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Minúsculo y Complicado: Pegasus, el Hijo de la Gorgona

*Hoy no Rifan los Espías Villistas de los Años 1914 y 1915

*Ya no Están “Los Cinco de Cambridge” o “Jack Strong”

*Ya no son Como los de Antes: no se ven, Sólo se Sienten

Por Nidia Marín

Se sabe que nació de la Gorgona y que gracias a éste Belerofonte pudo matar a la Quimera y salir triunfante ante las Amazonas. Hoy Pegasus no es una leyenda, sino una presunta realidad de espionaje que se ha traducido en una ventolera en México.

Y como se trata de espías y personajes conocidos, -asuntos sumamente mediáticos que, a través de la historia, cuando los descubren, han ocupado los principales sitios en las informaciones de la prensa escrita, la radio y la televisión-, la semana pasada la Procuraduría General de la República anunció la conformación un grupo de apoyo técnico, integrado por el FBI,  la Unión Internacional de Telecomunicaciones, de la ONU; la Asociación Mundial de Operaciones Móviles y la Escuela Superior de Ingeniería, Mecánica y Eléctrica, del IPN. Por México encabezará el expresidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, Héctor Osuna Jaime.

El asunto es que millones de mexicanos, todavía no digieren el fisgoneo vía el Pegasus. Para la mayoría, los someros conocimientos en la materia no han abandonado el siglo XX y los “orejas”, las intervenciones telefónicas y su complicado cableado tras cuadros y espejos, aires acondicionados y donde se podía, son los que llegan a la mente cuando se aplica el verbo.

La realidad es otra con las nuevas tecnologías. Hoy no rifan ya los espías villistas que durante 1914 y 1915 vigilaron los movimientos de los huertistas, felicistas y orozquistas (de acuerdo a Victoria Lerner Sigal, de la UNAM, en su obra “Espionaje y Revolución Mexicana).

Tampoco los agentes como “Los Cinco de Cambridge”, aquellos reclutados por la Unión Soviética entre la sociedad secreta “Apóstoles”, cuyos alias eran “Stanley”, “Hicks”, “Homer”, “Johnson” y el quinto cuya actuación se supo hasta 1990. O Ryzard Kuklinski, apodado “Jack Strong”, de nacionalidad polaca, agente para Estados Unidos. Y qué decir del español Jesús Galindez, que hasta película mereció (“El Misterio Galindez”, del español Gerardo Herrero), quien espió con singular constancia en República Dominicana contra Fulgencio Batista, de Cuba.

Y mucho menos émulos de Phillipe Agee, el personaje que causó algunos estragos durante los mandatos de 1970-76 en México y luego se fue a Cuba. O Mark Felt, “Garganta Profunda”, quien filtró la información de Watergate y causó la renuncia de Richard Nixon.

No, los espías ya no son como los de antes. Ni siquiera los “topos”, que hoy están concentrados en minúsculos y perversos aparatos, muy muy caros.

Pero desde el siglo XIX hubo intentos por controlar esa práctica y se establecieron las primeras normas. En 1840 quedó asentado en el Código Postal de los Estados Unidos Mexicanos vigente desde enero de 1884, que en su capítulo VI, denominado “Inviolabilidad de la correspondencia” se asentaba la secrecía de la misma. El artículo 248 señalaba: “El respeto a la inviolabilidad de la correspondencia, es el primero y más sagrado de los deberes de todo empleado de correos en el desempeño de su cargo”.

De acuerdo a un trabajo de Gabriel Regino, la Ley de Vías Generales de Comunicación del 30 de diciembre de 1939, castiga en su artículo 571, con las mismas penas para el delito de revelación de secretos, al que indebidamente y en perjuicio de otro, intercepte, divulgue, revele o aproveche los mensajes, noticias o informaciones que escuche y que no estén destinados a él o al público en general.

Para 1981, “en el Código Penal Federal, se establece una penalidad para aquéllos que dolosa e indebidamente intervengan la comunicación telefónica de terceras personas, al adicionar al artículo 167, la fracción IX”, dice Regino.

Pasaron 16 años y en 1996 fue aprobada en la Cámara de Senadores la reforma al artículo 16 constitucional, en la cual se advierte que las comunicaciones privadas son inviolables, así como las sanciones penales para quienes violenten tal disposición y efectúen “cualquier acto que atente contra la libertad y privacía de las mismas”.

En 2009 hubo otra reforma a dicho artículo en el cual se precisa: “toda persona tiene derecho a la protección de sus datos personales, al acceso, rectificación y cancelación de los mismos, así como a manifestar su oposición, en los términos que fije la ley, la cual establecerá los supuestos de excepción a los principios que rijan el tratamiento de datos, por razones de seguridad nacional, disposiciones de orden público, seguridad y salud públicas o para proteger los derechos de terceros”.

Hasta 2010 el Código advertía: “A quien intervenga comunicaciones privadas sin mandato de autoridad judicial competente, se le aplicaran sanciones de seis a doce años de prisión y de trescientos a seiscientos días multa”.

Tras la reforma de 2013, hoy el artículo 177 del Código Penal Federal dice: “A quien intervenga comunicaciones privadas sin mandato de autoridad judicial competente, se le aplicarán sanciones de seis a doce años de prisión y de trescientos a seiscientos días multa”.

Y en esas estamos.

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