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Del Cine y las Leyes

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“El Mercader de Venecia”

*La Legalidad Inmoral

*La Contradicción de Tesis 350/2013 de la SCJN

*Usura: Explotación del Hombre por el Hombre

*Revisión de los Intereses Pactados en un Pagaré

POR HORACIO ARMANDO HERNÁNDEZ OROZCO*

“El Mercader de Venecia”, película basada en la obra homónima del dramaturgo inglés William Shakespeare, es una coproducción entre los Estados Unidos, Italia, Luxemburgo y el Reino Unido; el filme fue dirigido por Michael Radford y cuenta con la actuación de Al Pacino (Shylock), Jeremy Irons (Antonio), Joseph Fiennes (Bassanio), Lynn Collins (Porcia), Zuleikha Robinson (Nerissa); su estreno fue el 4 de septiembre de 2004 en el marco del Festival Internacional de Cine de Venecia.

Bassanio, un joven perteneciente a la nobleza veneciana, quiere enamorar a la rica heredera Porcia, para ello le pide a su amigo Antonio, un rico mercader, que le preste 3,000 ducados, pero éste tiene todo su dinero invertido en sus barcos en el extranjero; Bassanio decide pedirle prestada esa suma a Shylock, un usurero judío, y su aval será Antonio. Shylock acepta prestar el dinero con la condición de que si la suma no es devuelta en la fecha fijada, Antonio tendrá que dar una libra de carne de su propio cuerpo; los barcos de Antonio se hunden y la deuda no se paga; así que Shylock reclama su libra de carne, exigiendo que sea de la parte más próxima al corazón.

LA USURA EN TIEMPOS VENECIANOS

La historia transcurre en Venecia en 1596, y se toca el tema de la intolerancia hacia los judíos al grado tal de hacerles usar un sombrero rojo para distinguirlos, de prohibirles tener propiedades, lo cual podía ser considerado un discurso antisemita, sin embargo es claro que el punto central de la historia gira en torno a la usura.

La usura es concebida como el cobro excesivo de intereses en un préstamo, pero durante mucho tiempo el término se equiparó con el cobro de cualquier interés que se exigía por un préstamo, sin importar que fuese pequeño ese interés.

Conforme a la fe cristiana, la usura se encuentra prohibida (No prestes dinero a interés, ni des comida para sacar provecho. Levítico, XXV, Versículo 37), por ello se castigaba severamente; la Iglesia Católica prohibió en el Concilio de Nicea I, el cobro de intereses al clero, regla que se extendió al estado laico en el siglo V; hacía siglo VIII, la usura fue declarada delito, y en la Alta Edad Media se prohibió totalmente, siendo nula toda legislación secular que la permitiera.

Al ser una actividad vedada para los católicos, y ya que los judíos tenían prohibido tener propiedades, decidieron dedicarse a los préstamos con intereses, esto es, a la usura, más cuando las empresas hacía el Nuevo Mundo requerían de mucho capital, por ello en el estado Veneciano estaban permitidos los préstamos con interés, siempre que el prestamista fuese judío.

Curiosamente Shylock, a pesar de ser un judío prestamista, renuncia a la usura, pues él lo que pretende es tener una libra de carne, y en su pecado lleva su penitencia, de victimario pasa a ser víctima.

LA USURA EN TIEMPOS DE LA SUPREMA CORTE

Al resolver la contradicción de tesis 350/2013, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, señaló que el artículo 21, apartado 3, de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, prevé la usura como una forma de explotación del hombre por el hombre, como fenómeno contrario al derecho humano de propiedad, lo que se considera que ocurre cuando una persona obtiene en provecho propio y de modo abusivo sobre la propiedad de otra, un interés excesivo derivado de un préstamo, debiendo la ley prohibir esta práctica; por ello, el juzgador tiene la facultad para analizar si los intereses pactados en un pagaré conllevan a una usura y en caso de que así sea, debe fijar la condena sobre una tasa de interés reducida prudencialmente que no resulte excesiva.

La misma Primera Sala, al resolver el amparo directo en revisión 2534/2014, definió que la “explotación del hombre por el hombre”, contenida en el mencionado artículo 21.3 del Pacto de San José, es aquella situación en la que una persona utiliza abusivamente en su provecho los recursos económicos de otra persona, el trabajo de ésta o a la persona misma; que el concepto de “explotación” está afectado de vaguedad, pero existen casos claros de aplicación del concepto, pues esta prohibición abarca cualquier tipo de explotación del hombre por el hombre, como ocurre con la esclavitud (artículo 6.1), la servidumbre (artículo 6.1), los trabajos forzados (artículo 6.2) o la propia usura (artículo 21.3), concluyendo que todas estas situaciones son instancias indiscutibles de explotación del hombre por el hombre.

PACTA SUNT SERVANDA VERSUS LA MORAL

Esta locución latina (pacta sunt servanda) se traduce como ‘lo pactado obliga’, pero en esa libertad del hombre para celebrar contratos y determinar a lo que se obliga, debe imperar como límite la moral; y tal es el caso Shylock, quien, renunciando a cualquier término de usura, pacta que en caso de incumplimiento el aval Antonio daría una libra de carne de su cuerpo; este contrato aceptado por el mercader veneciano Antonio, presenta un escenario en el que está en conflicto la justicia legal y la conciencia moral.

En la actualidad se estaría ante un caso difícil en la Teoría de Ronald Dworkin, pues los extremos antagónicos enfrentados son, por un lado, las leyes de Venecia, que buscan garantizar la prosperidad comercial de la ciudad, y por ello inviolables para el Tribunal de Justicia, y por el otro, la vida de un hombre virtuoso y además cristiano.

La cuestión de fondo es relevante en virtud al dilema propuesto entre la libertad del hombre para contratar y las limitaciones de la misma por razones morales; moralidad de cual se oyen quejas en pleno siglo XXI.

La justicia que exige Shylock, no es en relación directa a los bienes económicos, o que la ley debe garantizar el derecho de propiedad, sino que va más allá, implica el derecho de disponer, obligarse y exigir el cumplimiento de las obligaciones susceptibles o no de valoración económica, es la estricta aplicación de la ley, a la que pueden apelar los gobernados ante los Tribunales de Justicia, constituye el fundamento de la credibilidad de los ciudadanos y de los extranjeros en las instituciones mercantiles y en la estabilidad del Estado.

Bajo este marco, surgen y deben hacerlo las ideas sobre la fundamentación moral de los actos de las instituciones públicas, y de los propios particulares, pues el enfrentamiento, entre el principio de racionalidad puramente legal y el poder de los sentimientos de clemencia, piedad y generosidad como fundamentos de la acción moral pública, que son a los que apela el joven docto que debe juzgar el caso ante la Corte de Justicia del dux veneciano.

Los sentimientos de solidaridad y la repulsa a todas las formas de la humillación y del dolor humano, propician más el surgimiento de instituciones democráticas liberales, que los discursos oficiales sobre la fundamentación moral de las acciones públicas.

Pero ¿será necesario llegar ante un juez exigiendo una libra de carne, para comprender que la racionalidad legal tiene menos valor que la justicia moral?

La mejor respuesta la tendrá como siempre nuestro amable lector...

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