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Una Cuarta Etapa del PRI con Nuevas Normas Internas

Por Rafael Marín Marín

Tres etapas, ha tenido el PRI en su historia. La más reciente, de reconformación política, territorial e ideológica inició en 1946 como Partido Revolucionario Institucional, mismo que mantuvo el control político mexicano sin perder ninguna elección presidencial hasta el 2000-2012 cuando el PAN accede al poder, para volver a recuperarlo con la llegada de Enrique Peña Nieto.

Es decir que, salvo el periodo de la docena trágica, el PRI desde su origen ha gobernado al país durante 76 años y lo hará al cierre de este sexenio durante 78. Dura ha sido la crítica nacional e internacional hacia los gobiernos priistas federales, destacando los populistas, tecnocráticos y neoliberales de López Portillo, Zedillo y Salinas. INEGI, UNAM, CONAPO, UAM, IPN, por ejemplo, ha dado cuenta en varios estudios, encuestas y diagnósticos, que incluidas las administraciones panistas, la pobreza sigue teniendo un problema de primer orden en la mayoría del país. Esto por supuesto que pone en riesgo la frágil, y en proceso de consolidación, democracia nacional, pero además sus instituciones, las que pueden verse afectadas por descontentos sociales, manifiestos en actos fuera de ley en busca de soluciones rápidas. Qué decir del problema de la inseguridad pública que no solo quita el pan de la boca sino hasta la vida, lo que hace caldo de cultivo para la anarquía o la venta de soluciones mágicas.

Como nunca, en la administración de Enrique Peña Nieto, han salido a relucir verdaderos gobernadores pillos y ladrones que se llevaron o llevan hasta la escoba de las arcas estatales, aunque no sea culpa directamente del propio Ejecutivo Federal. El crecimiento de los gobernadores ladrones surgidos de las filas del PRI, tiene su origen precisamente entre 2000 y 2012, cuando el Presidente de la Republica no era el Jefe Político del PRI sino los gobernadores priistas. Realmente los Comités Ejecutivos Nacionales en dicho periodo, fueron una figura decorativa, impuesta desde los Estados donde los gobernadores siguieron siendo priistas y fueron ellos quienes desde la periferia y no desde el centro impusieron a su antojo en Palacios de Gobierno Estatales a verdaderos sátrapas y delincuentazos, que si  bien es cierto unos purgan condena, otros en proceso de y unos más prófugos o exonerados, “jamás de los jamases” han regresado el dinero robado de las arcas estatales, por lo que se pregunta la gente si esto pasará con los que actualmente enfrentan procesos legales o a punto de.

El PRI se enfrenta a una gran encrucijada y medirá su fuerza en estas elecciones 2017, aunque no ha medido su capacidad de cambio real, para ser un partido simplemente constitucional que observe a pie juntillas el irrestricto imperio de la ley.

En Palacio Nacional, Secretarías de Estado, Gobiernos locales, congresos, de corte tricolor debe por tanto discutir ya, si ha llegado el tiempo de que el PRI como tal desaparezca –una cuarta etapa- y dar paso a la creación de un nuevo partido no solo con cambio de nombre sino, además, de personajes, métodos de elección interna, declaración de principios, programa de acción y estatutos, que son estos tres elementos los que menos se respetan.

Cambiarle el nombre al PRI con los mismos actores políticos y en muchos casos “vividores”, corrompibles o hasta negociadores de ilicitudes, no servirá de nada. El sistema presidencialista ha dejado en parte de existir y ha dado lugar a un sistema simplemente presidencial.

No hay marcha atrás y el PRI como tal debe desaparecer para dar vida a una nueva organización nacional porque lo hay lo mejor de ese partido en picada irremediable por un proceso natural de desgaste e infiltración de ilicitudes de todo tipo, que no solo llega a gobernadores, sino abarca, legisladores y sobre todo alcaldes, Porque fueron impuestos por el gobernador en turno sin que hubiera un jefe político nacional que marcara directrices de probidad o por lo menos de respeto hacia su persona.

Lo mejor del PRI está aun en sus bases, lo que se llama en muchas partes el voto duro, el que cree aun en ese partido, cuyas dirigencias no se dan cuenta del daño que le ocasionan al aceptar ser impuestas en lugar de ser electas por los militantes. El presidente de México tiene tres tareas fundamentales:

La primera, obvio constitucional, de terminar su administración con números aceptables de credibilidad en base a los resultados finales de políticas públicas que arroje su gobierno.

La segunda, ponderar con la almohada, la conciencia tranquila y un buen café –de Veracruz-  quien debe ser el candidato priista a la presidencia de la república, no por amiguismos o compadrazgos, o por la mentada continuidad política, sino por los tamaños de sus colaborares y el trabajo serio y responsable que hayan realizado, que asegure el respeto irrestricto al Estado de Derecho y la Gobernabilidad para una convivencia jurídicamente civilizada, es decir no escuchar el canto de las sirenas que lo pueden llevar al abismo y no al mar de la estabilidad nacional y por supuesto el triunfo electoral a cambio de nada.

La tercera, y seguramente no menos importante, es saber si llegará como Presidente de la Republica a una elección con un PRI desgastado, encadenado al descredito.

Partidos han desaparecido, partidos se han modificado, partidos se han creado, aunque con los mismos actores. Actuemos.  Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

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