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Las Cárceles en México

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preso

*Las Escuelas del Crimen Ubicadas en un Microcosmos

*Un Círculo Vicioso que Parece Sólido e Inquebrantable

*Conveniente: Acatar las Recomendaciones de la CNDH

Por Manuel Quijano*

Lo sucedido en los penales de Cadereyta, Nuevo León y en el de Chiconoautla, Ecatepec, Estado de México, son dos claros ejemplos de los cientos de casos de autogobierno, complicidad de las autoridades, escuelas de crimen e indiferencia social. Las noticias de sublevaciones, corrupción e impunidad dentro de los reclusorios son permanentes llamadas de atención a reflexionar acerca de dos temas vitales en la vida social. Los significados de castigar y de reinserción social.

 

Llevamos siglos en la discusión y pocos avances. Las propuestas de pena de muerte, mutilación, cárceles con muros de agua diría José Revueltas, prisiones modelo en las cuales se enseñan artes y oficios se han diseñado y probado, empero los resultados siguen siendo magros y más bien negativos.

La humanidad poco ha avanzado en la materia y tal vez, en efecto, ya no tiene remedio; las prisiones son concentraciones de delincuentes que en un microcosmos se organizan para continuar delinquiendo afuera y adentro de los muros que les restan libertad de tránsito.

El castigo por delinquir en México y prácticamente en un gran número de países significa en síntesis tres realidades. La primera es un incremento en el costo de la vida del malhechor y su familia, la segunda es el confinamiento hacinado en una celda del delincuente o presunto delincuente y la tercera es que muy difícilmente quienes han estado en la cárcel logran la reinserción social.

Ante dicha situación lo que se reproduce es una búsqueda de recursos financieros para sobrevivir dentro de los presidios. Lo que significa que el encarcelado rápidamente se insertará en las reglas no escritas y será cómplice voluntario e involuntario de lo que sucede adentro. De ahí que tendrá dos custodios, al Estado y al líder de los encarcelados. Pero resulta que el Estado tiene otras prioridades como alimentación, educación, salud, trabajo y vivienda, y poca atención asignará en materia presupuestaria a quienes han delinquido. Por su parte, el líder de los prisioneros es por lo general un individuo cínico que ya sabe que nunca saldrá de esos muros y, por lo mismo, se dedicará a asegurar “su calidad de vida” dentro de la cárcel.

El círculo vicioso parece sólido e inquebrantable y por eso tendemos a cerrar los ojos, dar la media vuelta y olvidarnos de la situación. Empero, las familias siguen pagando por lo que el encarcelado hizo. Son situaciones en las que personas inocentes son arrastradas a pagar otra condena. Tal vez alguien me diga que el presunto ladrón debió pensar en su familia antes de delinquir y pudiera ser que tenga razón. Pero ese no es el tema ya que el “hubiera” no existe. Por eso me parece que hoy por hoy lo mejor es que los gobiernos acaten las recomendaciones que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos emite en la materia. Démosle la oportunidad.

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