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Nacionalismo: una Perspectiva Histórica de su Desarrollo en el Mundo

POR LUIS MIGUEL MARTÍNEZ ANZURES

Entender al nacionalismo que muchas naciones han intentado poner en práctica en el mundo de nuestros días, es una tarea compleja y llena de acepciones etimológicas de carácter multidisciplinario, que hoy vale la pena intentar esclarecer, en aras de dar una visión más nítida de lo que está por venir en el futuro del siglo XXI.

Empecemos este análisis desde la perspectiva histórica.

La idea del nacionalismo, es una idea típicamente europea. Tuvo sus orígenes en aquella región del mundo y como es bien sabido, se dio durante la caída del imperio romano. Surgió durante el caos y el reordenamiento de los diferentes territorios que conformaban a este último.

Durante la Edad Media, el cemento social en Europa fue básicamente la religión católica y sus instituciones. Se vivía en un mundo en donde el lenguaje universal era el latín. La identidad de los pueblos se fincaba sobre las creencias religiosas. El mundo se dividía básicamente en dos: católicos e infieles (no creyentes). Eran tiempos de un profundo rechazo social hacia aquellas regiones del planeta que fueran distintas al imperio papal. En este contexto, el mundo islámico resalta por su rechazo tajante a ser colonizado, y sobre todo anexado al mundo occidental, liderado por Europa. No existía una movilidad poblacional, pues el siervo estaba atado a la tierra que lo veía nacer y debía su existencia al señor feudal que lo protegía.

Sin embargo, paradójicamente era un mundo sin fronteras, aduanas, pasaportes o documentos que limitarán el libre tránsito de personas o mercancías.

En este contexto, la Iglesia Católica fue la encargada de tomar la estafeta de control social y colectivo del mundo feudal y occidentalizó tres cuartas partes del mundo.

En medio de todo este masivo desarrollo cultural, la diversidad de lenguajes se empezó a gestar al interior de todos los territorios dominados por la Iglesia. Era una etapa socio cultural que no podía detenerse. Esta evolución histórica trajo consigo, divisiones entre los seres humanos, acompañado de nuevas visiones de la realidad social y política de muchos territorios del mundo cristiano. El orbe empezaría a segmentarse en una multiplicidad de territorios con rasgos de identidad propios. El lenguaje, la comida, los rasgos físicos de las personas, sus costumbres y demás elementos culturales, determinarían el antecedente inmediato de la nación.

Desde esta perspectiva, es claro que la independencia frente al poder eclesiástico y la formación de Estados nacionales era la única vía política, por la que, la humanidad (o la porción de la humanidad que radicaba en Europa), podía transitar.

Como era de esperarse se formaron con mayor rapidez países autónomos, aquellos cuyos pueblos eran étnicamente más homogéneos, cuyos lenguajes lograron homogeneizarse con mayor rapidez en todo su territorio y cuyos territorios eran más fácilmente delineables.

El proceso de formación de los Estados nacionales, fue una etapa profundamente benéfica para el desarrollo de la humanidad. Permitió que prosiguiera, de manera más acelerada: el desarrollo de la cultura, de la ciencia, del arte, de la cultura, que siglos antes había estado bajo la rectoría de la Iglesia Católica y no había tenido avances importantes.

El desarrollo económico también sufrió avances sustanciales en la movilidad de las mercancías y sus transacciones se regionalizaron con mayor rapidez, pues era más fácilmente hacer tratos con personas que hablarán el mismo lenguaje y tuvieran las mismas costumbres.

Pero es quizás, el desarrollo del concepto de nacionalismo asociado a conceptos como: territorio -durante la Francia del Siglo XVI -ya como organización política- que podemos entender al nacionalismo más allegado al concepto de nuestros días.

Durante esta etapa de la humanidad, hasta el siglo XX el nacionalismo, estaría asociado inherentemente a la defensa: del territorio geográfico, las costumbres y los microcosmos existentes en sus respectivas regiones.