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Las Lealtades de la Corrupción con el Dinero del Pueblo

*Contribuye que no se Utilice la Tecnología Para los Trámites

*Las Complicidades Sustituyeron al Compadrazgo y a la Amistad

*Hacer y Dejar Hacer Para que Todos Estén Involucrados en el ajo

*Y Mientras, la Democracia Choca con la Inacción de la Autoridad

POR ÁNGEL LARA PLATAS

Algunos historiadores coinciden en que la corrupción llegó a México cuando la conquista por los españoles. La verdad es que la corrupción es una conducta aprendida por los ciudadanos y fomentada por los funcionarios del gobierno de todos los niveles. La corrupción está tan extendida que se ha convertido en una práctica transformada en requisito para conseguir lo que de otra manera sería además de inalcanzable, altamente costoso.

Los que están del lado del gobierno se excusan diciendo que la corrupción está compuesta por dos partes con igualdad de culpa: el que pide y el que da.

En parte es cierto, sólo que la mayor carga de la culpa es del que detenta una posición dentro del gobierno, cuyo salario se cubre con recursos públicos; es decir, con dinero que aporta el pueblo a través de los impuestos. Es el funcionario el que crea las condiciones para inducir al solicitante a dar la dádiva para conseguir lo que por derecho no podría lograr.

El factor principal para que la corrupción se haya convertido en una práctica común, es la impunidad y la falta de transparencia en los procedimientos del gobierno. También contribuye que no se esté utilizando la tecnología para agilizar los trámites y los procesos en cualquier tipo de gestión. Evidentemente que implementar procedimientos más ágiles ayudados por la tecnología, se reduciría la posibilidad la mordida tan presente en las relaciones ciudadano-gobierno; a la par de desempolvar los códigos de ética y las buenas prácticas en el ejercicio público.

La corrupción ha modificado las relaciones políticas. Antes, la amistad era el factor fundamental para conseguir cargos públicos. El compadrazgo solidificaba esas relaciones. Si además de ser amigo de un político poderoso también había entre ambos la relación de compadrazgo, la posibilidad de conseguir jugosos cargos públicos era muy alta. En su momento, los ahijados también podían gozar de ésta suerte de seguro que garantizaba el disfrute y deleite que otorga el poder.

Esto está siendo sustituido por las relaciones basadas en las complicidades. Pareciera que para admitir a un nuevo miembro en un grupo de poder, antes de valorar sus capacidades o sus compromisos de lealtad institucional, lo que se checa o investiga son sus potencialidades de corruptibilidad. Claro que no es la generalidad, pero en los estados cuyos gobiernos se han visto envueltos en los más grandes escándalos, la constante son las complicidades. Hacer y dejar hacer para que todos estén involucrados, y la figura de acusadores quede reducida a la mínima expresión.

El problema se acrecienta cuando tomar el dinero ajeno, el recurso del erario, se ha convertido en una moda, en un estilo de vida. Se crean competencias entre los funcionarios: quién tiene el mayor número de propiedades en el extranjero, los autos más costosos, los departamentos en lugares vacacionales; incluso, la desvergüenza de presumir sus paseos en sofisticadas aeronaves de su propiedad.

El ego juega un papel primordial entre los nuevos ricos. Autos de lujo seguidos por camionetas repletas de guardaespaldas. Las esposas, orgullosas de compartir poder y dinero, también “degustan“ de estos placeres que proporciona la corrupción y la impunidad.

Lo peor de todo es que aseguran no estar cometiendo delito alguno. La deformación que padecen les hace pensar que solo están tomando lo que les corresponde, “ni un peso más”. Los jóvenes políticos es lo que vieron, aprendieron, y ahora lo ponen en práctica.

Así no se quiera aceptar, la corrupción y la impunidad son ya, parte de nuestra cultura. El país está a punto de hacer crisis. La violencia anda por todos lados, los delincuentes gozando de libertad por los beneficios de las recurrentes fallas en el debido proceso, por un lado, y por el otro, el apoyo de las instituciones de Derechos Humanos altamente preocupados por las violaciones a los derechos de los delincuentes. Mientras tanto, los ciudadanos de a pié, se debaten entre la desesperanza y las promesas incumplidas de los que juraron resolver todo con tal de conseguir el voto electoral.

En México, la democracia está chocando con la inacción de las autoridades. Pequeños grupos de radicales están acabando con el País. Parecieran escenas de una película de ciencia ficción en las que la voluntad de unos cuantos, son capaces de exterminar el desarrollo de cualquier lugar.

Los que mandan y los que los asesoran deben entender que la impotencia de los pueblos, en cualquier momento, puede convertirse en ira… una ira que pudiera ser explosiva, incontenible avasallante. Las decisiones deben tomarse con la mayor urgencia posible.

Un indicador de la línea sobre la cual caminará el Gobierno federal de aquí en adelante, dependerá de lo que decida hacer con todos aquellos que sin el menor rubor, han dejado las arcas vacías, donde estaba el dinero sagrado, el dinero del pueblo.

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