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Lascas Económicas

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Jesús Silva Herzog y Para los Amigos “El Diamante Negro”

*Parte del México en Donde Hubo de Desfacer Entuertos

*Los Tiempos de M. Clouthier, J.M. Basagoiti y C. Abedrop

*Cuando la Deuda Externa, se Disparó más Allá del Infinito

*Le Tocó Encarar el Problema y Medianamente Superarlo

POR LUIS EMIGDIO CONTRERAS

Un par de meses después de erigirse como secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog Flores, coincidió en una reunión con los senadores de la República, allá en los terrenos de Oaxtepec, Morelos. Iniciaba la década de los ochentas y el país iba derechito a los problemas, atizados en buena parte porque estaban fallando los cálculos a la autoridad federal en eso de los precios del petróleo, y allá en la OPEP se resquebrajaban las finanzas de los productores de hidrocarburos, arrastrando a naciones como la nuestra.

Craso error que nadie le anticipó a José López Portillo, según lo justificó en sus memorias y una suerte de crónica de la autocomplacencia, llamada “Mis Tiempos”.

Pero, en fin, el entonces joven y fuerte “Diamante Negro” como ya lo denominaban amigos y adversarios, nos comentó a un pequeño grupo de reporteros que le seguíamos acuciosamente entonces que, si bien se advertían “pequeñas dificultades” lo cierto es que había forma de encararlas “porque los mexicanos somos muy truchas. Si hacemos maravillas con un alfiler o un pasador, qué no podemos hacer ahora”, indagó en voz alta. Las cosas no fueron tan simples como predicaba.

Desde febrero de ese 1982, la especulación contra el peso y la fuga de capitales que tronó al sexenio, desplomó las reservas internacionales del Banco de México lo que hizo que se retirara del mercado de cambios. Ya se sabe, la sangría medida en pesos y centavos fue elevadísima.

Ante este caos y estas declaraciones del maestro en Economía por la Universidad de Yale, es decir el propio Silva, la respuesta real vino días después cuando el primero de septiembre de ese año, ya con Miguel de la Madrid en un palco especial, en su calidad de presidente electo en el entonces flamante Palacio Legislativo de San Lázaro, el mismo Jolopo como después le motejó la población, anunció con bombo y platillo eso de que los perversos banqueros eran los malos de la película y que, ni hablar, era el momento de nacionalizar –estatizar- la banca para rescatar lo más posible, así dijo, el saqueo que los empresarios del dinero habían hecho contra el país.

Todavía tenemos en el espejo de la memoria los descompuestos e indignados rostros de los líderes empresariales en aquellos momentos, de la talla de Manuel Clouthier (CCE), José María Basagoiti (Coparmex) o del mismo presidente de los banqueros (ABM), Carlos Abedrop, que al unísono reclamaban a López lo que estaba sucediendo, mientras a un lado de la tribuna, en sillas, todo el gabinete presidencial, incluyendo al titular de la SHCP, aplaudían la decisión del Ejecutivo que, según los caricaturistas entraba derechito a la Historia con mayúsculas, atropellando buena parte del marco legal existente, hoy dirían el debido proceso.

En los entretelones, y se ha documentado mucho el tema, el decreto de expropiación de los bienes de la banca fue impugnado la mañana de ese día precisamente en Los Pinos por, exacto, el entonces titular de las finanzas públicas, Jesús Silva Herzog Flores, que más allá de una buena relación con esa generación de directivos de la banca privada, sabía que las cosas no correspondían con la realidad y que se estaba desencadenando un vendaval. Así se lo hizo ver al que usufructuaba el poder.

Pero nada. El control cambiario que se puso en la teoría no sirvió para nada. La salida de capitales y el vaciadero de las reservas internacionales del Banco Central fueron casi una misma cosa. Todo se terminó de caer y la deuda externa, recordemos, se disparó al infinito y un poco más allá, pero eso ya le tocó encarar y medianamente superar, al propio Silva, acompañado ni más ni menos que del entonces subsecretario de Hacienda, es decir, José Ángel Gurría Treviño, bajo la frase para la posteridad: “es un problema de caja”, que no estructural, no vayan a pensar, habría dicho a los acreedores internacionales, ya en el sexenio de Miguel de la Madrid.

Don Jesús siempre se refería a esos momentos con una suerte de humor negro porque, por ejemplo, cuando renegociaba la deuda foránea, uno de los banqueros neoyorquinos de cuya matriz se tenía un buen trozo de esos débitos, “hasta nos aplaudió” cuando se cerró la renegociación respectiva, porque “ellos pensaban que no les íbamos a dar ni el agua del gallo de la pasión”, también refirió en medio de sonrisas cortadas, una tarde noche que coincidimos con amigos mutuos en el bar del Club de Industriales.

Silva Herzog supo a tiempo desmarcarse de aventuras políticas mayores –como por ejemplo, la de buscar la Presidencia, que siempre anheló en secreto- pero al mismo tiempo cuando buscó la jefatura de gobierno capitalina, sabía que difícilmente llegaría ante el carisma y populismo de López Obrador, más los errores de Óscar Espinosa Villarreal, en un entorno en donde los ciudadanos del añejo Distrito Federal ya se habían quedado con la idea de que la sedicente izquierda (Cuauhtémoc Cárdenas hablamos) iba a  salvar a la patria. Eso no sucedió nunca.

En fin, sirvan estas pergeñadas líneas para decir que Silva Herzog fue un mexicano singular, economista, visionario, patriota, conocedor, talentoso, valiente y para acabarla, priista, que no va necesariamente en su desdoro personal. Que siga iluminando caminos en el cielo de los buenos mexicanos, negro como su historial, solía burlarse de sí mismo. Hasta la próxima, compañero. EPD.

Estas Lascas Económicas siguen entristecidas, pero se han juntado con otras piedras muy filosas para mantener el humor negro que caracterizaba a nuestro personaje, y cincelar nuevas formas de liderazgo que le urgen a este país nuestro, por los siglos de los siglos. Amén. Y nos vemos la semana entrante, en este espacio.  Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla .

 

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