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La Histórica Relación Entre los Estados Unidos  y México: Desprecio, Admiración y Asimetría

*Los Mexicanos, “Bells, Smells and Lazy People”

*Mier y Terán vio el Espíritu Belicoso y Expansionista

*Un Camino Accidentado en la vida Independiente

*Cruje la Globalización Bajo la Cerrazón Trumpiana

POR SILVESTRE VILLEGAS REVUELTAS

Desprecio.

Cuando a mediados de 1820 las otrora colonias españolas en América se convirtieron mayoritariamente en repúblicas independientes, los gobiernos establecidos en la ciudad de Washington llevaron a cabo una exitosa política exterior que consistió en aprovechar y reforzar las divisiones entre los caudillos hispanoamericanos, en iniciar un proyecto tendiente a mostrarnos que la civilización estadounidense estaba bendecida por Dios, era mejor y más moderna, finalmente, recordarnos como lo hicieron en el Congreso de Panamá (1826) que no esperáramos de ellos ninguna ayuda frente a las potencias Europeas, a pesar de lo expresado por el presidente James Monroe, en cambio ellos buscarían que los nuevos países otorgaran a los productos estadounidenses las condiciones más favorables para fortalecer el comercio bilateral (Recomiendo a mis queridos lectores el texto de Carlos Pereyra “El mito de Monroe”, 1916).

Para el caso de México, desde el gobierno de Guadalupe Victoria y durante las siguientes décadas bajo los regímenes de Santa Anna, Bustamante, Herrera, Paredes, Juárez, Lerdo y Porfirio Díaz, o sea todo el siglo XIX, les quedó muy claro a los políticos mexicanos que las autoridades y el pueblo estadounidense querían más territorio nacional: lo obtuvieron por medios violentísimos. En los años de 1840, 1860, 1880 y después de 1910, los Estados Unidos advirtieron y se entrometieron en los conflictos internos mexicanos cuando consideraron que éstos últimos -violencia interna y reivindicaciones sociales- amenazaban sus inversiones en México, su seguridad interna y en particular la vida de los estadounidenses en ambos lados de la frontera.

Continuando con esta defensa de sus caros intereses, los Estados Unidos como entidad de opinión pública y en particular el Senado, que representa los afanes de los estados de la unión, no aprobaron las condiciones de ciertos acuerdos diplomáticos, tampoco suscribieron ciertos protocolos que planteaban una política militar conjunta y, en 1851, 1860, 1884, 1921, 1936 rechazaron diversos acuerdos comerciales y aspiraciones fiscales del México postrevolucionario porque en su óptica el país obtenía muchas ventajas económicas (ver los argumentos trumpianos sobre las mañas mexicanas en materia comercial) que resultaban impensables dada su condición de república pobre, sin industria, mestiza y católica. Desde el embajador Poinsett, pasando por Gadsden, Lane Wilson, Gavin o Pascual en tiempos recientes, una expresión resume su visión acerca de México y los mexicanos: “bells, smells and lazy people”. El tañer de las campanas, porque fuera en tiempos de la intolerancia católica decimonónica, en los terribles sucesos de la Guerra Cristera o cuando las muchedumbres han arropado a los últimos pontífices en sus viajes a México, todo ello comprobaba, a sus ojos, el carácter fanático de los mexicanos. Olores, porque en los canales abiertos del siglo XIX o cuando se abre la puerta del avión al llegar a la Ciudad de México, fétidos olores han caracterizado donde viven los mexicanos; lo anterior, sin tomar en cuenta la forma muy peculiar como huele el maíz rancio entre nuestros desheredados, y los olores que se desprenden de la muy condimentada cocina mexicana. Finalmente y quizá la preconcepción más arraigada entre los estadounidenses: mexicano es igual a flojo, ladrón y cobarde. Véase las producciones del cine, televisivas estadounidenses y las caricaturas sobre el “looser mexicano”. En sentido contrario y sobre todo a partir de 1946 a la fecha, vale la pena resaltar la valiente réplica de los historiadores mexicano-americanos, del movimiento chicano y del trabajo cotidiano en las oficinas, casas y calles de las ciudades americanas donde aquellos y los migrantes mexicanos, tratan todos los días de demostrar que no somos esos seres inferiores que muchos estadounidenses creen a pie juntillas (ver, la película, “Desierto” de Gael García).

Admiración

Desde el inicio de la guerra de Independencia, el padre Miguel Hidalgo y posteriormente en los primeros años de la república independiente, personajes como el sacerdote José María Luis Mora, el yucateco Lorenzo de Zavala y un número importante de políticos vieron en los Estados Unidos de América y en la civilización estadounidense el modelo a seguir para qué México pudiera alcanzar “la modernidad” que nos haría una república próspera y un pueblo feliz. En sus viajes, en la lectura de libros, en las conversaciones con sus comerciantes avecindados en México envidiaban la producción de artículos manufacturados y la pujanza del comercio americano. Nuestra elite pensante veía las ventajas de la libertad religiosa, de la admiración por el trabajo constante y bien realizado, de la división de poderes al interior del gobierno estadounidense, pero también hubo otros mexicanos como el general Mier y Terán que desde los años de 1830 vio la peligrosidad del espíritu belicoso y expansionista del pueblo estadounidense: pronto vinieron las pérdidas de Tejas, Nuevo Méjico, Alta California, la Mesilla y la amenaza sobre Tehuantepec, Baja California, Sonora y el noreste mexicano. A pesar de tales derrotas que tienen carácter histórico, LA MODERNIDAD ESTADOUNIDENSE SIEMPRE NOS HA DESLUMBRADO. En 1883 se terminó el puente de Brooklyn en la ciudad de Nueva York mientras que en la provinciana capital de la república mexicana no había nada comparable en cuanto a las dimensiones del puente, a la cantidad de hierro producido para hacerlo posible y a su proyecto de comunicar a las comunidades de Manhattan con su hermana del oriente. Pero eso sí, en la Ciudad de México se inauguró el Jockey Club, la pastelería francesa de El Globo y el presidente Manuel González estaba construyendo un palacete neogótico en la hacienda de Chapingo. Como siempre, cierta modernidad llegaba para el disfrute de los ricos mexicanos y el resto no tenía alcantarillado o suficiente agua potable como hoy en Iztapalapa. Ya lo dijimos al principio de estas reflexiones, el proyecto estadounidense fue exportar los valores de su civilización y durante el siglo XX lo ha hecho de una manera admirable porque el mundo de la globalización, que ahora cruje bajo la cerrazón trumpiana, vive bajo la moda de los jeans, las osadías hollywoodescas, las estrategias económicas del postcapitalismo y todos los aparatitos del mundo de la cibernética, de las comunicaciones y de las redes sociales. En 1911, un oficial de la aduana de Brownsville exclamó que, a pesar del racismo y los asesinatos cometidos contra los mexicanos éstos continuaban migrando a Texas huyendo del infierno mexicano. La prensa estadounidense durante la Revolución Mexicana dio rienda suelta a magníficas y brutalmente racistas caricaturas sobre los mexicanos y sus autoridades. Hoy al consultar la prensa americana y los sitios en la internet, el concepto sobre nosotros es casi el mismo que hace un siglo pero en la vida cotidiana estamos tan influidos por la cultura estadounidense que se anuncian tratamientos de belleza, facilidades en hoteles y centros deportivos amén de componentes de casas y departamentos en situación de venta con términos en idioma inglés, por ejemplo: sala de estar por family room. No tenemos remedio y nos merecemos la burla de los primos gringos.

Asimetría

Es el aspecto más evidente y característico de la relación entre México y los Estados Unidos. Cuando en 1790 un viajero transitaba de Filadelfia o Boston a la Ciudad de México, la nuestra era más grande, palaciega pero con menos actividad comercial. Un siglo después la comparación era inversa en cuanto a los servicios urbanos pero las americanas continuaron y aumentaron su importancia comercial que ya era mundial. Durante la segunda mitad de los 1900, paulatinamente, la brecha en cuanto a la complejidad de los servicios urbanos fue disminuyendo, esto quiere decir que el antiguo DF en 1960 se parecía más a la ciudad de Filadelfia en tiempos de la invasión americana de 1847. Lo anterior es solo una muestra de la asimetría siempre existente pero también nos da una idea del camino accidentado en estos casi dos siglos de vida independiente y de relaciones bilaterales. México ha progresado mucho en cuanto a brindar a sus habitantes servicios públicos en las ciudades y pueblos, en ampliar la cobertura educativa y de servicios de salud; asimismo posterior a 1930 hasta la fecha, la república se ha visto comunicada por una compleja red de carreteras inexistentes en la centuria decimonónica. Sin embargo el problema en 1890, 1920, 1970 y el 2017 es que los gobiernos mexicanos y la iniciativa privada mexicana no han podido generar los suficientes empleos bien pagados para que millones de ciudadanos puedan cómodamente vivir dentro de nuestras fronteras. Si no reconocemos esto no entendemos la raíz del problema y las subsecuentes demandas y preconcepciones de Donald Trump y el electorado que lo apoyó con su voto, aunque el popular fuera mayor para Clinton. Hay que decirlo, nunca tendremos la capacidad económica que generó el pueblo estadounidense pero sí podemos, aunque sea hoy un acto de fe, volvernos honestos en la administración pública, eficientes y humanos en el sector productivo (se están escondiendo productos de la canasta básica para subirle el precio) y más educados en la producción de conocimiento científico, para la creación de obras artísticas y muy importante: respeto en las relaciones sociales (ya ahora tenemos balazos en una escuela en Monterrey como sucede en Estados Unidos...¡¡por Dios!!).

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