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sismo_septiembre_2017

La Heroicidad Cuando Retembló en sus Centros la Tierra

Por Luis Emigdio Contreras

Aunque ahora pareciera lugar común, ahora como hace 32 años, en la misma fecha, más no el mismo día, porque entonces era jueves: este 19 de septiembre literalmente retembló en sus centros la tierra y también vibró con pasión la Solidaridad con mayúscula de cientos de miles de mexicanos para apoyar a los sobrevivientes de edificios, escuelas, universidades, hogares y hospitales, por ejemplo, en donde la necesidad y la angustia se volvió una lucha contra el tiempo y la muerte, a favor de la vida.

Como el caso de la zona devastada del sur poniente de la Ciudad de México, colonias Postal, Álamos, Niños Héroes, Narvarte y Del Valle, en donde el trabajo, junto al estoicismo y, de plano y sin ambages, la heroicidad de esos hermanos que no dudaron en arriesgarlo todo, en aras de salvar a los suyos, a los nuestros.

Así, con las uñas, a mano pelada, algunos picos, palas, cubetas, cucharas de albañil, para documentar su optimismo, unos cincuenta civiles, como usted y yo, ya coordinados por elementos del ejército, trataban desesperadamente de rescatar con vida al menos a una decena de personas que, se presumía, estaban bajo toneladas de escombros del que fue edificio de cuatro plantas en la orilla de la colonia Narvarte y el Eje Central.

Ahí, en lo que es la esquina de Galicia y Niños Héroes, a un costado de la virreinal capilla de Santa María de Nativitas, que hace solo una semana celebraba su fiesta anual, ahí, con todos los esfuerzos sobrehumanos de los presentes, ya se habían rescatado a 15 desde que el monstruo inanimado aterrorizó a capitalinos y a los habitantes de cinco estados más. Por lo menos.

Pero, como nos confiaba el ingeniero José Luis, ya con el respaldo de trascabos y grúas gigantes bajo su tutela, habría que mover con mucho cuidado toneladas y toneladas de loza para, aceptó entonces, tratar de recuperar los restos de la gente que, por desgracia, aún no aparecía y ni rastros de su existencia. No apareció.

Eso sí, los que irrumpieron más que aparecer, fueron muchos de los trabajadores de talleres mecánicos, de construcciones cercanas, lavados de autos, gasolineras, hojalateros y hasta los “viene viene” vecinales, sin saber mucho de rescates.

En el atrio de la iglesia del barrio en la aún Delegación Benito Juárez, que ha sobrevivido a innumerables terremotos, contaban y recontaban los de mayor edad, hombres y mujeres apilaban y estivaban lo mismo agua embotellada, comida enlatada y/o perecederos que preparaban tortas y ensaladas para los febriles e improvisados rescatistas.

No faltó quien invocara a los buenos oficios divinos, a la propia Nativitas, a la oración, para que se obtuvieran resultados positivos, aunque el ingeniero José Luis, mucho más mundano y terrenal a cabalidad, aceptara que ni los binomios caninos habían encontrado vestigios de vida. Ni modo, las posibilidades se extinguieron como polvo en el viento de la tarde. De esa tarde.

LA SEÑAL

Y va de recuerdo: como por ensalmo, aparecieron cientos de cubetas y puños en alto, que fueron una suerte de señal que todos siguieron sin pestañear a pesar de la polvareda que inundó pulmones, pestañas y cristalinos, para reanudar el trabajo.

En lo poco que quedó de este inmueble, por cierto, antes de las tres de la tarde del propio martes, pero a las tres de larde -75 minutos después de la sacudida-, por su propio pie, una vecina logró caminar a la entrada principal del saldo del edificio, en donde le cayeron algunos escombros del techo y estructuras del segundo nivel. Por fortuna, casi 30 de sus mismos vecinos realizaron el rescate al lado de elementos de protección civil y permanecieron ahí horas y horas.

Una señora que en el violento temblor había perdido, ufff, su dentadura postiza, alcanzó a deslizarnos que nada se sabía 24 horas después del primer y gran jalón, dos de sus vecinos, doctores que estaban en el segundo piso, ni tampoco de padre e hijo ya descritos que rentaban en el último nivel. Casi llorando musitó que no se había rescatado a otras tres personas, asiduos clientes de la estética en la planta baja. “Ya no lograron salir”, y rompió el gemido.

Cerca de las 18 horas del propio martes, junto al atardecer, apareció un convoy del ejército que, dijeron, llegaban para apoyar el rescate de las dos personas presuntamente atrapadas bajo los escombros, pero a la mera hora ya cercanos a las ocho de la noche y tras una serie de labores de limpieza, los desaparecidos tomaron la ruta de los Contreras: aparecieron.

Y es que, siempre con la coordinación de José Luis, y a pesar de convocar al silencio, otro vecino, taquero para más señas, llegó gritando para revelar lo impredecible: padre e hijo discapacitado se habían comunicado vía telefónica para revelar que estaban bien y a salvo, a unos diez kilómetros de distancia del problema, cuando los sorprendió la telúrica realidad. Por lo mismo, los rescatistas decidieron tomar un merecidísimo descanso.

Hombres y mujeres, incansables, preparaban tortas y tacos, daban agua, a los rescatistas, soldados, policías y uno que otro reportero desperdigado. Y un par de sicólogos asistían a familiares que aún buscaban a sus parientes.

Allá fuera, a una calle, el Eje Central parecía impertérrito. La vida continuaba con su trajín casi normal. Solo algunos conductores torcían el cuello, de puro morbo, y proseguían su rumbo al norte de la capital. Acá, en el sur, como decía el uruguayo poeta, la vida también existe. Nos vemos la semana entrante, en este espacio.  Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla .

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