Banner




Ud. está aquí
Banner
Banner

Tema Principal

Correo electrónico Imprimir PDF
eslabones_de_la_tragedia
javier_duarte
miguel_angel_yunes
fidel_herrera

Cuando el Destino los Alcanza

*Consecuencias de un Gobierno Trastabillante el de J. Duarte

*Se Sentía Cubierto por Los Pinos y de Pronto Todo Acabó

*Hoy, Dedos Apuntándole a la Cara y Gente Cobrándole

*El Palacio de Gobierno Permanece Cerrado y Encadenado

*Dicen que Despacha en el Aeropuerto, Cerca de su Avión

POR ÁNGEL LARA PLATAS

No es para menos, ya todo el mundo está enterado que, a Javier Duarte de Ochoa, Gobernador de Veracruz, se le está cayendo el cielo encima. Sin embargo, no está por demás que este ejemplo le sirva a los partidos y a la sociedad en general, para romper con la costumbre de postular y en su caso votar, a personas que no tienen ni la experiencia ni el suficiente prestigio que apostar, atributos fundamentales para gobernar un Estado como debe de ser.

No les falta razón a quienes aseguran que el gobernador veracruzano es el culpable directo y legal del desaseo en el que está metido el Estado de Veracruz, pero también tienen culpa moral quienes decidieron que Duarte fuera el candidato al gobierno de Veracruz, cuando sabían perfectamente que no tenía la experiencia que se requiere para desempeñar honrosamente un cargo de tal naturaleza.

El periodo tan corto como Diputado Federal, porque tuvo que regresar a su tierra para competir por la gubernatura, no fue suficiente para aprender lo necesario.

Además de lo anterior, hubo otro factor que contribuyó a su trastabillante gobierno. Varios de los compañeros de Javier Duarte cuando integraban aquel grupo de jóvenes que gravitaron en torno a Fidel Herrera Beltrán, se sentían también con los mismos o mayores merecimientos. Eso y la inexperiencia política, más las ambiciones de todos ellos, generó un ambiente de marcada rispidez que incidía negativamente en la línea de mando del incipiente gobernador. Como integrantes del gabinete duartista, nunca lo reconocieron como líder, tampoco Duarte se supo asumir como tal, su esfuerzo por conseguirlo fue inútil.

La administración duartista careció de un ente articulador, todo se veía muy suelto, cada quien “trabajaba” para sí, no para Veracruz.

A ello se debe que ahora, en los días más difíciles de su vida, Duarte de Ochoa esté como se siente: solo y frustrado. No tuvo el temple para controlar a quienes en un santiamén pasaron de la penuria a la opulencia. Baste recordar que cuando la riqueza y el poder llegan de pronto y a la vez, se convierten en la peor droga para las mentes inexpertas.

“Éramos muchos y parió la abuela”. Como si no fueran suficientes los problemas sin resolver que aleteaban sobre su cabeza, el cordobés, sin saber de qué se trataba, compró una bronca que no era suya. Ante los atónitos ojos de muchos veracruzanos que no daban crédito de tal actitud, Duarte se le fue a la yugular a Miguel Ángel Yunes Linares, ahora gobernador electo. Lo hizo sin prudencia y sin medir las consecuencias políticas. Lo declaró su enemigo sin saber lo que implicaba. Luego pretendió hacer partícipes a todos los veracruzanos de un pleito de humo que solo existía en su cabeza. El pasado 5 de junio, en las urnas, los veracruzanos emitieron su opinión al respecto; también del desastre político, financiero y de seguridad.

Nunca fue intención de Javier Duarte escuchar a quienes trataban de convencerlo de lo que resultaría del despiadado saqueo financiero en casi todas las áreas de su administración. No le gustaba escuchar comentarios que consideraba fatalistas e inoportunos.

Sus cercanos también le hicieron la chamba: lo encerraron en una infranqueable burbuja. Le ocultaban información, se la matizaban, evitaban que se le acercaran ciudadanos que llevaran problemas o reclamos. Su principal función era que nada alterara su frágil estado de ánimo.

Nadie atendía a la gente, viniera de donde viniera; las puertas del Palacio de Gobierno siempre cerradas, ni siquiera los turistas podían entrar para tomar fotos del interior. El emblemático edificio, que en estricto sentido es la casa del pueblo, ha permanecido encadenado. Lo mismo ocurre en todas las oficinas del gobierno. Encerrados a piedra y lodo.

Su inexperiencia y meteórica carrera política le dieron una visión equivocada de las cosas. Decidir, no era lo suyo. Nunca se preocupó por aprender a solventar los problemas sociales. Siempre consideró que todos los asuntos debían resolverse antes de llegar a su escritorio.

Las cosas lo tienen al borde de un ataque de nervios por no escuchar a quienes intentaron advertirle. No supo leer los mensajes que le transmitieron del alto poder para que a tiempo se separara del cargo. La irritación social en su contra no hubiera crecido tanto si hubiese utilizado más la comunicación humana que el Twitter.

Se sentía cubierto por la gran sombra de Los Pinos, pero, de pronto, todo acabó.

La crisis que ahora vive Duarte le impide voltear a los puestos de periódicos para no ver su nombre vinculado a palabras que dan escalofríos. Tampoco debe escuchar noticieros de televisión o radio, ni conectarse a las redes sociales para no saber lo que de su persona se dice.

La incertidumbre debe ser su obligada compañía en estos días aciagos. La prensa convertida en implacable juez, dedos apuntándole a la cara, gente en las calles cobrándole a gritos, ventanillas sin dinero para pagar. Dicen que despacha en el aeropuerto cerca de su avión. Realmente es como vivir la cárcel en la calle.

“Yo hubiera hecho mejor las cosas…” Alardean sus compañeros.

Escribir un comentario