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Los Daños Ecológicos del Muro de la Ignominia y la Intolerancia

POR LUIS MIGUEL MARTÍNEZ ANZURES (Primera parte)

En días pasados, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump ordenó al Departamento de Seguridad Nacional de su país que avance con una de sus promesas de campaña más famosas: construir un muro en la frontera de Estados Unidos con México. Recordemos que durante su cierre de campaña la voz del clamor popular de sus seguidores era: “build the wall” (construye el muro).

Hasta el día de hoy no se han proporcionado muchos detalles sobre el proyecto o sobre cuándo y cómo se construiría el muro. Es decir, las características técnicas de dicho proyecto, aún son un misterio, aunque ya se manejan costos de producción de esta abominable obra. Se dice que costaría entre cinco mil y 10 mil millones de dólares y que sería financiado totalmente por México. Al menos eso ha reiterado Trump en sus apariciones públicas, referidas a este caso.

En este contexto, llama la atención que Trump -ya en su calidad de presidente electo-, firmara una orden ejecutiva para autorizar la construcción del muro fronterizo con México, al tercer día de su mandato. Al parecer, el tamaño de esta aberración arquitectónica, es solamente proporcional al tamaño de su necesidad por conseguir legitimar su mandato y obtener de esta forma, y de una vez por todas, la simpatía del grueso de la población estadounidense que aún no lo acepta o emite duros cuestionamientos sobre su capacidad para gobernar.

Este discurso no ha parado y todo indica que ha decidido trasladarlo a la arena de los hechos. Por esta razón no ha dejado de afirmar que, el gobierno comenzará a trabajar en el muro de forma inmediata y, además, servirá para disuadir a los inmigrantes ilegales y a los miembros de bandas criminales. En suma, asegura que esta obra ayudará a tener más segura la frontera para ambos países.

En otras palabras, que México debería agradecer en lugar de quejarse de este esperpento arquitectónico. ¡Vaya mentalidad la del nuevo presidente del país vecino! Construir muros y barreras espaciales es mejor que la cooperación intercultural.

Pero la construcción de este muro, en realidad no es lo más preocupante de esta situación. Sino, lo es el poderoso mensaje ideológico que busca posicionar en la arena pública nacional de aquel país:

"Un nación sin fronteras no es una nación. A partir de ahora, Estados Unidos recupera sus fronteras".

Una dura demostración de que el poder americano se centrara sobre las bases del nacionalismo de mediados del siglo XX, en un mundo que ha decidido globalizarse y eliminar sus fronteras. Vaya paradoja. La integración geoespacial con los bloques comerciales a nivel mundial y regional parece no importar para la nueva administración americana.

En este sentido, vale la pena recordar que, la frontera entre México y Estados Unidos tiene casi 3 mil 300 kilómetros (2 mil millas) de largo, dos tercios de los cuales se extienden por el Río Bravo. Es decir, sobre un terreno fangoso o con superficies poco firmes.

La frontera México-Americana, es el espacio territorial más grande del mundo (quizás solamente comparada con la existente entre Canadá y Estados Unidos). Además, es la frontera con mayor número de operaciones económicas realizadas al día.
La frontera del norte mexicano, atraviesa ciudades como: San Ysidro y Otay en California, y El Paso, en Texas; así como diferentes tipos de extensiones geoespaciales como: tierras de cultivo rurales, desiertos, arroyos, montañas escarpadas y reservas de vida salvaje.

De igual forma, la frontera con los estadounidenses cuenta con una serie de vallas, más de 30 estaciones de patrulla fronteriza y 25 puestos legales de entrada. Además, en años recientes este territorio ha sufrido del lado mexicano, importantes cambios en su infraestructura terrestre lo que la hace una de las más modernas del mundo.

Las vallas existentes abarcan mil 50 kilómetros (653 millas) de la frontera entre Estados Unidos y México, principalmente a lo largo de la mitad occidental.
Gran parte de las fronteras del sur de California, Arizona y Nuevo México tienen ya barreras, que van desde una valla de hierro de 5.5 metros (18 pies) de altura y metal corrugado, hasta barreras improvisadas de vehículos y alambre de púas.

Lo que se planea es homogeneizar toda esta valla que separa a ambas naciones. Un nuevo muro de los lamentos y la segregación racial.

Mucho se ha hablado de la estructura que se construirá y de los daños: económicos, sociales y culturales que esta construcción ejercerá para ambos países. Pero ¿y la ecología de la región? ¿Los ecosistemas de esta demarcación geoespacial no se verán afectados? ¿Qué pasara con los recursos naturales de la frontera entre México y Estados Unidos? ¿A quién le importa este ecocidio?

(Continuará)

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