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Del Civismo al Cinismo

*La Cultura Política Amparada por el Silencio Popular

*Mentiras Solapadas por la Compra de las Voluntades

*Prometer, Pero sin Medir los Efectos de no Cumplir

Por Ángel Lara Platas

Una pregunta que se repite con cierta frecuencia, cuando se habla del crecimiento  social, económico y político, es: ¿dónde nos extraviamos? ¿En qué momento se nos fueron las cosas de las manos? La realidad es que nunca nos hemos encontrado a nosotros mismos. Aunque parezca paradójico, las riquezas naturales con que aún cuenta México, han sido la causa que no hayamos desplegado nuestra inventiva y esfuerzo, como ha ocurrido con pobladores de otros lugares del mundo.

Lo anterior se puede apreciar de la siguiente manera. Aquí mismo en nuestro país, las zonas más áridas, donde la tierra por sí sola no tiene mucho que ofrecer, la gente de esos lugares las ha hecho florecer utilizando en el mejor caso tecnologías o, en algunos casos, tan solo con los procedimientos que se heredan de generación en generación. El norte del país es un ejemplo de lo que estamos hablando. Ante la carencia de condiciones propicias para subsistir, el esfuerzo por salir adelante es mayor, más significativo y de mejores resultados.

Quienes conocen la historia de los Menonitas, saben de lo que es capaz una sociedad organizada, con principios debidamente delineados y con mística de trabajo. Los Menonitas, un grupo religioso y étnico que tuvo su origen en 1525 en Zúrich, Suiza, cuya doctrina se basa en la Biblia como palabra de Dios; en 1922 el gobierno de Álvaro Obregón les permitió que tres mil de ellos se instalaran en la parte más árida de Chihuahua, tierras que por su improductividad nadie reclamaba como suyas. Así se aseguraba que los mexicanos no se inconformarían por la presencia de extranjeros en suelo mexicano.

Los Menonitas enfrentaron las condiciones adversas de su entorno natural con voluntad guerrera, con disciplina y acuerdos solidarios al interior del no tan reducido grupo. Su filosofía en el modo de vida tenía varios ingredientes, como por ejemplo: no usar vehículos de motor, nada de aparatos eléctricos ni distractores que torcieran la línea de progreso que se habían trazado. Y, principalmente, controlar los insanos deseos del consumismo que devoran a los pueblos. El progreso les llegó y ya llevan muchos años con el modelo original, con pocos cambios.

Al poco tiempo, la aridez se transformó en verdor. Se convirtieron en importantes productores agrícolas.

La explicación pudiera ser simple: las carencias a las que se enfrenta una sociedad obligan a sus integrantes a desarrollar mejores inventivas, su imaginación y esfuerzo se convierten en sólidos detonantes para el desarrollo. En contraparte, no hay que hacer mucho esfuerzo para saber qué es lo que pasa con aquellas regiones donde la naturaleza es pródiga, con caudalosos ríos o arroyos y con abundante vegetación. Estos lugares, en los que conseguir el alimento diario es una tarea relativamente sencilla, la pobreza es significativa. Absurdo, pero así es.

En razón de lo anterior, el detonante para catapultar a una sociedad a su crecimiento, no es solamente copiar lo que están haciendo las culturas más adelantadas del planeta. En nada nos ha ayudado enviar a personal a ver el modelo japonés, israelita o chino. Lo que puedan observar no es suficiente. Lo que no se ve a simple vista es el compromiso social que existe en éstos lugares.

La gente se involucra de tal manera en las tareas propias de una ciudad, que se forman binomios con sus gobiernos que dan como resultado mayor aprovechamiento en los recursos públicos. En los pueblos más desarrollados del mundo, en casi todos existen planeamientos a largo plazo, las ocurrencias no tienen lugar en el ámbito de las tareas públicas.

La idea de aquellos políticos es alcanzar los puestos públicos para favorecer a sus comunidades, no para conseguir el poder como salvoconducto de la impunidad.

En nuestro país se ha creado una cultura política amparada por el silencio popular. Las mentiras son solapadas por la compra de las voluntades. El desgastado formato de los políticos mexicanos cuando son candidatos, es prometer por prometer sin medir el efecto de no cumplir. Esto ha contribuido en el deterioro de la sociedad. Las campañas políticas pareciera que son para enseñarle a la gente que el político está para dar, regalar y el pueblo para recibir; en lugar de fomentar la responsabilidad mutua.

Los políticos cuando son candidatos de hecho crean la idea que ellos resolverán todo, hasta cuestiones personales de los ciudadanos. Esta costumbre fomenta la dependencia de la gente al gobierno, los vuelve menos participativos, más dependientes y más permisivos.

Pareciera que los políticos y la sociedad son dos entes encontrados entre sí. En principio, ni la sociedad ni el gobierno saben cuál es su verdadero papel. Los primeros esperan todo del gobierno y éste no sabe cómo desatorar los compromisos que adquirió como candidato. Aún no queda claro a quien le toca dar el primer paso.

Por lo pronto, cuando el gobierno o las universidades manden a sus delegaciones a copiar lo qué hacen en otros lugares que son modelo de desarrollo, que estudien primero las convicciones de la gente, qué piensan, cuáles son sus ideales, principios morales y religiosos; y, fundamentalmente, sus objetivos.

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