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Las Candidaturas Independientes: ¿Consolidación de la Partidocracia?

Por Luís Miguel Martínez Anzures

Los tiempos de la democracia partidista o representativa, en territorio nacional, parece que han llegando  a su fin.

Atrás están quedando viejas formas de competencia electoral de carácter partidista en donde solamente las organizaciones políticas tradicionales e institucionalizadas podían competir por la obtención espacios en el poder público y en la titularidad del poder ejecutivo.

La pregunta que surge frente a esto es, ¿sería correcto pensar que para las elecciones del 2018, las posibilidades de desarrollo de las candidaturas independientes podrían ser una alternativa viable, para la elección de un nuevo presidente de procedencia ciudadana?

Recordemos que la figura de “candidato independiente” se aprobó en la reforma electoral del año 2012, pero fue hasta 2014 cuando se acordaron las normas que abrieron el camino a los ciudadanos que aspiraban a una candidatura, pero no contaban con el respaldo de un partido político.

Desde entonces se ha presentado un buen número de aspirantes a candidatos independientes entre diputados federales, locales, gobernadores y presidentes municipales. Sin duda 2018 marcará un antes y un después en la cantidad de mexicanos que se presentarán sin el respaldo de un partido político que los represente.

Los resultados de esta fórmula son interesantes para el análisis, pero debemos ser sinceros, resulta un verdadero dolor de cabeza para el electorado nacional, así como para el proceso mismo.

La fragmentación del voto ejercida a través de la simple búsqueda del registro de más de 15 candidatos independientes, es ya una falacia procedimental que debe mejorar en breve el sistema electoral mexicano si quiere gozar de una credibilidad en sus criterios operativos.

No es posible que cualquier ciudadano aspire a un cargo público de representación popular sin pasar ciertos filtros educativos e intelectuales que certifiquen su optimo desempeño para el cargo al que quieren aspirar; además de que cada aspirante tendrá que conseguir antes del 12 de febrero del 2018 más de 866.593 firmas ciudadanas (el 1% del padrón electoral) para poder subir oficialmente a la contienda.

Estos requisitos deben mejorarse y pulirse. No son las firmas solamente lo que debe enmendarse, sino el perfil de los candidatos independientes.

En palabras de expertos como Soledad Loaeza la existencia de 30 candidatos independientes durante la primera etapa del  registro es “una vacilada y una pérdida de tiempo”, porque se trata de una fragmentación que  no conviene a nadie, que muy difícilmente llevará a alguien a Los Pinos y que sólo es una fuerte evidencia de la incompetencia de las instituciones electorales que actualmente nos rigen.

Por otra parte, al ritmo con el que están recabando las firmas que exige la ley electoral vigente, les llevará más de siete meses cumplir el requisito a los aspirantes a convertirse en candidatos presidenciales independientes.

Al parecer la obtención de firmas es un filtro procedimental insalvable para la mayor parte de los ciudadanos interesados en contender por la lucha por el poder presidencial en nuestro país. Y reitero, no es que la democracia participativa sea mala en su esencia, pero vista desde la óptica de la ingeniería electoral no se le puede dar el acceso a la contienda participativa a cualquier ciudadano. La democracia nacional debe aspirar a la selección de los mejores candidatos, de los mejores perfiles para cada cargo de elección o al menos lo mejor dentro de lo existente.

La exigencia de reunir 866,593 firmas acreditadas ante la plataforma electrónica del INE como requisito para ser candidato ciudadano, es en sí misma, una contradicción porque ningún ciudadano sin una estructura organizacional puede conseguir tal hazaña.

Para los participantes significa obtener 8,000 firmas diarias, ininterrumpidamente, en navidades, sábados y domingos incluidos, hasta mediados de febrero. Una tarea titánica y extremadamente demandante. Una exigencia participativa de sus simpatizantes.

Eso, en sí mismo, requiere un trabajo de organización descomunal. No se trata de salir a una plaza comercial y pedir firmas al calce de un pliego, sino un trámite que puede llevar más de 20 minutos por persona y eso si la App digital funciona cabalmente.

Lo importante a destacar es que no se trata de un error de cálculo o un criterio operativo, sino de un candado destinado a salvaguardar los privilegios de las dirigencias partidarias. Recordemos que los consejeros que dirigen el INE han sido designados desde el Congreso, es decir, por los mismos participantes de la contienda electoral.

Por lo tanto, son los partidos políticos los menos interesados en perder el monopolio que ejercen para acceder al poder. Las élites de los partidos no sólo son los dueños de la cancha, también son los árbitros. Son los que deciden quién entra y quién se queda fuera de la cancha y de allí deriva parte de su inmenso poder.

Las reglas del juego electoral son claras. La contienda tendrá en la boleta electoral entre 2 y quizás con suerte 3 candidatos “independientes”, no más. No existen las condiciones para que haya un escenario distinto.

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