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Las Revueltas de Silvestre

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Renegociar el TLC

*El Monto de los Intereses Estadunidenses es Mayor

*Algo del no tan Trasnochado “Imperialismo Informal”

*La Maquila de una Serie de Productos en Nuestro País

Por Silvestre Villegas Revueltas

Cuando estaba tomando calor la campaña electoral en los Estados Unidos, si algún funcionario de director general para arriba hubiese propuesto a los cuatro vientos que había llegado el tiempo de renegociar el TLC lo hubiesen cesado inmediatamente, porque para el gobierno mexicano y los demás intereses involucrados en la inmutabilidad del TLC, era un artículo de fe porque el mencionado tratado había beneficiado de tal manera cierto tipo de intereses, tan solo uno de ellos era el tocante a la población mexicana, que no convenía pensarlo y mucho menos intentar modificarlo. Pero sucedió que Trump ganó la elección, no se moderó en los meses siguientes como machaconamente repetían los corifeos del gobierno y de las cámaras industriales, y muy a su pesar, aceptaron a regañadientes, que la impensable renegociación estaba tomando forma y la delegación estadounidense no se iría con rodeos y tratará, a partir del presente agosto, de sacar las mayores ventajas comerciales posibles –porque esa es su misión.

Cuando después de la primera ronda de renegociaciones trilaterales, porque no se nos debe olvidar al inmenso Canadá, el mutis informativo fue como un eclipse total y el gesto del Secretario Guajardo no puede simular su preocupación, debemos esperar que el forcejeo será intenso y que lo peor que le puede pasar a este México vapuleado por muchos problemas, es que el equipo negociador –como la psicología de buena parte de los atletas mexicanos- termine claudicando. En tiempos de la administración de Manuel González (1880-1884) se sucedieron una serie de negociaciones para establecer el primer gran tratado comercial con los EU; del lado mexicano estaban los diplomáticos, los hacendistas y el general Estanislao Cañedo cuya misión era vigilar que no preponderaran en demérito de México oscuros intereses que ya estaban amalgamados en ambos lados de la frontera. México sacó muchas ventajas, pero a la hora de su ratificación por el senado estadounidense, éste lo rechazó (como ya había sucedido en el pasado con otros episodios de la relación bilateral). Pasó el tiempo y el porfiriato se entregó totalmente al capital estadounidense salvo algunas honrosas excepciones inglesas, alemanas y francesas. El peso económico de las inversiones de los EU fue uno de los factores más importantes durante la cruenta Revolución Mexicana y se convirtió en tal problema que los gobiernos de Obregón, Calles, durante el maximato y Lázaro Cárdenas lo enfrentaron con suerte diversa. Hoy no estamos en 1921, ni en 1929, ni en 1939 -porque la posterior Segunda Guerra Mundial todo lo modificó- pero lo que sí es un hecho es que el monto de los intereses estadounidenses, hoy, es más importante que durante el primer tercio del siglo XX y hemos llegado a tal punto que podemos con todas las salvedades teóricas hablar de un no tan trasnochado “imperialismo informal”. Lo es, porque maquilamos una serie de productos de firmas estadounidenses, porque Wal Mart es uno de los empleadores más importantes del país, por el histórico monto de nuestra deuda externa cuyos acreedores en un alto porcentaje son de firmas estadounidenses; pero también porque las cadenas de salas cinematográficas lo único que exhiben es la basura producida en Hollywood, que no cintas estadounidenses serias y propositivas que jamás pasan la frontera física y mucho menos impresionan la limitada cultura de los empresarios mexicanos del ramo. Y ya hablando de cultura, que le parece al querido lector, el imperialismo estadounidense que en el lenguaje se materializa en que cada vez más se utilizamos términos del idioma inglés pero que existen en español para su uso profesional y técnico; no solo es la jerga americana que utilizan los economistas, son los anglicismos en el turismo, en la mercadotecnia, en la comida e inclusive en la forma que hoy utilizan los vendedores que describen las partes componentes de casas y edificios: zonas comunes y áreas verdes –inclusive las terrazas con cierto follaje en las techumbres de los inmuebles.

Todo lo anterior quiere decir que llegamos al estadio de renegociar el TLC porque, como en un buen divorcio, todas las partes tienen algo de culpabilidad; también quiere decir que para la salud de la república nuestros negociadores deben emplearse a fondo y que existen voces informadas que han ponderado en el sentido que, no tener Tratado es mejor que seguir en un tan malo que nos sea enteramente perjudicial. Finalmente, por experiencia histórica hemos negociado con los EEUU, desafortunadamente ahora son más preponderantes que hace un siglo, y los son en las grandes inversiones que en la chata influencia cultural americana. Ésta no la confundo con la muy propositiva y cerebral cultura estadounidense que está en sus universidades y museos, por señalar tan solo dos casos.

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