiempos en los cuales se estrenaba que la Armada de México, por decreto presidencial, ejerciera la vigilancia del Mar Territorial, para lo cual se utilizaban 31 unidades tipo Azteca como buques de vigilancia costera, 38 unidades tipo dragaminas, guardacostas y transportes también para vigilancia pero de Alta Mar en la Zona Económica Exclusiva, que ya eran viejitas.

En esa ocasión, el Jefe del Ejecutivo del país y la “fuente” de reporteros que cubríamos la Presidencia de la República volamos hasta las Islas Socorro donde nos esperaban tres buques. En el primero y frente al timón, sobre las aguas del Pacífico iba López Portillo caracterizado como capitán, en el segundo, los reporteros de prensa escrita y televisión y en el tercero, los fotógrafos y los periodistas de radio.

Nuestro destino era llegar a la Isla Clarión, el territorio mexicano más alejado de la masa continental, ubicada a más de 1,100 kilómetros de Manzanillo, Colima.

Sin tormenta alguna, a veces con mar de espejo y casi siempre acompañados de los delfines en grupos o parejas, así como por peces voladores, llegamos a nuestro destino: una isla de 19.80 kilómetros cuadrados, del grupo de las Revillagigedo, que José López Portillo reafirmaría como territorio mexicano, porque efectivamente estaba en riesgo.

Sí, la isla tenía su historia: durante la Segunda Guerra Mundial fue el lugar de abastecimiento de combustible para la flota de aviones en la Guerra del Pacífico, tal vez del tipo P-51 Mustang, o el P-47 Thunderbolt, el F6F Helicat o el F4U Corsair.  Aterrizaban sobre una pista construida exprofeso.

Pero pasó el tiempo y aquella vieja pista de aterrizaje ya era utilizada por los narcos para sus tropelías, mientras los pesqueros de diversos países atracaban en aquella isla, hacían lo que se les deba la gana y… llevaron la fauna doméstica al lugar, nociva para las especies nativas.

De ahí la importancia de Clarión que para entonces ya estaba vigilada por un destacamento de marinos. Cada tres meses los cambiaban.

Una vez que atracaron las naves, se efectuó la ceremonia de izamiento de la bandera para retomar posesión del bellísimo territorio mexicano. El evento fue solemne, encabezado por José López Portillo quien ya había sobrevolado en helicóptero la pequeña isla.

Caminábamos los reporteros por la playa hacia las lanchas, cuando el Presidente nos detuvo para hablarnos sobre un enorme acantilado a un lado de la isla, cuyas formaciones rocosas eran semejantes a un grupo de frailes capuchinos en hilera, pero al frente estaba ¡José María Morelos!

Acto seguido ordenó al piloto del helicóptero que nos llevara, a Isabel Zamorano y a esta reportera, a recorrer la isla en aquella pequeña nave de dos plazas que iba en la embarcación principal.

Y apareció el acantilado, enorme y esplendoroso. Efectivamente, las rocas parecían una hilera de frailes con capucha y hábito, perooo ¡nunca encontramos a José María Morelos como cabeza del grupo!

Así son las cosas, a López Portillo no le ayudó el paliacate para parecerse a Morelos, a lo mejor alguna política desarrollada en su sexenio sí.

Por cierto, pasados los años, científicos de la UNAM, realizaron un importante rescate de especies nativas, que estaban siendo diezmadas por gatos, perros y ratones.

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