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Del Cine y las Leyes

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“La Balada de Narayama”

Dura lex, sed lex

*Por ley, Prohibidos los Sentamientos, Tema Actual

*Patrilineal: vía Hereditaria Para Primogénito Masculino

*En el Derecho Sucesorio Mexicano no es una Exigencia

*Los Ancianos Deben dar Sitio a la Siguiente Generación

*Ocurre en el Ámbito Laboral con la Jubilación por Vejez

Por Horacio Armando Hernández Orozco

“La Balada de Narayama” (“Narayama Bushiko”), película japonesa dirigida por Shôhei Imamura, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1983, basada en la novela homónima de Shichirō Fukazawa, con la actuación de Ken Ogata (Tatsuhei), Sumiko Sakamoto (Orin), Tonpei Hidari (Risuke), Takejo Aki (Tamayan), Mitsuko Baishō (Oei) y Shoichi Ozawa (Katsuzô); cuyo estreno fue en 1983.

Orín, la abuela y más anciana de la casa del árbol, está próxima a cumplir 70 años de edad, y con ello su destino final se acerca; su hijo mayor Tatsuhei debe cumplir con la centenaria tradición y llevarla a la cima del monte Narayama, donde el dios de la montaña la recibirá con regocijo.

La película se desarrolla en el Japón de la Era Meiji (1868 - 1912), donde el suicidio, el infanticidio, el senecticidio, el bestialismo, el utilitarismo, la ley del talión, son parte de la vida diaria; una sociedad que sobrevive por subsistencia, en la cual, según las creencias, los viejos que ya no tienen dientes han de ser abandonados en la montaña Narayama, pues alguien que ya no es útil ocupa el lugar de otra que sí lo puede ser.

LA LEY DEL PATRIARCADO

Tatsuhei es el primogénito de la casa del árbol, el que manda y toma las decisiones en la familia, pero ha perdido a su mujer cuando ésta daba a luz; así que Orin, antes de su partida debe conseguirle esposa; el vendedor de sal le comenta que en el vecino pueblo ha enviudado una joven que puede ser la solución al problema, y si Orin quiere, la puede convencer para que se una a su hijo.

La estructura de vínculos familiares es fuerte, de hecho la comunidad se integra por un conjunto de familias; hay un sistema patriarcal muy marcado, pues son las mujeres las que han de acudir a vivir a casa del esposo; no hay mayor rito ceremonial de matrimonio, basta con que la mujer sea aceptada por el hombre para que se cree el vínculo; la esposa se va a la casa del marido, no por amor, sino por tener que comer; este sistema es también patrilineal, pues la vía hereditaria pasa al primogénito masculino, la mujer no hereda; de forma tal que el patrimonio familiar no se divide sino que se conserva íntegro.

El derecho sucesorio mexicano no establece como obligatorio este sistema hereditario, aunque la voluntad del de cujus así puede definirlo; es usual que en el derecho hebreo sí se constituya la herencia patrilineal.

LA LEY DEL NO ROBARÁS

El padre de la familia de la casa de la lluvia, a la cual pertenece Oei, joven que espera un bebé de Katsuzô, segundo hijo de Orin, es acusado de haber robado comida; toda la familia es juzgada en forma sumarísima y los miembros de la comunidad se reparten sus pertenencias, dejándolos sin nada para comer; la anciana Orin le da comida a Oei para que la lleve a su familia, pidiéndole que se quede allá; cuando están comiendo llegan de nueva cuenta los miembros de la comunidad y sacan a todos los integrantes de esa familia para enterrarlos vivos.

Es común que toda sociedad prohíba el robo, pero la sanción en cada de una de ellas es distinta; la película muestra a una comunidad de subsistencia, la cual se distingue por tener estrictamente lo necesario para comer, no hay prácticamente intercambio de mercancías, tan solo con el vendedor de sal para conseguir ésta, el dinero no aparece, razón por que el robo de alimentos es severamente castigado, situación que es comprensible, puesto que cada integrante de la casa se esfuerza para lograr los productos (arroz y patata) de autoconsumo familiar.

El robo famélico no encuentra justificación en este tipo de sociedades, pues se debe aniquilar a toda la estirpe que ha robado como un castigo ejemplar y así evitar robos futuros.

LA LEY DEL MÁS JOVEN

Orin está cercana a cumplir los setenta años, y ve cerca el momento, de su abandono forzoso en la montaña, quizás mucho tiempo antes del hecho natural e inevitable de la muerte, pero es el cumplimiento de este rito ancestral que constituye uno de los rasgos de comunidad, el abandono de los mayores para destinar los alimentos y el espacio que éstos ocupan a los más jóvenes y a los niños que son el futuro, quienes algún día serán llevados también a Narayama, allí, en plena soledad y sin protección alguna morirán de inanición, evitando ser una carga para su familia

Esta es una noción de un sistema utilitario donde la vida de las personas tiene valor mientras sean útiles; el filósofo y bioético Daniel Callahan argumenta que la función positiva de los ancianos en la sociedad implica la disposición de aceptar la muerte como algo apropiado, que los ancianos están obligados a participar en la función social de dejar sitio para la siguiente generación, situación que ya ocurre en el ámbito laboral con la jubilación por vejez.

LA LEY PROHIBE LOS SENTIMIENTOS

En la casa del árbol hay una profunda pena, pues Riei marido de Orin, avergonzó a toda su familia al no tener el valor de subir a su madre al monte Narayama, prefiriendo huir antes que hacerlo; Tatsuhei, atormentado por el estigma de la cobardía de su padre, tiene un conflicto en sus sentimientos, pues se debate entre el fervoroso amor a su madre, y la impotencia reprimida por tener que cumplir con la tradición del cruel abandono.

Independientemente del deseo de la familia, Tatsuhei como primogénito que es, carga a su madre para llevarla a Narayama; la ley prohíbe que durante la travesía haya diálogo, lo que incrementa el dolor de este viaje; Orin asume su destino con grandeza y humildad, como si fuese lo más natural.

La actual sociedad tiene que abordar este tema, los recursos monetarios son insuficientes para sostener escuelas y universidades, por lo que se sacrifica el gasto social para medicina terminal y lugares para la población envejecida; si bien se han creado figuras jurídicas para atender este problema como los contratos del llamado vitalicio inmobiliario o la hipoteca inversión, sin embargo, éstos parecen simples paliativos; los ancianos son una mercancía caducada, sin valor político y económico, no trabajar y cobrar una pensión, es un lastre para la sociedad y el Estado; los asilos de ancianos son el nuevo Monte Narayama donde todos acabarán habitándolo.

En una economía de mera subsistencia, puede ser comprensible la eliminación de los ancianos con el fin de expulsar una boca que alimentar en la famélica economía familiar, pero en una sociedad contemporánea, donde se rinde culto a la juventud, a la salud y a la independencia, ¿resultará admisible que se desentienda de las personas de la tercera edad?

La mejor respuesta la tendrá como siempre nuestro amable lector…

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